Cómo se escribe una columna

Escribir una columna una vez a la semana puede llevarte a la tumba. Los jueves en la noche empiezo a sentir una revulsión en el estómago. Me pregunto si debo escribirle a mi editor y decirle que ahora sí estoy agotado, que hasta aquí llegó el asunto, que no importa cuánto me exprima los sesos ya no hay nada nuevo que pueda decir nada, rien, nothing? Sin embargo, unos cuantos segundos después me convenzo que el acto de escribir estas 750 palabras o hasta más (mis columnas comenzaron con 375 y crecen y crece…) es el mejor ejercicio mental que pueda haber.

Yo me digo a mí mismo que la columna es una bitácora, un diario de trabajo, un regreso al escritorio, que lo que importa no es solo lo que escriba sino que lo escriba bien y a tiempo, con soltura y humor, y que hay miles de lectores del otro lado de la página que leerán la columna. Hace poco uno de esos lectores me escribió para que le dijera qué es lo que yo pienso que es el estilo. ¡Ay caramba! He estado escribiendo por treinta años y todavía no sé lo que es el estilo. Para ser escritor hay que escribir y para escribir hay que decir algo, así que le dije al pobre hombre que el estilo no es encontrar las palabras para decir lo que uno quiere decir sino las únicas palabras, las que nadie más escogería, las nuestras, y que escribir es decir lo que pensamos con estilo porque de otra manera no vale la pena.

Disculpas: mi tema no es la escritura en general sino cómo escribir una columna periodística. Me gusta su brevedad: antes redactaba ensayos largos; el ritmo de una columna semanal me ha ayudado a abreviar mis pensamientos. Decía antes que luego de una dosis de horror, las columnas las escribo con placer.

El proceso me lleva una media hora, acaso un poco más. Comienzo siempre por el título. Nunca sé de lo que voy a escribir hasta que no descubro el título de la columna. A veces tengo que reordenar las palabras de ese título, ajustar su sentido. Por ejemplo, hoy iba a usar el título “Cómo se escribe esta columna” pero me di cuenta que no le que me interesaba en esta ocasión no era esta columna sino las columnas que escribo generalmente, todas a las vez. En mi archivo, ésta en particular lleva el número 226. En fin, el título es lo primero que me viene a la mente. Cuando por fin se me aparece, por arte de magia, siento una satisfacción inmensa.

Mi obligación es hablar de temas diversos. Mis lectores, me digo, saben muchas cosas y quieren contextualizarlas. Para eso estoy yo, para meter la langosta en la olla. Las columnas deben alternar entre política, deportes, economía, sociedad, biología, religión, cultura y, por supuesto, literatura, que es la razón de mi vida. Deben ser actuales, vigentes pero confieso que frecuentemente lo que me llama la atención son las cosas más insignificantes, “las pequeñas sutilezas del vivir”: el cortaúñas, el color verde… Cuando se apodera de mí un tema así, siempre me embarga la culpa.