Tras el rastro de un hijo

Hondureña escapa de su marido y viaja a México para buscar a hijo desaparecido

Tras el rastro  de un hijo
Ana Enamorado sostiene la foto hijo Oscar. Ella cree que él está vivo pero que lo tienen haciendo trabajo forzado.
Foto: EDLP

MÉXICO, D.F. — Ana Enamorado vio partir a su hijo Óscar Antonio López en la madrugada. Llevaba una mochila al hombro, camisa negra y pantalones de mezclilla. No miró atrás el rostro que hoy la madre busca a escondidas de su marido, en un país extraño, lejos de Honduras.

Ana huyó de la provincia de Choloma de Cortés tras los rastros de su único muchacho, desaparecido en México en enero de 2010, apenas pudo escapar del encierro que su esposo le impuso para evitar que hiciera llamadas telefónicas, que se enganchara por internet en busca de pistas que cada vez parecían más escabrosas.

“Mi hijo era la razón de mi vida, mi adoración, y nada me iba a detener, ni siquiera él, que es el padre, porque siempre fue muy violento con nosotros”, cuenta la mujer de 41 años en entrevista con este diario desde un rincón de este país.

A hurtadillas, con los ojos amoratados por las tundas, salió de casa para alcanzar a la caravana de madres que cada año viaja México en busca de sus hijos y así cruzó la frontera en noviembre pasado, como víctima de violencia intrafamiliar y probablemente del crimen organizado, de modo indirecto.

Óscar Antonio era un chico tímido embaucado por dos amigos para emigrar a Estados Unidos. La madre le suplicó que no se fuera, que siguiera sus estudios, que esperara, pero no hubo forma de quitarle la idea de la cabeza. “Allá no éramos ricos, pero tampoco nos hacía falta nada: teníamos nuestro negocio (un minisúper), vivíamos para él”.

La emigración fue meramente por aventura. Ni siquiera tuvo que tomar el tren de carga clandestino conocido como “La Bestia”, sino que el coyote los cruzó en camión hasta la frontera norte, donde lo abandonó junto con sus compatriotas que por experiencia previa pudieron tomar el camino hasta Texas.

Óscar vivió en Austin hasta que conoció a dos hermanos mexicanos, oriundos de El Carrizo, Jalisco, en la frontera con Nayarit (occidente). “Llamó para informarme que quería regresar a Honduras, pero antes pasar un tiempo con esos amigos en México, pero que siempre estaría en contacto conmigo”, recuerda Ana.

Al poco tiempo, el chico le envió el teléfono de Heraclio Peña Ponce, el padre de la familia donde viviría.

La mudanza a México estuvo salpicada de incongruencias. Primero él dijo que trabajaría en el campo aunque no tenía ninguna experiencia, luego pidió alrededor de $1,300 d en su equivalente en pesos para pagar el golpe a una camioneta y cuando Enamorado envió el último de los tres pagos para saldar esa deuda, su niño desapareció.

Por esas fechas, la camioneta de la familia Peña Ponce apareció calcinada en un rancho, con tres cuerpos totalmente quemados dentro. El ministerio público dio parte de los hechos ocurridos cerca de un conjunto de casas que recibieron descargas de armas de alto poder.

Ana se enteró de los hechos a través de la versión electrónica de los diarios locales. Humberto Peña Ponce, hermano de Heraclio, de 22 años, fue raptado previamente con otros cuatro hombres, pero su ADN no coincidía con ninguno de los cuerpos quemados.

“Me arrancaron el alma”, cuenta entre lágrimas. “Lo que me tiene tranquila es que todo eso pasó en diciembre de 2009 y mi hijo me habló en enero de 2010 para decirme que se había ido a otro lado y ahora sí tenía un teléfono celular”.

Pero jamás volvió a saber de él porque no contestó.

Ya en México, enamorado levantó una denuncia ante la delegación de la Procuraduría General de la República (PGR) en Jalisco.

La dependencia declinó hacer comentarios sobre la investigación; sin embargo, la madre está optimista. “Yo creo que a mi hijo lo tienen en un trabajo forzado, lo presiento”.

El gobierno mexicano le otorgó una visa con permiso de trabajo por la mediación del Movimiento Migrante Mesoamericano, pero en 12 meses tendrá que renovarla.

Ana tiene un año para encontrar a su hijo.