Inmigrantes LGBT: Vivimos un infierno en cárceles de ICE

La cárcel especial de ICE para esta comunidad en Santa Ana, California prohíbe hasta los abrazos, aseguran los detenidos

@AlvaradoIsa

Ni una popular comedia mexicana que pasa en la televisión logra borrar la expresión de velorio en el rostro de algunos internos en un centro de detención para homosexuales indocumentados en Santa Ana.

La Oficina de Aduanas y Control Fronterizo (ICE), orgullosa de esta unidad que es la única en su tipo en todo el país, asegura que los 58 detenidos deberían pasarla muy bien porque les ofrecen cinco horas al día para actividades recreativas, entre otras “ventajas”.

Sin embargo, las quejas de algunos detenidos contradicen la versión de las autoridades y coinciden con las que expresan activistas que defienden los derechos de los inmigrantes, quienes ya se han encadenado y han bloqueado calles para exigir el cierre del lugar. Aquí, alegan los detenidos, están peor que en una prisión regular.

“Es una instalación linda”, aseguró Jim Pilkington, subdirector de operaciones de ICE en Los Ángeles, en un recorrido que realizó La Opinión en la Unidad GBT (Gay, Bisexual y Transgénero), dentro de la cárcel municipal de Santa Ana, que abrió en 2011.

Aquí, asegura Pilkington, están a salvo de violadores y homofóbicos, el trato es cordial, no les segregan, les permiten educarse y sus derechos están garantizados.

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Foto: Aurelia Ventura/La Opinión

¿Cuál es la regla más dura?, se le pregunta a un grupo de latinas transgénero reunidas en un comedor localizado en la planta baja.

“No tocarse”, responden al unísono y afirman que los desobedientes son aislados por horas o días.

ICE niega que aplique tal norma en las más de 200 instalaciones bajo su control y aclara que solo hace lo posible para prevenir agresiones sexuales. Oficialmente en la Unidad GBT únicamente se prohíbe el contacto físico con las visitas, lo cual no ocurre en su centro en Adelanto, ni en cárceles condales.

“Queremos garantizar que no haya alegatos de abuso sexual”, enfatizó Andrew Lorenzen-Strait, subdirector de operaciones de ICE. “Pero el contacto normal entre detenidos está permitido”.

Desde 2013 la agencia ha registrado ocho quejas por presunto abuso sexual en la Unidad GBT, pero a la fecha ninguna ha sido comprobada.

Héctor Faguaga o Teresa, un transgénero que ya lleva cinco meses de encierro, reclama que no le dejan acariciar a otros que pasan por tan amarga experiencia.

“Como seres humanos necesitamos un abrazo fraterno, una palmadita, un ‘todo va a estar bien’, pero no podemos tocarnos para nada”, dice.

El grupo Familia: Trans Queer Liberation Movement, que hace poco lideró una manifestación afuera de esa cárcel y que concluyó con el arresto de cinco activistas, dice estar enterado de la presunta regla.

“No sólo hablamos de no tener relaciones sexuales con las visitas, sino de un abrazo, de poderse tocar, algo tan natural y humano”, señaló su dirigente Jorge Gutiérrez. “Lo calificamos como tortura”.

Dicha unidad de ICE fue nombrada por el Centro Nacional de Justicia para los Inmigrantes en las 13 quejas que interpuso hace cuatro años contra el Departamento de Seguridad Nacional por no respetar la identidad de género y dar un trato denigrante a los gais.

En entrevistas a 14 internos, el grupo Iniciativa Comunitaria para Visitas a Inmigrantes en Confinamiento (CIVIC) detectó en 2013 que los guardias pedían a los reos “actuar como hombre”, esto debido a su falta de capacitación.

“No las respetan, las minimizan”, aseguró Leslie Monroy, de la organización Bienestar, que suele conversar y asistir a latinas transgénero recluidas ahí y en distintas cárceles del Sur de California.

ICE niega que se estén ensañando con los internos de la Unidad GBT. “Es lo típico en un ambiente de custodia”, enfatizó Lorenzen-Strait y subrayó que atienden todas las quejas que reciben.

A decir de la agencia, ahí no les castigan por algún delito, pues sólo es un lugar de detención.

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Justine, cuyo hombre legal es Justin Gómez enfrenta un proceso de deportación

Foto: Aurelia Ventura/La Opinión

Justine, cuyo hombre legal es Justin Gómez, viste un traje de color naranja y con las siglas SAJ (Cárcel de Santa Ana) desde el 2 de junio.

