Una cosa es hablar sobre la muerte… otra es morirse

Los seres humanos aprendemos a vivir recién cuando nos estamos por morir

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Una cosa es hablar sobre la muerte… otra es morirse
Foto: Shutterstock

-El pronóstico es malo.

Javier percibió con claridad que pese al esfuerzo del médico de edulcorar la situación, sus días estaban contados.

Cuánto tiempo me queda?, -preguntó a quemarropa.

Sorprendido, el doctor continuó moderando sus respuestas.

-Uno, dos años…

Su tono transmitía que el tiempo real era mucho menor. ¿Seis meses? ¿Tres? ¿Y cuánto de ese tiempo sería con una calidad de vida razonable, antes del desbarranco final?, se preguntó Javier.

Qué vida inútil, pensó. Todo el tiempo corriendo atrás de espejismos, para que a los cincuenta años y sin previo aviso, se termine el partido. Qué absurdo todo, se lamentó para sus adentros.

Inmediatamente apareció el recuerdo de sus hijos. Dos adolescentes a los que adoraba, y a quienes había prestado muy poca atención, por estar siempre trabajando. Cuántas veces lo habían invitado a jugar, y él les contestaba que esperaran un ratito mientras terminaba lo que estaba haciendo. Como era obvio, ese momento nunca llegaba.

Los chicos aprendieron que con el papá no se podía jugar. No era que ellos estaban en un mundo de fantasía; era él quien en estaba en un mundo de tensiones y seriedad. Y aunque ellos no lo supieran, más fantasioso. Ese solía ser el universo de los adultos. Las fantasías en los niños producían alegría; en los adultos, frustración.

Se emocionó al pensar en todos los besos que no les había dado cuando tenían tres o cinco años. Se le humedecieron los ojos al tomar conciencia de todos los abrazos no dados. Se había pasado la vida librando batallas en pos de objetivos que ahora se revelaban vacíos.

En una caída libre que parecía no tener fin, sintió melancolía al no haber seguido con su ex mujer. Por qué nos separamos si los dos éramos buenas personas, y no tan distintos el uno del otro?, -se lamentó. Por qué la vida puede ser tan cruel y sin sentido?

Con lágrimas en los ojos sintió la impotencia por no haberle dado a sus hijos una familia unida; la presencia de dos padres amorosos que se llevan razonablemente bien. ¿Sería mucho pedir?

Vino a su mente su hija menor, quien no tenía recuerdos de sus padres juntos, ya que se habían separado cuando tenía un año. Tres años más tarde y al descubrir que su padre era una buena persona, con apenas cuatro años había tenido una idea excepcional:

-Papi, quiero que te pongas de novio con mamá, -le pidió, pensando que ellos nunca habían estado juntos.

Javier casi se muere de un infarto en ese entonces, y ahora también al recordar la situación. Nada más desgarrador que frustrar a un hijo cuando hace un pedido tierno y razonable.

Se dio cuenta que en estos instantes cruciales, no tenía un solo pensamiento referido a sus proyectos, que lo habían capturado en cuerpo y en alma. ¿Cómo era posible?

Tomó conciencia que en la hora de la verdad solo importaban los vínculos. Los besos y abrazos que había dado, las conversaciones a corazón abierto que había tenido con sus hijos, algunos pocos familiares y amigos, y lo que había ayudado.

¿Era posible que se hubiera pasado la vida equivocado? ¿Dónde había surgido semejante malentendido?

Tanto guerrear con su ex en pos de nada. Sintió ganas de pedirle perdón y abrazarla.

Recordó a las personas que había traicionado. La razón había sido siempre la misma: lograr sus objetivos, con un egoísmo que le impedía ver a quien tenía enfrente. Como si el premio por lograr superara al de conectar y encontrarse con otra alma.

El médico lo miraba compasivo, percibiendo el encuentro del paciente con su propio dolor.

-¿Esto es todo?, -preguntó Javier.

-Por hoy le diría que sí. En una semana definimos los pasos a seguir.

-No; -lo cortó Javier con una triste sonrisa. –Le preguntaba si esto era todo lo que la vida tenía para ofrecer.

Mientras el médico permanecía en un respetuoso silencio, Javier supo que la vida ofrecía mucho más, pero que los hombres solían ignorarlo.

-Por qué no me habré dado cuenta de esto, no digo a mis veinte, pero al menos a mis cuarenta años?

-No sé si le servirá de consuelo, pero por lo que me toca ver en este consultorio, los seres humanos aprendemos a vivir recién cuando nos estamos por morir, -dijo el médico con voz suave.

El paciente lo miró pensativo. Después de un largo silencio, le dijo:

-Entonces hágame un favor; deje su consultorio e invierta el tiempo de vida que le quede en contarle esto a las personas sanas.

-Lo he pensado muchas veces, -contestó el profesional mirando al piso. –Pero sé que no va a servir de mucho.

-Entiendo…

Después de unos instantes, Javier se paró para irse. –Me voy. Es la primera vez en mi vida, que realmente no tengo tiempo que perder.

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