Lula y Bachelet: cuando la cola mueve al perro


¿Mueve el perro su cola o la cola lo mueve a él?, plantea una expresión popular anglosajona.

Muchos brasileños rechazan a los refugiados venezolanos, pero adoran a Lula, quien desde la cárcel -por corrupción- sigue liderando las preferencias electorales para el venidero 7 de octubre.

Es el país donde se han presentado más episodios de violencia y xenofobia contra los venezolanos, incluyendo esclavitud, golpes y quema de campamentos. El país de Lula, el socialista humanitario… Lula, cómplice protagónico del régimen que causa esa emigración.

Desde que Brasil retomó la democracia, Lula se presentó a todas las elecciones. Perdió en 1990, 1994 y otra vez en 1998. Ganó finalmente en 2002, financiado por Hugo Chávez, petro chequera en mano. Fue su principal aliado internacional y comprador de bombas lacrimógenas (Chávez adquirió 143 toneladas de municiones antimotines al vecino, entre 2008 y 2011. Y Maduro más).

Su sucesora y mano derecha, Dilma Rousseff, fue destituida en 2016 por “maquillaje presupuestario”.

Nada de lo anterior parecen entenderlo los seguidores masivos de Lula. O lo procesan sólo a su conveniencia. Y así, él continúa liderando las encuestas.

La otra opción no luce más civilizada, el ultraderechista ex militar y diputado Jair Bolsonaro. Cuando un país se va a un extremo, suele resucitar la contraparte. Barbarie contra barbarie.

Con Lula, la constructora brasileña Odebrecht protagonizó el mayor escándalo de corrupción internacional que se recuerde. Y él no ha sido juzgado por ello. Está preso por otra causa, igualmente relacionada con sobornos.

El Comité de Derechos Humanos de la ONU ha pedido que dejen a Lula participar en los venideros comicios, como si no hubiese otras urgencias en esa materia. Aparentemente no han tenido tiempo para leer sobre los exterminios en las favelas de Río de Janeiro o Manila; o los políticos inhabilitados allí mismo al lado, en Venezuela -condenados no por corrupción, sino por protestar contra la dictadura amiga de Lula. Tampoco más allá, en Siberia, Beijing, Estambul o Teherán.

Una de las firmantes del pedido a favor de Lula fue su ex colega chilena Michelle Bachelet, en la víspera de asumir justamente en Ginebra como Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. A ese cargo llegó, dicen, por promover en sus dos presidencias “los derechos de todos, pero en particular los de los más vulnerables” (comunicado oficial, 31-08-2018).

Bachelet… la que irrespetó a los mapuches y ha posado sonriente docenas de veces con los mayores violadores de derechos humanos en América: Daniel Ortega, los Castro, Chávez y Maduro. La que cuando murió Fidel lo llamó “un líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina” (2016).

Y a Chávez, su “gran amigo”, lo alabó “por erradicar la pobreza, generar una mejor vida para todos y su profundo amor por América Latina” (2013). Esa misma “mejor vida” que ha generado la mayor emigración y la más cruel xenofobia en la historia suramericana…

El secretario general António Guterres, quien nominó a Bachelet, advirtió hace poco que la ONU se está quedando sin dinero, por la falta de pago de sus miembros (las misiones de paz se financian de forma separada).

En realidad, si el organismo cerrara sus puertas temporalmente por inventario o vacaciones, ¿se notaría la diferencia? Al menos en este continente es muy poco lo que resuelven, aparte de ocupar cada vez más edificios en Nueva York -ayudando a disparar los precios inmobiliarios de la congestionada ciudad-, mientras la tragedia cubana sigue archivada en el olvido.

Por décadas se ha dicho con honda ironía que “Brasil es el país del futuro. Y siempre lo será…” Lo mismo aplica para la ONU que, mordiéndose la cola, no necesita más enemigos que ella misma.

Sin perder las siglas, tal vez debería comenzar a llamarse Organización de “iNacciones” Unidas.

Andrés Correa Guatarasma es corresponsal y dramaturgo venezolano residenciado en Nueva York, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.