La Policía la arrestó por orinar en un callejón de Beverly Hills y portar una identificación falsa. Ahora enfrenta un proceso de deportación por ser indocumentada.

“Aquí no sabes cuándo vas a quebrar estas reglas”, dice sosteniendo un cuadernillo con las normas de ICE. No hace mucho, contó, la encerraron por varias horas y ni supo el motivo.

“Si estás moviéndote, si estás bailando, ellos [los guardias] creen que estás provocando sexualmente a alguien”, mencionó Justine. “Aquí no puedes ser feliz”.

 

‘Esto es un infierno en vida’

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Jessica (su nombre legal es Jesús Hernández) pasa un rato de esparcimiento.

Foto: Aurelia Ventura/La Opinión

En un patio con el techo enrejado, el único espacio donde se respira algo de libertad en la unidad gay de la cárcel de Santa Ana, Jessica (su nombre legal es Jesús Hernández) pasa un rato de esparcimiento.

Los rayos del sol iluminan la pared en la que Jessica, nacida en Chihuahua hace 40 años, rebota una pelota de color azul. Ha pedido estar separada del resto de los detenidos para evitar maltratos.

“Me ayuda a relajarme”, dice mientras golpea la pelota con su mano derecha. “Con tanta presión, si uno no está loco aquí se vuelve loco”, asegura.

Jessica ya lleva tres años en la Unidad GBT, más que muchos internos, pero aquí no hay derecho de antigüedad. Algunos la molestan por su hiperactividad y le apodan “caballo”.

“Hay gente muy mala, como es muy poco el espacio, estamos todos revueltos, es una guerra de energía negativa que gira alrededor de esta gente”, agrega.

La chihuahuense estuvo en 2006 en un centro de detención de ICE en Texas -donde vivió muchos años- por manejar con unas copas de más. Una corte de migración le concedió un permiso de trabajo. Pero en Long Beach volvió a meterse en problemas. Esta vez la Policía la arrestó por posesión de la droga conocida como cristal.

Ahora no sabe si terminará deportada en México, un país al que no regresa desde 1992.

“Esto es como un infierno en vida”, dice Jessica sobre su encierro. “No es nada bueno este lugar, pero sabes qué, a mí me ha ayudado a ser una persona fuerte, es mi última oportunidad de vida”.

 

Un microcosmos del ICE

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Foto: Aurelia Ventura/La Opinión

De las pequeñas ventanas de cristal en las celdas se asoman dos inmigrantes africanos, dando la bienvenida al único sitio que atiende a la comunidad gay en proceso de deportación o de una audiencia judicial.

Como en el resto de instalaciones de ICE, aquí coinciden latinoamericanos (que constituyen la mayoría), asiáticos, europeos y africanos, o todo aquel que haya sido alcanzado por la “maquinaria de deportación”. Dice la agencia federal que éste es un “microcosmos” de sus detenidos en el resto del país.

Para llegar a la Unidad GBT, en el cuarto piso de la cárcel municipal de Santa Ana, hay que pasar por una sala de registro, un detector de metales, caminar por un pasillo, tomar un ascensor y cruzar por dos gruesos portones de cristal que -como en los bancos- para abrirse uno el otro debe estar cerrado.

La estancia es una habitación abierta bien iluminada, con dos niveles visibles y conectados por escaleras.

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Foto: Aurelia Ventura/La Opinión

En la planta baja hay una sala con una televisión, un comedor, sillas de plástico apiladas, un escritorio con una computadora y un carrito de metal con libros de pasta muy gastada (la novela ‘Por Quién Doblan las Campanas’ de Ernest Hemingway, obras académicas y la Santa Biblia en español).

Cuatro baños pequeños, cuyas puertas apenas cubren de las rodillas al cuello, están en el centro.

Por un lado hay un salón donde se imparten clases y por el otro, un patio con techo enrejado.

Parte de las instalaciones son de color rosado, porque originalmente se acondicionó para mujeres.

Tiene capacidad para 64 internos -en celdas dobles y sencillas- pero ahora solo hay 58.

“Tienen mucho tiempo de recreación aquí, de cinco a ocho horas al día, esto es muy distinto a muchos de nuestros centros”, indica Jim Pilkington, de la oficina local de ICE. “Somos muy generosos”.