Los corridos del Chapo

Las fotografías y videos del que fue el último escondite del Chapo Guzmán, muestran la vida de un hombre frugal. No es fácil entender que alguien que aparece en la lista de millonarios globales de Forbes viviera así, a menos que se busque una explicación en las fuentes de la cultura popular. “El dinero no hace al hombre / es el hombre el que hace dinero”, dicen Los Alegres del Barranco en “El costal lleno de piedras”, un corrido que medita sobre los valores implícitos en la austeridad de los narcos del norte de México.

Es ahí, en el mundo de la música popular, donde el que quiera entender a estos personajes que circulan a la manera en que lo hacían los piratas durante el siglo XVIII o los apaches durante el XIX, tiene que buscar. Dice el cantante Rodi Félix, pensando en la complejidad moral de un personaje como El Chapo: “No es un orgullo estar / enfrente de la mafia / orgullo es poder ayudar / a mi plebada.”

Y es que los narcos viven en un espacio aparte que se parece más al de los soldados medievales o los marinos griegos de la antigüedad que al nuestro. Pertenecen a una cultura orgullosamente ágrafa, en la que, a la hora de contar historias, la escritura no ha sustituido a otras estrategias nemotécnicas. La más venerable de las formas poéticas del castellano, el romance, fue inventado para transportar las hazañas de los caballeros cristianos que enfrentaban a los árabes en la península Ibérica durante el siglo XIV, y los corridos contemporáneos de México son su descendiente directo. Es sólo que se cantan en clave de polka y no a la manera de las canciones andaluzas, debido a la influencia de las migraciones alemanas al norte de México durante el siglo XIX.

El censo de lo que había en casa del Chapo cuando lo detuvieron dice tanto por lo que muestra, como por lo que no. Había ropa, medicinas, artículos de limpieza, una maleta de mujer, huevos y verduras, dos televisiones y varias estanterías vacías. Ni un libro. El apurado video que filmó DBTV.com en las habitaciones del criminal más buscado del mundo pasa rápido por el baño: no hay ni siquiera un periódico deportivo sobre el tanque del inodoro. Habrá, por supuesto, que ver los resultados finales del cateo cuando se juzgue al capo, pero sorprende que alguien obligado a vivir en el encierro y la soledad no tuviera en casa ni siquiera un ejemplar de TVnovelas o El Libro Vaquero.

El alfabeto no es una tecnología a la que se recurra mucho si uno se dedica a traficar drogas, pero eso no hace a los narcos incultos. Los hace, en todo caso, anticuados, casi clásicos. El narco en México ha generado una producción cultural vasta que pasa por maneras únicas de vestir, un enriquecimiento de la lengua mediante la asignación de nuevos significados a viejas palabras, o una cocina extraordinariamente rica en sabores sorprendentes –el aguachile o el pescado zarandeado deben estar entre los platillos más inspirados que se hayan inventado en años recientes.

La historia íntima del narco mexicano, no la oficial, sino la historia que los narcos le cuentan a otros narcos sobre sí mismos, está impresa en los corridos. Y está bien contada. “Me buscan, me encuentran, pero no se animan”, decían Los Pennys para explicar, en una síntesis genial, que el gobierno mexicano no capturara a El Chapo a pesar de que, al parecer, todos los sinaloenses sabían siempre dónde estaba.

Twitter @AlvaroEnrigue