¡Respete, no sea mirón!

Sus largas y torneadas piernas dejaban una estela de sensualidad a su andar y los ojos de los hombres se deleitaban como si el aroma de un manjar los estuviera jalando con fuerza lujuriosa.

Ella caminaba por una calle de Medellín y un grupo de jóvenes torpes palabreó una frase trillada: “mamacita, ¡qué buena estás!”, secundado por otro de viejos verdes a falta de irrigación sanguínea y con la testosterona rancia: “estás como para lamernos los dedos”.

La muchachita con una vergüenza que no merecía, apresuró el paso para evitar las frases morbosas y miradas lascivas de la gentuza.

En otro episodio, una amiga virtual se quejó en Twitter cómo un empleado de un estacionamiento en Ciudad de México, groseramente fisgoneó su entrepierna para ver sus partes íntimas. La defendí y no hubo reacción de otro seguidor en la nube virtual.

Una productora de televisión de Bogotá, pasajera en un taxi, me dijo que un chofer la hostigó durante el viaje insinuándole que sus senos eran de actriz de cine.

Algunos países musulmanes castigan con látigo a quien piropee a las damas. En Latinoamérica “el látigo” es para las mujeres porque las miradas lascivas son actos que no se sancionan, por el contrario muchas veces lo justifican culpándolas a ellas: “se lo buscan por provocadoras”, me dijo una señora defendiendo a su hijo fisgón.

En los Estados Unidos es el extremo opuesto. Mirar obscenamente a una mujer causa problemas con la ley. Más aún si es menor de edad. Y ellas lo saben. Un amigo extranjero me contó avergonzado que observó en Miami a una joven y ella lo enfrentó: “¡qué mira viejo asqueroso, voy a llamar a la policía!”. En este país castigan hasta una galantería porque puede ser considerada acoso sexual.

Lanzar piropos no es lo malo. Grotesco es mirar lascivamente; vulgarizar a la mujer; expresar los bajos instintos masculinos y ofenderlas a ellas.

Con frecuencia actuamos como pandilleros en el momento en que estamos acompañados por amigos. Nos creemos machos buscando una hembra para mostrar poderío.

¿Pero, a qué mujer le gusta una persona así? Entre más vulgares somos, más repugnantes nos vemos.

¿Quién aceptaría que a la mamá le dijeran: “Señora, si perdió la virginidad me regala la cajita en donde la guardaba? O a la hermana: “Jugar al doctor es para niños, ven y juguemos al ginecólogo”. O a la novia o esposa: “Si estás buscando el tocador de damas, no busques más, soy yo”.

Sin embargo, hay mujeres tolerantes que admiten estos insultos viéndolos como una amabilidad y hasta se sienten halagadas. Están equivocadas y necesitan ayuda como el victimario.

No hay hombre que pueda negar que jamás miró las nalgas o los senos de una mujer. No existe el ser masculino que no haya desviado sus ojos al ver una figura esbelta y más si muestra exuberancia; pero, les hago estas preguntas: ¿Qué derecho tenemos los hombres de vulnerar la intimidad de las mujeres? ¿Qué sacamos con ver impúdicamente a quien tal vez jamás nos volveremos a cruzar en el camino?

Lo único que dejan estas mañas indecorosas es ofender y cosificar a la mujer a quien debemos respetar como quisiéramos que respeten a nuestra madre, hermana, hija o esposa.