Editorial: Un acto de bondad al azar en Carolina del Norte

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Editorial: Un acto de bondad al azar en Carolina del Norte
Foto: EDLP / Archivo

Con tantas noticias negativas en el mundo, fue refrescante saber que una persona realizó una buena acción. El gesto fue simple, pero profundo.

Todo comenzó cuando Ashley England y su familia —el esposo, Jason, y los hijos Riley, de 8 años, y Logan, de 4, junto con la abuela y bisabuela de los niños— fueron a cenar a un restaurante en China Grove, Carolina del Norte. En un momento determinado, Riley —que sufre de epilepsia— se frustró, porque no le dejaban ver un video en el teléfono de su madre, y protestó. Comenzó a gritar y a golpear la mesa. Otros comensales lo notaron.

Si alguna vez han estado en esa situación en un restaurante o en un avión o en algún otro lugar público, ya saben que ése es el momento en que uno siente las miradas críticas e implacables de los demás. El mensaje que le llega es el siguiente: “¿Qué tipo de padre es usted? ¿No puede controlar a su niño?”

England recibió un mensaje diferente, sin embargo. Le dijo a CNN que, cuando su camarera estaba colocando la comida sobre la mesa, otra camarera se acercó a la mesa de la familia con lágrimas en los ojos. Llevaba un pequeño pedazo de papel. Con lágrimas en los ojos, dijo a la familia: “Su comida ha sido pagada y él quiso que les diera esta nota.” El mensaje decía, “Dios da niños especiales sólo a gente especial”.

England se echó a llorar. Más tarde, publicó la nota en su página de Facebook, junto con un detallado relato de lo que ella y su familia experimentaron esa noche. Finalizó el mensaje con las siguientes palabras: “Querido extraño, gracias por bendecirme esta noche de una manera que usted nunca sabrá.” La foto se propagó como un reguero de pólvora y ha sido compartida por miles de personas en Facebook.

Me alegró de que la historia se propague. Es un relato cálido que merece ser repetido, y un ejemplo para todos nosotros. Restaura nuestra fe en nuestros prójimos y nos recuerda que lo más valioso que podemos compartir con otra persona no es tiempo ni dinero, sino comprensión.

La cuestión es poder ponerse en los zapatos de los demás. Lamentablemente, es algo que en la actualidad les resulta difícil a los estadounidenses. Cuando hay una tragedia o una emergencia nacional, somos un pueblo compasivo y generoso. Pero en lo cotidiano, vivimos a toda velocidad, inmersos en nuestros deseos y necesidades, y consumidos por nuestras propias prioridades. A menudo, no nos detenemos a pensar qué difícil es la vida para otros y no nos preguntamos qué podríamos hacer para aliviar su carga.

Cada vez que leo estas historias, me pregunto, ¿Qué esperaba esta gente cuando decidió cenar en un lugar público? Si quieren un ambiente silencioso y estéril, siempre pueden comer en casa. No voy a excusar a niños indisciplinados, pero tampoco es nuestra tarea malcriar a adultos egoístas, que gustan de quejarse y están acostumbrados a salirse con la suya.

Estas prohibiciones en los restaurantes nos hacen sentirnos pequeños, mientras las historias como la que le ocurrió a England y su familia nos hacen sentir grandes.

Sigamos el ejemplo más positivo. No es necesario pagar la cuenta. Pero la próxima vez que estén en un avión o en un restaurante y vean a un padre luchando con su hijo, ahórrense la despreciativa mirada y sean pacientes.

El análisis costo-ganancias es obvio. No les costará un peso, pero nos beneficiará a todos.

The Washington Post Writers Group