Ideas mínimas para envejecer

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“Envejecer no es deteriorarse”. Lo dijo un viejito chévere, Gonzalo Canal Ramírez, en el libro-biblia que lleva ese nombre.

Siento que envejecer es cambiar de médicos, amistades, aficiones, intereses, atardeceres, libros. Es aprender no solo a perdonar, sino a olvidar, que es más sanador.

Envejecer nos depara verbos sorpredentes como ennietecer que nos da la oportunidad de volver a ser niños. O dejar salir el niño que no fuimos.

Agosto es el mes dedicado a los que acumulamos muchas atardeceres. A quienes estamos más cerca del barrio de los acostados que de la cuna, nos dicen adultos mayores. O miembros de la tercera edad. Gracias, pero con tanto eufemismo no pagamos el arriendo ni nos evitamos arrugas. A mis 67 abriles hablo con conocimiento de causa.

En este desorden de ideas, considero que no está mal valerse de trucos inocentes para que no se note el ocaso. Con la idea de escurrirle el bulto a los años me dejé crecer el bigote para que escondiera ese implacable código de barras (=arrugas) que se va formando sobre el labio.

Otro truco para frenar la vejez es tomado de las obras completas de Perogrullo: no mirarse al espejo. Ensáyenla. De paso, se ahorran cirujano plástico que pretende darnos lo que natura nos niega.

Cuando el eco era el único periódico que circulaba, pelecharon catanos famosos como Matusalén cuya edad, según el Génesis, oscila entre 130 y 969 años. También varía la de papá Adán: 130, 800, 930 años. El patriarca Abraham paró el reloj de sol en 130 años, una cifra más manejable.

El pastor y teólogo Darío Silva, de la Iglesia Casa sobre la Roca, citando a Henry Morris, padre del creacionismo, dice que “parece demostrable científicamente, que la tierra, antes del diluvio, estaba envuelta en una subatmósfera lluviosa que filtraba la luz solar y producía un clima ideal que prolongaba la vida humana y animal”.

Monseñor Bernardo Merino, anglicano, opina que “la Biblia es una obra maestra del lenguaje figurado. Enseña con imágenes. El literalismo no es aplicable. Las fechas bíblicas han de ser recibidas con el beneficio de la duda”.

Aterrizando en la pragmática era de internet antípoda del eco, algunos médicos estiman que envejecemos desde los 49-56 años (edad incipiente). Estadísticas aparte, envejecemos cuando “el recuerdo es más fuerte que la esperanza”. O cuando no hablamos, contamos anécdotas: “Eso me recuerda la vez que…”.

El promedio de vida ha aumentado. Antes, la andadura era más corta. A los 40-50 años, la gente ya estaba cargando gladiolos en el cementerio. La medicina ha aumentado la expectativa de vida. Sesentones, setentones, ochentones, hacen parte del paisaje.

“A los ochenta, todo contemporáneo es un amigo”, dicen que decía Stravinski. Lo ideal sería vivir hasta el final de tal manera que lo lamente hasta el dueño de la funeraria, opinaba Mark Twain.

Cerremos la tienda con el título de un libro reciente de Luz María Londoño: “Viejo es aquel que tuvo la suerte de llegar a la vejez”. Les dice adiós un hombre con suerte.