La crónica de una catástrofe anunciada
Los Republicanos se están comportando extrañamente. Quieren más que nada derrotar al presidente Obama el próximo noviembre. Para lograrlo casi todos saben que necesitan un candidato ideológicamente conservador, pero uno capaz de atraer a votantes independientes. El que gana la presidencia es casi siempre el que gana los independientes.
Por eso la intelectualidad política confía en que Mitt Romney será el candidato. Se alinea firmemente con la derecha, pero su experiencia política (como el gobernador de Massachusetts) y en el sector privado prueba su capacidad de colaborar con todos. Y ha estado casado con la misma mujer por 42 años. Es el candidato perfecto.
Lo inconveniente para los generales Republicanos es que las tropas prefieren a Newt Gingrich, casado tres veces, un intelectual impredecible, experto en las artes ocultas de Washington y alguien que no sabe gerenciar a más que unos cuantos asesores. Hasta sus admiradores mas fieles reconocen la crónica de un desastre anunciado que seria un presidente Gingrich.
Es síntoma de los tiempos. Lo que les une al Tea Party, Occupy Wall Street y, ahora, el fenómeno Gingrich es una crítica fundamental del sistema en este país. Ya no nos satisfacen los debates sobre el seguro médico, las guerras en Irak y Afganistán, o el aborto. Son debates que presuponen un marco estable; son consideraciones de pequeños ajustes que no ponen en riesgo el sistema entero.
Pero el Tea Party está dispuesto a destruir la credibilidad financiera del país para reformular el papel del estado. Occupy quiere paralizar al sistema bancario y al gobierno si es lo necesario para redistribuir recursos de los ricos hacia los pobres.
Para estos populistas, Romney es un candidato insustancial. Quiere ser presidente porque quiere hacer unos ajustes menores al estatus quo.
Gingrich, mientras tanto, representa la posibilidad de una catástrofe en Washington. Hasta para los que temen que tal catástrofe podría causar demasiado daño y resolver muy poco, es una posibilidad extrañamente seductivo.