Regresan de toga y birrete

Nuevo grupo de dreamers pide visa humanitaria para ingresar a EEUU
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Las historias de una treintena de jóvenes “soñadores” que intentarán regresar a Estados Unidos el próximo lunes pidiendo una visa humanitaria revelan las dificultades que enfrentan los que crecieron en este lado de la frontera y terminan en el otro, tratando de adaptarse a una nueva vida.

El abogado David Bennion entregó a las autoridades migratorias, las solicitudes de visa humanitaria para los jóvenes, que pedirán reingresar al país vestidos de toga y birrete en Laredo, Texas. El abogado y otros activistas estarán con ellos cuando se presenten en la garita fronteriza este lunes 30 de septiembre.

“La idea es que las autoridades tengan tiempo de evaluar los casos. Pediremos una visa humanitaria porque todos estos jóvenes tienen circunstancias que lo ameritan y porque el Ejecutivo tiene la discreción de permitir su ingreso al país bajo la ley actual”, dijo Bennion en una entrevista telefónica desde Texas, donde se encuentra en este momento, esperando unirse a los soñadores que esperan del otro lado.

“El Gobierno otorga DACA —acción diferida— usando esa discreción legal y también la usa para aumentar deportaciones”, dijo Bennion. “Tal vez quieran usarlo en forma más positiva, es lo que les estamos pidiendo”.

Bennion acompañará a los jóvenes el lunes, actuando como su abogado. Entre ellos está César Ortiz, de 20 años y quien pasó 12 años viviendo en Ohio. Sin opciones de educación y licencia de conducir decidió regresar sólo a México para estudiar allá y tras una diagnosis de cáncer, tuvo que pasar sólo la quimioterapia, recibiendo el apoyo de su familia por Skype.

Está Marcela, quien vivió en Chicago desde la edad de 6 años y aunque fue una estudiante con honores escolares, al llegar a la edad universitaria encontró que no podía acceder a becas por su estatus migratorio. Entonces su abuelita en Michoacán enfermó de gravedad y la familia decidió que regresara a cuidarla. Desde entonces, 2005, está separada de su familia, viviendo en una zona conocida por la violencia de los carteles de drogas.

Está Edgar Torres, de 22 años quien vivió en Houston, Texas durante 13 años desde la edad de siete años. Tras tener una pelea en la calle con un amigo “el me tiró un golpe y yo le tiré otro, pero nos arrestaron y terminé en la policía, allí me pidieron mi número de seguro social”.

“¿Puedo hablarte en inglés?”, dice Edgar al tomar la llamada. “No hablo bien español”.

Como casi todos los dreamers que crecieron en Estados Unidos luego que su familia ingresara sin autorización al país, Edgar es más estadounidense que mexicano o del país en el que naciera. Presionado por su falta de opciones legales y sin fondos para un abogado, decidió firmar la deportación voluntaria.

Atrás en Houston quedaron sus padres y sus dos hermanas. Hace tres años que no los ve, ni a sus amigos. Fue su mamá la que escuchó en las noticias sobre los Dreamer 9 que cruzaron en Julio y le invitó a que se comunicara con la organización para tratar de regresar.

“Quiero regresar a casa”, dice Edgar, sabiendo perfectamente que probablemente pase algún tiempo, con sus compañeros, en un centro de detención federal. ¿Vale la pena el riesgo?, es la pregunta lógica. “Definitivamente”, contesta.