La violencia con armas de fuego está matando a nuestros niños

Recientemente, un prominente observador de la sociedad actual dijo, “No hay nada peor que una juventud frustrada sin empleo”. Aunque él se estaba refiriendo a una comparación de factores demográficos presentes en Asia y el Medio Oriente, esa inevitable verdad también se aplica al 70% de las muertes por violencia cometida con armas de fuego en los Estados Unidos, la cual es perpetrada por hombres jóvenes indigentes afroamericanos e hispanos para con otros hombres jóvenes afroamericanos e hispanos. En los centros urbanos de los Estados Unidos, la violencia cometida con armas de fuego no solamente está relacionada con la raza, sino también con el estatus socioeconómico de nuestros jóvenes.

Horribles episodios de violencia cometida con armas de fuego nos han forzado a enfrentar estos indisputables hechos. Este es el momento para que nuestras medidas para el control de las armas de fuego se enfoquen en abordar la abrumadora violencia causada con armas de fuego en nuestras ciudades. En todo el país, la proliferación de armas de fuego es un problema creciente y los legisladores deben poner fin a los campos de ejecución en los que muchas de nuestras comunidades se han convertido.

Debemos de aprovechar esta oportunidad y abordar las causas de la violencia cometida por jóvenes pertenecientes a grupos minoritarios. Para resaltar la devastación de esta violencia, es necesario revisar la información recopilada por el Fondo para la Defensa de los Niños. Según el informe, entre 1979 y el 2009, 116,385 niños murieron a causa de la violencia cometida por armas de fuego.

Extrapolando a las cifras del 2015, los estadounidenses han presenciado y permitido que más de 134,000 niños mueran a causa de la violencia cometida por armas de fuego, 47% de estos niños eran afroamericanos.

Los datos nos informan que hubo más de 28,000 muertes de niños y adolescentes causadas por armas de fuego entre 2003 y 2014. Tan sólo en un período de dos años, 34,000 niños y adolescentes fueron heridos por armas de fuego durante 2008 y 2009. Esto se traduce a un niño herido a causa de un arma de fuego cada 31 minutos de esos dos años; lo que iguala a llenar 1,375 salones de clases con 25 alumnos cada uno. Hoy en día, un adolescente es hospitalizado cada hora debido a la violencia cometida por armas de fuego en los Estados Unidos.

Hay soluciones a nuestro alcance y nuestra sociedad ha implementado la infraestructura burocrática para reducir drásticamente la violencia cometida con armas de fuego. Para lograr este objetivo, se necesita un esfuerzo sincero para ayudar a las comunidades más afectadas por este tipo de violencia. Por ejemplo, ya sabemos que niveles de educación e ingresos más altos combinados con programas funcionales para después de clases y para jóvenes son factores claves para reducir la violencia, y poner fin a la sorprendente sensación de desesperanza que invade las vidas de los jóvenes en la ciudad y los centros urbanos

Además de la pérdida de vidas, la violencia cometida con armas de fuego tiene otros costos para nuestra sociedad y está traumatizando a comunidades enteras. Para nuestro sistema de cuidado de salud los costos también son muy tangibles: entre el 2010 y el 2013, se gastaron casi $13 millones en nuestro programa estatal del Medicaid para cubrir los costos de los hospitales públicos para el tratamiento de más de 1,840 víctimas de heridas de bala. El impacto en la salud mental de las familias y las comunidades afectadas por la violencia cometida con las armas de fuego es exponencialmente mayor.

Hay una tremenda necesidad de programas para jóvenes y de servicios a las comunidades latinas, y afroamericanas donde el desempleo juvenil es tan alto como el 50%; donde las escuelas fracasan en su intento de proveer un ambiente educacional seguro; y donde la violencia en el hogar es tan común como en las calles. Hemos implementado una red de programas financiados por el gobierno para abordar estos males. Para detener la violencia cometida con armas de fuego, ahora debemos ampliar y mejorar estos mecanismos que se enfocan en edificar las mentes y construir comunidades.

Esta podría ser nuestra mejor y última opción para combatir la violencia cometida con armas de fuego en una sociedad donde cada año 4 millones de pistolas nuevas entran al mercado, en un país con más de 270 millones de armas de fuego ya en nuestros hogares y en nuestras calles.