Un grito silencioso
Las tres semanas de huelga de hambre de los activistas en favor de la reforma migratoria reflejan un sentimiento de desolación que existe ante el parate impuesto en la Cámara de Representantes a una ley que abarque los distintos aspectos del tema.
La Cámara Baja, mientras tanto, sigue una cruel estrategia política jugando con las expectativas y el futuro de unos 11 millones de indocumentados. Un día el presidente de la Cámara, John Boehner, asegura que no negociará con el proyecto aprobado por el Senado, y luego afirma que la reforma no está muerta. ¿En qué quedamos?
La reforma con su componente de legalización cuenta con el respaldo de la mayoría de los estadounidenses según las encuestas de opinión. Al mismo tiempo, líderes religiosos, conservadores y empresariales han cabildeado a los congresistas republicanos sin éxito.
Esta causa incluso ha unido a judíos y musulmanes cuyas organizaciones declararon el próximo viernes 6 de diciembre el día nacional de ayuno por la reforma. La lucha contra la injusticia acerca a supuestos rivales, mientras que divide la mayoría republicana, dejando que el antagonismo e ignorancia prevalezcan sobre las ventajas que una reforma traería para nuestro país.
Hasta el presidente Obama aceptó la idea, tan rechazada previamente, de que la Cámara apruebe medidas separadas, despedazando el paquete cuidadosamente elaborado en el Senado. Pero ni así se mueve la reforma en la Cámara Baja. Y con cara dura aún dicen que no se avanza por falta de tiempo. Pero es este el mismo Congreso que programó para el 2014 el calendario de trabajo más reducido del que se tenga memoria. Con una agenda en que sobrarán las votaciones contra el Obamacare y difícilmente den cabida a la inmigración.
O quizá sí. Se puede creer en la especulación de que los congresistas podrán votar sobre alguna medida de inmigración después de que superen sus elecciones primarias y no haya un retador del Tea Party. O quizá no, siguiendo el tortuoso camino de Boehner.
Lo cierto es que hoy hay una reforma integral a medio camino y un Cámara Baja empecinada a resistir las presiones de sus aliados para actuar consecuentemente con el sentir de los estadounidenses.
La huelga de hambre es un grito silencioso, es la protesta más directa que pone en juego la propia salud, y en este caso, que busca mover lo que a veces parece ser inamovible. Allí se expresa pacíficamente la frustración de un proceso torpedeado numerosas veces, sin perder la esperanza de que esta a oportunidad no debe ser desaprovechada. Es impredecible saber si estos activistas tendrán éxito con esta medida de fuerza, pero no esto debe evitar estar junto a ellos apoyándolos porque compartimos su frustración y su deseo de una reforma integral de inmigración.