Madre e hija entre la artillería invernal

Están al mando del 'coat check' desde hace 30 años en el Plaza Hotel
Madre e hija entre la artillería invernal
Hace ya casi tres décadas que Eugenia Soberanis y Pastora Martínez son coat check en El Plaza.
Foto: fotos Silvina Sterin

Se mueven rápido. Afuera está frío y necesitan devolverle a la gente toda su artillería invernal. Durante las cuatro horas que durará la conferencia de finanzas ellas serán quienes custodien sus tapados, sacos, chaquetas, bufandas, gorros, sombreros, guantes y otros de los sofisticados artículos que forman parte de la parafernalia invernal neoyorquina.

Aquellos que no van tan apurados -los menos en esta ciudad- a veces lo notan; un cierto parecido entre estas dos damas de pulcro uniforme blanco y negro y en ocasiones, a alguna de ellas se le escapa un “Mami, alcánzale al señor el bolso color café”, o “Hija, cuelga este sobretodo allí en el perchero”.

Alguno lanza entonces la pregunta: “¿ustedes son parientes? Ellas se miran y sonríen.

En el lujoso Plaza Hotel, donde ambas trabajan como ‘coat checks’, desde hace casi treinta años, todo el mundo sabe que son madre e hija. “Imagínate, tres décadas aquí, este es como nuestro hogar”, afirma Eugenia Soberanis, la hija. Fue ella quien, al mes de tener el empleo, pensó que era una buena opción para su madre. “Mi mamá estaba haciendo limpiezas, corriendo por toda la ciudad. Me dije aquí va a estar en este lugar hermosísimo, es un buen trabajo y ella lo aprenderá. Así fue”. Desde un costado, reclinada sobre un perchero, Pastora Martínez, escucha atenta a su hija y asiente.

Ambas son de Armenia, Colombia y llegaron al Plaza, este verdadero ícono de Nueva York que es patrimonio histórico nacional, en 1984. “Me acuerdo como si fuera hoy, dice Eugenia, dejando viajar la mirada a aquella tarde. “Fue por esta misma época porque ya estaba fresco y te juro que se me pone la piel de gallina al recordar. Cuando entre y vi el Palm Court, con esos techos majestuosos, esas palmeras, toda la gente elegante tomando el te; me dije guauuu, que belleza y yo voy a trabajar aquí”.

Antes de ingresar en este paraíso donde reinan los mármoles, los terciopelos, las alfombras mullidas y los cristales, la hija venia de un universo totalmente distinto; aquel de las fabricas y las líneas de montaje. “Trabajaba en una firma de productos de eléctricos; armaba bombillos y otros productos de iluminación. Esto fue un cambio radical”.

Tanto Eugenia como su madre, Pastora, trabajan todos los días y, por lo general, lo hacen juntas. A veces son fiestas, a veces reuniones de trabajo o almuerzos de ricos y famosos. “Uyyy”, dice Eugenia, “aquí los hemos visto a todos, pero claro, una debe ser discreta y no tenemos permitido pedir autógrafos ni nada”. Luego confiesa que la única vez que se vio muy tentada fue en un evento de recaudación de fondos al que asistió su compatriota Sofía Vergara. “Es bien buena gente”, agrega.

Madre e hija acomodaron y cuidaron las pieles y abrigos de Goldie Hawn, Jack Nicholson, Howard Stern, Danny De Vitto, y otros invitados a la boda de Donald Trump y Marla Maples que tuvo lugar en el Terrace Room del hotel y también estuvieron de alguna manera alli, en el enlace de Michael Douglass y Catherine Zeta-Jones y en la fiesta de People en Español donde pudieron saludar a Thalía y a muchos otros famosos del mundo latino. “Para nosotras es lo mismo; siempre ponemos lo mejor de nosotras pero la verdad es que es increíble tener la oportunidad de ver a toda esta gente tan de cerca”, sostiene Eugenia. Vestidas con zapatos cómodos, bajos y a prueba de jornadas largas e intensas, madre e hija caminan con destreza por entre los percheros y conocen todos los secretos del ‘coat checking’: “Los tickets vienen en estas planchuelas de a tres”, explican, “este con el agujero es para el gancho y va con la prenda; este segundo es para la bolsa, si es que la persona tiene, y éste, el último es con el que se quedan los dueños”.

El ‘coat check’ no tiene horario fijo; las bodas son tarde en la noche y los desayunos, como el evento que transcurre durante la entrevista, arrancan bien temprano. Ambas viven en Springfield, Nueva Jersey y hoy les ha tocado madrugar. “Hoy nos levantamos y salimos como a las 4:30 de la mañana”.

De repente, el silencio se quiebra, se abren unas puertas y una estampida de banqueros se dirige al recinto de los abrigos. Sonrientes, amables y perfectamente maquilladas las mujeres se dedican a la tarea de entregarle a cada quien sus corazas protectoras contra las bajas temperaturas. La fila es larga pero Eugenia y Pastora despachan los abrigos a alta velocidad.

Cuando todo regresa a la calma, ellas también. Se preparan un té y charlan de sus temas. “Vivimos juntas”, comentan, así que esto parece realmente una extensión de nuestra casa. Conversamos de todo un poco y si nos peleamos es aquí en el ‘coat check’ donde nos reconciliamos”.