El Desfile Nacional Puertorriqueño: Un pueblo, muchas voces

Los ataques a la parada son lamentables
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El Desfile Nacional Puertorriqueño: Un pueblo, muchas voces
Boricuas derrocha alegría durante el desfile en Nueva York.

En la primavera de 1958, el primer Desfile Nacional Puertorriqueño consistió en una breve marcha por la Quinta Avenida de la Ciudad de Nueva York. De manera similar al histórico Desfile de San Patricio, la parada puertorriqueña atrajo a miles de familias que agitaban sus banderas,  filas y columnas de integrantes de agrupaciones que marchaban con sus estandartes y centenares de músicos y bailarines. Entre quienes disfrutaron de aquella celebración figuraron el entonces Alcalde de Nueva York,  Robert Wagner, y el primer Gobernador electo de la Isla, Luis Muñoz Marín.

Pero aquel primer Desfile fue mucho más que pompa y alegría. Se trató de una celebración significativa por parte de una comunidad cuyo veloz y dramático crecimiento durante la década previa estaba convirtiendo a algunos sectores de The Big Apple en La Gran Manzana.  Entre 1950 y 1960, la población puertorriqueña de la ciudad había aumentado en más de un 180%. Si en 1950 en Nueva York vivían algo menos de 250,000 puertorriqueños, para 1960 ya había más de 600,000.

Sin embargo, a medida que aumentaba la presencia de los puertorriqueños en Nueva York, estos sentían de manera creciente la dolorosa discriminación y el desprecio liso y llano de muchos residentes e instituciones neoyorquinas que deseaban marginar la influencia de esa comunidad en la vida de nuestra ciudad. Como había ocurrido antes con los irlandeses y otras comunidades inmigrantes, a los puertorriqueños se les caricaturizó y estereotipó como holgazanes, exaltados y propensos a la delincuencia. Hubo quienes llegaron a preguntarse en voz alta si los niños puertorriqueños podrían ser educados. Y otros más lanzaron advertencias alarmistas sobre el peligro de que los puertorriqueños propagaran enfermedades.

El Desfile Nacional Puertorriqueño tuvo como propósito modificar esas percepciones. La parada ofreció una visión vibrante y positiva de la vida de los puertorriqueños en Nueva York. Mostró la riqueza y la variedad de las culturas en la Isla; sus raíces musicales europeas, africanas y americanas; sus hermosas danzas tradicionales; sus asociaciones profesionales y sus clubes sociales. Pero lo más importante fue que humanizó a una población a la que se había demonizado día tras día en las aulas, los sitios de trabajo y las salas de redacción de toda la Ciudad de Nueva York. A lo largo del recorrido del Desfile no se vieron caras amenazadoras sino rostros sonrientes. La parada fue una afirmación de todo lo valioso de los puertorriqueños, y una respuesta pública a quienes consideraban a esa comunidad una amenaza existencial contra la ciudad.

En las décadas siguientes, el Desfile ha seguido combatiendo los peores estereotipos sobre la comunidad puertorriqueña. Año tras año, números cada vez mayores de puertorriqueños participan a lo largo de la Quinta Avenida, agitando su bandera y entonando su música mundialmente aclamada para recordarles a sus vecinos y recordarse a ellos mismos que los puertorriqueños tienen muchos motivos para sentirse orgullosos. Y aunque su rica historia nunca estuvo libre de polémicas, el debate que se cierne sobre el Desfile de este año amenaza con ensombrecer la celebración y su mensaje de orgullo nacional.

La complicada relación histórica de la Isla con los Estados Unidos y la manera en que los puertorriqueños de todas las persuasiones políticas han lidiado con ella han dado lugar a calumnias e informaciones erróneas; a acusaciones y lamentaciones. El año pasado, la situación de Oscar López Rivera, que estaba en la cárcel desde hacía 35 años, unió a la inmensa mayoría de los puertorriqueños, así como a dirigentes de la talla del Arzobispo Desmond Tutu, el Presidente Jimmy Carter y el Senador Bernie Sanders, que pidieron su liberación. Pero este año, el reconocimiento a López Rivera en el Desfile ha dado lugar a pedidos de boicots y ataques contra la parada. Eso es lamentable e injustificado.

Entre las figuras a las que se les rendirá homenaje en el Desfile de este año figuran Gilberto Santa Rosa, ganador de varios Premios Grammy; Laurie Hernández, ganadora de una medalla de oro olímpica; y Gilberto Gerena Valentín, un líder de la lucha por los derechos civiles de los puertorriqueños a quien se rendirán honores póstumos. Como ha sucedido en el pasado, también recorrerán la ruta del Desfile cientos de artistas y otros participantes provenientes de la Isla, afirmando aún más los vínculos que unen a Puerto Rico y la diáspora.

Al igual que ocurre en todas las demás comunidades, en la puertorriqueña hay diferencias políticas. Algunas pueden ser profundas. Pero el propósito de la parada no es tomar partido y el Desfile no se refiere a un solo individuo. El Desfile involucra a toda una comunidad que tiene cinco millones de integrantes en los Estados Unidos continentales. Como deja bien claro el lema del Desfile de este año, Puerto Rico y su diáspora constituyen “un pueblo, muchas voces”.

Lo cierto es que uno no puede imaginarse hoy a la Ciudad de Nueva York sin la riqueza y la cultura de los puertorriqueños. Se trata de una comunidad que ya forma parte inseparable de la trama de la Gran Manzana. Los puertorriqueños y las puertorriqueñas enseñan en los salones de clase de los que alguna vez estuvieron excluidos. Prestan cuidados médicos en los hospitales donde alguna vez se les ignoró. Y protegen y sirven a toda la población de una ciudad que alguna vez les tuvo miedo. Si esas no son razones suficientes para celebrar el 11 de junio, no sé cuáles pueden serlo.

(José Calderón es presidente de la Hispanic Federation)