Desigualdad: Las calles sirven para protestar en 2020

Una idea común subyace en la mayoría de las manifestaciones en todo el mundo, insatisfacción por la desigualdad y la falta de oportunidades. En EEUU esto se verá en las urnas
Desigualdad: Las calles sirven para protestar en 2020
Aunque la pobreza en EEUU se ha reducido en comparación con hace 50 años, todavía existe mucha desigualdad social.
Foto: Archivo

“Hasta que merezca la pena vivir”. Esa fue uno de los eslóganes que se oyeron en los primeros días de impresionantes manifestaciones en las ciudades de Chile. En octubre de 2019 los ciudadanos de la capital se echaron a la calle porque la subida del precio del billete del metro subió 30 pesos.

Y aquella protesta llegó a todo el país porque como decía otra de las consignas de las masivas marchas “no son los 30 pesos, son los 30 años”.

La subida del precio del transporte fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de una población que ha estado viviendo en una economía que se define como próspera pero que pasa por ellos sin dejar rastro ni de la supuesta bonanza ni de la oportunidad en un país que es el más desigual económicamente de la OCDE.

Las calles se han llenado de gente protestando en Chile, pero también con más o menos intensidad en Haiti, Nicaragua, Ecuador, Colombia, Bolivia, Hong Kong, ciudades de España, Francia, Holanda, Irán, Irak, Argelia, Indonesia y Líbano, entre otros países.

Y aunque las revueltas se llegaron con fuerza en 2019 se espera que continuen porque los problemas y las insatisfacciones siguen ahí.

Las razones no son siempre las mismas aunque con algunas excepciones, el caso de los defensores y los opositores a la independencia de Cataluña en España o el endurecimiento del código criminal en conductas morales en Indonesia, subyace en todas una desconexión entre la ciudadanía y quienes controlan el Gobierno por más que este sea democrático. A esto se suma una profunda insatisfacción porque las expectativas de mejorar, incluso en sociedades más igualitarias, o de caminar al mismo ritmo que  la bonanza que registra la macroeconomía no está ocurriendo.

El hecho de que haya una fuerte polarización ideológica y los medios para que la comunicación fluya rápidamente juega un papel importante en estas salidas a las calles y revueltas.

En la mayor parte de los casos esta desconexión e insatisfacción se produce por el fuerte aumento de las desigualdades, no solo de ingresos sino también de oportunidades para grandes segmentos de la sociedad y en particular para los más jóvenes.

En su último informe sobre Desarrollo Humano el Programa de Desarrollo de la ONU explica que en el siglo XXI hay una serie de desigualdades que están empeorando. A las diferencias cada vez más grandes de ingresos y riqueza se suman los cambios en tecnología y clima, que están creando nuevas divergenciasLos más jóvenes son los que tienen un mayor papel en la revuelta porque el sentimiento es que no tienen apenas voz en un sistema en el que una generación cada vez más mayor se resiste a abandonar las riendas.

En cierta medida ha sido la Gran Recesión  la que ha puesto de manifiesto en buena parte del mundo las grandes fracturas que hay en términos económicos y de oportunidades. La crisis y la mejora económica con la que se ha ido saliendo ha revelado que el sistema de libre mercado ha mostrado cierta eficiencia con el crecimiento económico pero no con la organización de la sociedad y la vulnerabilidad de los que menos tiene se ha extendido a una frágil clase media.

El doctor Daniel Montalvo, director de operaciones de Latino America Public Opinion Project (LAPOP) de la Universidad de Vanderbilt afirma al analizar lo que está pasando que la percepción popular ante las instituciones “está desgastada, la gente ya no puede canalizar sus demandas a través de las instituciones y prefiere volcarse a las calles”

El caso de Chile es significativo. Millones de personas en la calle han forzado abrir el camino a un cambio constitucional en un país que como Montalvo describe tiene escasa movilidad social y hay unas élites “que han ido a los mismos cinco colegios” que están dirigiendo el país.

En las manifestaciones contra el gobierno de Sebastian Piñera (un empresario multimillonario) se pedía mejora en el sistema de salud y las pensiones entre otras cosas básicas, el fin de las desigualdades económicas y la necesidad de oportunidades para la movilidad social.

Chile es un país que entretejió como ningún otro en su Constitución (aprobada en tiempos del dictador Augusto Pinochet) los principios básicos del liberalismo económico y la libertad de empresa propugnados por Milton Friedman. Economistas chilenos formados bajo la dirección de Friedman, los llamados Chicago Boys, se ocuparon de ello.

La privatización, la economía del “dejar hacer” al sector privado gobernado por la teoría de la oferta (supply side) convirtieron a país en el modelo del experimento económico. El modelo privado de pensiones ha sido durante años un ejemplo que han querido emular políticos y economistas de ideología conservadora.

El resultado, décadas después está en la calle. Entre los que protestan están los pensionistas que reciben un cheque que les deja bajo el umbral de la pobreza.

La presión en la calle está teniendo resultado y Piñera ha ofrecido reformas y en abril se votará si se quiere otra Constitución.

En Ecuador, los manifestantes indígenas que se levantaron contra la eliminación de los subsidios a la gasolina y al diesel también fueron escuchados por el Gobierno después de que las marchas registraran episodios violentos como también ocurrió en Chile. En Haití las manifestaciones no dejan de subir de intensidad.

