Honduras: adolescentes alimentan ciclo violento

Investigadores  revisan  el cuerpo de policía de tránsito Santos Arita, después de que fue supuestamente asesinado por dos jóvenes pandilleros en Tegucigalpa. A la derecha Edwin Mejía sentado contra una pared con las manos atadas a la espalda mientras estaba bajo custodia policial.

Investigadores revisan el cuerpo de policía de tránsito Santos Arita, después de que fue supuestamente asesinado por dos jóvenes pandilleros en Tegucigalpa. A la derecha Edwin Mejía sentado contra una pared con las manos atadas a la espalda mientras estaba bajo custodia policial. Crédito: ap

TEGUCIGALPA — Edwin Mejía no quería salir a trabajar aquella mañana.

Los $75 que había conseguido el día anterior robando una moto con su amigo eran una fortuna comparados con los 5 diarios que ganaba vendiendo las tortillas que su madre cocina. El adolescente, de apenas 15 años, remoloneaba en la cama de la casa de madera y una sola habitación que compartía con sus hermanos y le dijo a su socio, Eduardo Aguilera, que no estaba de humor.

“Dale, andá, tenemos que ir”, insistió Eduardo, que también acababa de cumplir 15 años.

Con el dinero del día anterior Edwin podía comprar un teléfono. Si hoy hacían lo mismo, podría comprarse un par de Nike blancas, las favoritas de los miembros del barrio 18.

Edwin cedió.

A varios kilómetros de allí, en el centro de Tegucigalpa, el agente de tránsito Santos Arita empezaba su jornada de trabajo de 12 horas. A los 42 años había pasado casi toda su vida trabajando en pueblos y aldeas al norte del país. No estaba contento desde que lo destinaron a la capital. Ya lo habían asaltado una vez en un autobús tres jóvenes armados. Tenía miedo, pero nadie le preguntó si le apetecía ir a trabajar ese día.

Honduras, con la mayor tasa de homicidios del mundo, es un lugar peligroso. Los habitantes de la capital se desayunan cada mañana viendo fotos e imágenes de muertos en la prensa y la televisión y no es extraño que los vídeos de asesinatos se difundan en Youtube. En esta ciudad, manejar junto a la escena de un crimen es algo a lo que hay que acostumbrarse.

Honduras es también el país que dio vida al concepto de “República Bananera” cuando las multinacionales de la fruta de Estados Unidos se valían del ejército para controlar a la mano de obra y nunca logró recuperarse de que los intereses de unos pocos se impongan sobre los de la mayoría.

El país nunca logró desarrollar instituciones democráticas que impongan el Estado de derecho. Al contrario, es un territorio sin ley donde los pobres no tienen elección, los héroes son escasos y la violencia se da por hecha.

Edwin y Eduardo se tomaron un café antes de dejar la colonia Sinaí, uno de esos barrios controlados por las pandillas donde ni la policía, a menos que avance con las armas cargadas, tiene permiso para entrar, y se dirigieron al centro de Tegucigalpa.

Era casi la hora de comer.

Repetirían la estrategia del día anterior. Edwin manejaba, Eduardo iba detrás. Cuando encontrasen a su víctima, Eduardo la asaltaría y se iría con la moto robada. Fácil.

Un año antes, Edwin había dejado el colegio para ayudar a su madre. Las tortillas se reparten antes del mediodía, así que no le daba tiempo de ir a la escuela. En un país en el que 70% de la población vive en la pobreza, pocos pueden permitirse estudiar y muchos jóvenes han descubierto que el delito paga mejor que los estudios y que el mejor modo de delinquir es en moto, para escapar rápido.

De hecho, en Honduras es ilegal que dos hombres vayan juntos en motocicleta según una ley que se aprobó para disminuir el número de delitos.

A los chicos les dio igual y se dirigieron al centro. Fue extraño que en una de las ciudades más pobres y caóticas del continente, donde la ley no suele cumplirse, lo que hizo que su destino se cruzase con el del pobre agente de tránsito fuera un semáforo en rojo.

Se detuvieron. No vieron que Arita ayudaba a cruzar la calle a una mujer que se protegía del sol con un paraguas.

A Arita lo habían trasladado a Tegucigalpa dos meses antes y esperaba un cambio de destino para regresar a su casa.

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