Honduras se desangra

Honduras se desangra
Un 'mara' en una cárcel de Tegucigalpa.
Foto: EFE

La cintura de Centroamérica está sumida en violencia y apatía. Esta semana, el hecho sangriento más sonado en Honduras fue la matanza de 17 personas en la Mosquitia, noreste hondureño colindante con Nicaragua. Una pugna entre narcotraficantes. Entre las víctimas, niños y mujeres.

La zona es una de las preferidas por el narco porque su inaccesibilidad permite el furtivo aterrizaje de avionetas cargadas de cocaína de Sudamérica. No por nada Honduras ofrece el panorama más complicado en el istmo en narcotráfico, según la DEA.

El país es un caos. Sólo 10 días antes de la matanza, el gobierno reveló que varios fiscales tenían nexos con el crimen organizado.

El 2 de agosto, en la cárcel de Támara (cerca de Tegucigalpa), un ataque con fusiles AK-47 y un granadazo entre pandilleros presos dejó tres muertos y seis heridos. El único contrapeso, un día antes, fue que—luego de múltiples tropiezos legales—una corte declaró culpables a cuatro policías por disparar y herir en 2011 a dos jóvenes universitarios que desobedecieron una señal de alto, y luego asesinarlos para encubrir los hechos.

En Honduras, no se divisa luz al final del túnel. Algunos apuestan a la nueva administración presidencial que resultará de las elecciones de noviembre próximo. Sin embargo, el descalabro del presidente Mel Zelaya con el golpe de Estado de 2009, y la agudización de la violencia con José Lobo desde 2010, dejan poco que esperar de la capacidad estatal para proveer seguridad ciudadana.

Mientras tanto, el costo de protegerse por cuenta propia, para quienes lo pueden pagar, debilita a la economía. Encarece los sueldos y empleos. No es casualidad que la mayoría de centroamericanos indocumentados que intenta llegar a EE.UU. son hondureños en busca de trabajo.

En la coyuntura del año electoral, otros buscan la posibilidad de protección en la política y en el acceso a un puesto público. El resto mal depende de la fuerza pública, que es decir poco. Honduras tiene la tasa de homicidios más alta del mundo: 86 por cada 100 mil habitantes, en un país de 8.2 millones de habitantes. En EE.UU., la tasa es de 5 en una población de 316 millones de habitantes.

Hay múltiples razones tras los males de Honduras. Pero destaca la falta de controles contra la corrupción en el Estado, para evitar la infiltración del crimen organizado y el robo de fondos—recursos cruciales para tener fuerzas de seguridad profesionales, y cubrir necesidades básicas de la población como generación de empleo, salud y educación.

Hace 15 años, un estudio del Banco Mundial comprobó que en Latinoamérica a menor educación en un país, había más violencia. Esta conclusión sigue vigente. Un índice de la Organización de Naciones Unidas revela que el número promedio de años de escolaridad por hondureño es 6.5.

No extraña que el país sea un puerto seguro del narcotráfico, intersección clave en el tráfico internacional de armas, y sede importante de pandillas juveniles transnacionales con contactos en EE.UU.

Los gobernantes de países vecinos dirán que tienen sus propios problemas, pero la realidad es que el problema de Honduras es el problema de todos. Los narcos que causaron la matanza en la Mosquitia el 5 de agosto pasado peleaban por un cargamento de cocaína que será enviado a EE.UU., y que ya comenzó a dejar un sendero mortal en su trayecto hacia ese país.

Pero hay una sequía de voluntad política en la región para soluciones conjuntas: acciones concretas (no sólo de palabra) contra el crimen organizado, como implementar una comisión internacional contra la impunidad a la medida de Honduras—no una muleta permanente, como la de Guatemala, sino una verdadera palanca para el fortalecimiento institucional.

De lo contrario, esta herida abierta en el continente, que es Honduras, seguirá sangrando a borbotones—pero ahora también por indiferencia.