Una oportunidad perdida

Una oportunidad perdida
El Papa durante su visita reciente a Cuba.

Los medios de prensa modernos  fuerzan a columnistas y expertos en geopolítica a hacer juicios instantáneos, muchas veces sin darnos  tiempo a darle la perspectiva adecuada a los eventos que analizamos.

Precisamente eso nos ha ocurrido a muchos que nos apresuramos a juzgar lo que el Papa Francisco había logrado en su viaje a Cuba y Estados Unidos.

Ahora vemos cosas que no vimos durante el viaje del Papa.

Hoy nadie puede dudar de la humildad del Papa. Su pequeño Fiat 500 reemplazaba a las enormes y lujosas limusinas en que se movilizan la gran mayoría de los líderes mundiales. No así Francisco cuya humildad raya en pecado porque para la iglesia todos los excesos son peligrosos.

Cada vez que pienso en la gira papal tengo que hacer un esfuerzo por acordarme que el Papa usa dos sombreros diferentes – uno como el líder de una poderosa iglesia Católica que cuenta con mil doscientos millones de feligreses en el mundo y otro como jefe de la  pequeñísima  nación del Vaticano.

Como jefe de estado Francisco no habla por la Iglesia Católica. Sólo da cátedra cuando habla de cuestiones eclesiásticas. En eso sus pronunciamientos no pueden ser cuestionados por los católicos creyentes.

En Cuba el Papa no se reunió con el creciente número de disidentes que reclaman democracia y libertad. Esa fue una decisión de un Jefe de estado que pesó  las ventajas  y desventajas de molestar o siquiera irritar a sus anfitriones.

No hay otra forma de explicar lo ocurrido. Es inverosímil e increíble que el Papa Francisco no supiera que los disidentes querían verlo para contarle personalmente sus penas. Alguien en la comitiva del Papa tiene que haber sabido que las Damas de Blanco que semanalmente van a misa para después desfilar en silencio pidiendo la libertad de los presos políticos querían ver al Papa.

Francisco decidió  no hacerlo y eso fue un error craso para  el jefe de la Iglesia Católica. El tenía la obligación como jefe de la Iglesia Católica de ver y oír los pesares de sus más fervientes feligreses en  la isla. Ellos son los perseguidos.

Su humildad y su afabilidad le ganó la simpatía de millones de creyentes y no creyentes en Cuba y en Estados Unidos.

Eso nos hace ver claramente que para el Papa era más importante mantener el espacio ganado por la iglesia en Cuba.  En Cuba el Papa pudo haber hecho algo parecido con los disidentes. Podría haberse reunido en privado con ellos y darles el aliento y respaldo moral de la Iglesia Católica. Eso pudiera haber molestado a los hermanos Castro. Pero eso le hubiera ganado a Francisco otro galardón. Además de ser un hombre humilde hoy podría decirse que también era un hombre valiente.

¡Qué pena la oportunidad perdida!

 

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