La nube de Benghazi

Ahora que los estadounidenses estamos reiniciando la discusión sobre el atentado terrorista contra el consulado de Estados Unidos en Benghazi, Libia, el cuadro de lo que ocurrió el 11 de septiembre de 2012 y de la respuesta del gobierno se está volviendo más claro —a la vez que la política en torno al ataque se está volviendo más confusa.

Como ahora se sabe que el gobierno no dio a conocer toda la información que debería haber divulgado, el presidente de la Cámara, John Boehner, actuó correctamente al crear un comité especial para investigar el incidente y el representante Trey Gowdy, republicano por Carolina del Sur —un exfiscal sumamente capaz— constituye una elección excelente como líder de la investigación.

Aún así, tras varios días de declaraciones interesadas y partidistas de ambos partidos, me estoy convenciendo de que el último lugar en que hallaremos a verdad es en Washington.

David Plouffe, antiguo asesor allegado a la Casa Blanca y actual colaborador de NBC News, apareció recientemente en el programa “This Week” de esa cadena y aseveró que los republicanos eran “delirantes”, y que Boehner había sido intimidado por los extremistas de su propio partido para que promoviera la línea de que existía una “conspiración” para cubrir los hechos.

La exreportera investigativa de CBS News, Sharyl Attkinsson, que fuera galardonada con un Emmy, acusó a Plouffe —en Fox News— y a otros manipuladores de la información de practicar una “estrategia bien orquestada para controvertir una historia sobre la cual, en realidad, no quieren oír nada.” Attkinson consideró que Benghazi es “una historia legítima y un área legítima de investigación periodística.”

Con esta discusión podríamos terminar rápidamente en ninguna parte. Tendría que haber reglas para el debate. He aquí tres de ellas:

-Si insisten en enmarcar el asunto en términos del futuro de Hillary Clinton, deben mantenerse en silencio. Por más que los conservadores insisten en que Clinton debe rendir cuentas sobre un ataque a un consulado durante su gestión como secretaria de Estado, y los liberales quieren protegerla de los intentos republicanos para descarrilar su posible candidatura para la Casa Blanca, los estadounidenses no deben de perder de vista lo esencial en esta historia. No se trata de Clinton. Se trata de honrar la memoria de cuatro estadounidenses asesinados que sirvieron a nuestro país, tanto en el cuerpo militar como diplomático, hallando la verdad de la causa de su muerte, y si hubo una seria negligencia en el cumplimiento del deber por parte de Washington. La cuestión más importante no es la que preocupa a los republicanos —por qué el gobierno inicialmente promovió la narrativa falsa de que la culpa del ataque la tenía un video. Sino por qué no se envió ayuda. Todo el resto supone una distracción.

-No perder más tiempo en el tipo de trilladas demoras que utilizan los secretarios de prensa y voceros de ambos partidos para impedir que se dé a conocer la información a los medios, aún cuando se la pide específicamente. Cuando no dicen “Perdón, no podemos hacer comentarios porque hay una investigación en curso (que nunca termina)”, divulgan la información de a poco, para que la población pierda interés, los recuerdos se desvanezcan y las pasiones se enfríen. O bien valoramos y tomamos seriamente el papel de los medios como guardianes de los excesos del gobierno, o debemos aceptar el hecho de que no hay rendimiento de cuentas de los funcionarios electos.

–Tratemos también de extirpar la política de la historia. Los republicanos dicen que los demócratas podrían pagar un precio por las acciones del gobierno en noviembre, porque este asunto podría energizar a la base conservadora.

A los defensores de Obama les gusta considerar Benghazi como un escándalo falso. No lo es. Es una prueba para el liderazgo y un intento de que se asuma la responsabilidad.