Los datos que maneja Montalvo apuntan a que la situación de desigualdad, la corrupción y las presiones económicas en un momento en el que las expectativas de la población eran más altas están traduciéndose en un desencanto por la democracia en sí misma.

“Hay un deterioro sobre la percepción de la democracia y los sistemas políticos y tenemos datos, vemos que la gente está cada vez más descontenta de cómo funciona la democracia en sus países y en general”, explica.

Los datos que maneja este instituto de estudios en el barómetro de las Américas indican que en 2010 el 14.8% de los ciudadanos justificaba que en épocas difíciles el presidente cerrara el Congreso y gobernara en solitario. En 2018-2019 este porcentaje subió al 23.9%.

La satisfacción en general con la democracia ha pasado del 58.7% en 2010 al 39.6% en 2019 y en muchos países la caída es mayor. “Hay un retroceso porque la gente percibe que la democracia no está solucionando sus problemas. Hay más percepciones negativas con respecto a seguridad, economía… llevan de alguna forma a tener una idea pesimista sobre la situación económica y política en general”.

En EEUU también se está viendo crecer la semilla del descontento.

Según una encuesta hecha en octubre por Bankrate, el 67% de los estadounidenses afirman que desde las últimas elecciones sus finanzas personales no han mejorado, quienes si que notan que las cosas van bien son quienes rentas altas, el 84% que gana más de $75,000 al año.

Si en la escala de la OCDE Chile es el primer país en el ranking de desigualdad, EEUU es el cuarto por lo que la buena marcha de la economía, incluso la fuerte reducción el desempleo, no se ha trasladado a la generalidad de los ciudadanos porque aunque hay más trabajo, una buena parte de este es de bajos ingresos.

Los datos oficiales apuntan a que el porcentaje de ingresos nacionales que reciben los trabajadores cayó al inicio de la década de los 2000 y luego más tras la recesión. Y no se ha recobrado aún. Los trabajadores se ajustaron el cinturón y ahora siguen con él bien apretado porque los salarios están creciendo a un ritmo glacial.

Recientemente el economista Xavier Jaravel ha encontrado que desde 2004 hasta 2015 la inflación (aumento de precios) de los productos a los que destinan la mayor parte de sus ingresos las personas más pobres ha crecido a un ritmo anual mayor que los precios de los que compran quienes tienen más medios económicos.

En EEUU no ha habido estas grandes manifestaciones que se han visto en otros países pero en 2018 casi 485,000 trabajadores se pusieron en huelga, sobre todo en el sector de la educación y la salud. Solo en los años setenta hubo más personas dispuestas a protestar sus condiciones laborales dejando su puesto. En 2019 las huelgas han continuado, aunque faltan datos oficiales sobre el alcance de estas.

Adicionalmente, desde 2012 trabajadores de bajos ingresos han salido a la calle a demandar subidas del salario mínimo. La que se veía como una quijotesca posición ganó fuerza en las calles porque sin esa presión la metáfora con la que se daba la bienvenida al crecimiento, “la ola que sube para levantar todos los barcos”, no funcionaba. La recuperación ha tendido a dejarse atrás a las personas de bajos ingresos y las clases medias pese a los sacrificios hechos durante la crisis.

Estos trabajadores no han dejado de salir a las calles para demandar salarios y vidas dignas con sus trabajos. Seguridad en el trabajo, el fin de los robos de salarios, horas extras bien remuneradas… es lo que está moviendo al activismo laboral.

Heidi Shierholz economista del Economic Policy Institute, dice que en el pasado, cuando la economía crecía, “aunque había desigualdades todos veían una mejora de los estándares de vida y ese era el caso que cada generación sucesiva, la gente regular mejoraba la posición que habían tenido sus padres, el país veía mejoras en todos los lados”.

Pero a partir de los setenta ha ido cambiando y “la desigualdad se ha disparado, lo que vemos es que la gente está estancada y que ya no es verdad por lo general que las generaciones sucesivas estén mejor que sus padres”.

Según Shierholz el sueño americano no es el estancamiento y ella además cree que realmente la situación es algo más difícil porque falta avance para mucha gente que sin embargo ve como otras personas en el top de los ingresos despegan. “Entonces se diagnostica correctamente que la economía está funcionando para ellos pero no para ti, y que el sistema está amañado y por eso es difícil salir adelante”.

El país sigue con una narrativa iniciada en los ochenta en la que empezó a reducir el poder de los sindicatos y primar la teoría de la oferta o la idea de que si se genera riqueza en las élites económicas se creará empleo y eso es bueno para todos.

Pero la fuerte desigualdad y la emergencia de nuevas voces en la política pueden dar la vuelta a la situación. Es posible que en EEUU se salga poco a la calle y no se vean las imágenes de Chile o Francia con los “chalecos amarillos” pero este es un año de elecciones y Shierholz dice que la mayoría de los candidatos demócratas “parecen estar buscando soluciones”.

“El sistema está estancado en el Congreso  pero la gente, al menos, está hablando de la necesidad de cambio”. Lo cierto es que la idea de un sistema de sanidad universal y más o menos público o imponer tributos marginales más altos a las grandes fortunas son conceptos que empiezan a normalizarse en los debates por más que se discrepe de ello. 

No serán las calles, sino las urnas quienes recojan la protesta, o no, de los ciudadanos estadounidenses en 2020.