Un Skid Row crece en la CDMX

Según datos del Instituto Nacional de Migración, 600 personas son deportadas diariamente a la capital mexicana

Un Skid Row crece en la CDMX
Hugo Barrueta,deportado hace tres años, tiene que sobrevivir en las calles de la CDMX.
Foto: Gardenia Mendoza

MEXICO.- Son las cuatro de la tarde y en uno de los patios laterales del Monumento a la Revolución hay alboroto: es la hora de la comida de los deportados homeless. Platos de arroz y tortillas que pasan de mano en mano. Pizza, fruta, sopa que trajo Armando V., un repatriado de Anaheim, California, quien hasta hace unos meses vivía ahí mismo: en la calle de la Ciudad de México.

Armando aún no descarta que algún día pueda regresar. “Ahora estoy bien, pero me gusta esta comunidad: son como mi familia que crece: ya somos treinta”, cuenta frente al campamento que integran una docena de triángulos de casas de campaña, cobijas sobrepuestas que intentan tapar huecos por donde se cuela el viento frío que gira impetuoso por el centro de la capital mexicana.

Al fondo, hay una familia con dos niños que hincan el diente a la comida con las manos sucias: es difícil lavarlas, pues en los alrededores solo hay oficinas, hoteles, restaurantes y algunas fondas más modestas que, de vez en cuando, se solidarizan y los dejan pasar al baño; el resto del tiempo es improvisar en las jardineras desde donde se desprende el olor a orines.

Pero el tufo pasa desapercibido para los habitantes de este peculiar campamento que crece día a día, conforme llegan miles y miles de repatriados (600 al día, según el Instituto Nacional de Migración) cuando lo importante es comer, sortear los aguaceros, la convivencia entre ellos donde no faltan los adictos, los tristes, los nostálgicos de lo que fue “el Sueño Americano”.

Armando V, deportado de Anaheim, visita el campamento de desamparados donde vivió mucho tiempo.
Armando V, deportado de Anaheim, visita el campamento de desamparados donde vivió mucho tiempo. (Foto: Gardenia Mendoza)

“Allá yo era un asesor financiero”, cuenta Hugo Barrueta, deportado hace 3 años, después de vivir 37 en Santa Ana, California, donde hizo su vida, tuvo tres hijos, estudio administración de negocios ––afirma–– la vida era agradable, tenía dos casas y un BMW hasta que cayó preso por felonía.  Se guarda los detalles del delito.

El caso es que ahí tuvo que tomar partido con los presos de barrio y hacerse varios tatuajes en los brazos que hoy le cierran las puertas en las casas de cambio donde le gustaría trabajar.

Hugo Barrueta deja a un lado su plato de comida y las tortillas, al enfriarse, se deforman . “No me importa: así mismo me las como”.

Ahora lo que más le importa es contar su historia, entender por qué es hoy un sin techo si no tiene problemas con las drogas. Intentó un tiempo trabajar en un call center que está del otro lado del Monumento, pero contestar llamadas telefónicas sin parar no es lo suyo y se sentía infeliz. “Prefiero ofrecerme a limpiar las fondas al terminar el día”, detalla. “Además, no quiero pedir favor a mi tío que vive aquí ni a mi familia de allá: quiero pensar que puedo salir de esto solo”.

Un muchacho con la ropa batida de mugre se acerca a Hugo. Tiene las uñas enlodadas  los ojos enrojecidos, la pupila dilatada y hedor a marihuana. Saluda amable y le pregunta si quiere refresco. No, gracias, mi hermano. Armando, quien apoya a una pareja a amarrar la casa de campaña sí lo acepta: está de buen humor: ahora él lleva la ropa limpia, la camisa planchada, las agujetas de los tenis bien amarradas.

“Conseguí trabajo en el call center y no me va mal: tengo un sueldo base más comisiones”, precisa sobre las pocas opciones de trabajo que tienen los repatriados en la Ciudad de México. En Santa Ana tenía mucha más variedad de empleos, pero a él le dio por “el barrio” desde los 13 años hasta que fue acusado de intento de asesinato, encarcelado y deportado.

Ya no ve a sus padres ni a sus hijas que ya son mayores (de 27 y 24 años) ni a sus nietos; en cambio, su madrina le dio una oportunidad para que viva en su casa siempre y cuando tenga un empleo. Armando se siente bien ahora en México, pero extraña la comida del Chili Cheese Fries rebosante de queso, “no hay nada que se le parezca aquí”.

––¿Qué le dirías a los mexicanos que aún luchan por un espacio en EEUU?

––¡Don’t fuck up!

Razones de los homeless deportados

––No tienen familia

––Tienen parientes, pero no buena relación con ellos

––Problemas con drogas

––Problemas psicológicos

––Depresión

––Falta de empleo

––Falta de políticas de atención