LA MISIóN DE LAS Repúblicas
Dicen que los navegantes de la Estación Espacial Internacional cuando se acomodan y contemplan la tierra desde el espacio, durante la primera semana buscan su propio país; la segunda semana se identifican con el continente al que pertenecen, y es a partir de la tercera semana cuando tienen sentido de pertenencia a un único planeta.
Tal vez en ellos se dé en forma condensada el proceso de la Humanidad: desde el instinto tribal, cuyo sentimiento de pertenencia a un grupo suele ser excluyente de los demás, hacia una progresiva ampliación del horizonte de fraternidad mundial.
Todo esto viene a cuento en este mes de julio en que varios países en nuestro continente celebran su independencia, como son Estados Unidos, Venezuela, Perú y Colombia. Durante gran parte de su joven historia estos países han vivido un poco como los astronautas su primera semana. Han estado encerrados tan en sí mismos que apenas han notado que existían otros pueblos, otras naciones, otras realidades, otras culturas, otras creencias.
La historia reciente nos lleva a pensar que están concluyendo la segunda semana de su historia. El preocuparse de los demás miembros del continente, con sus intervencionismos, sus políticas de “América para los americanos”, sus compras y ventas de deuda externa, podrían darnos esa impresión. Quizás estemos siendo testigos del nacimiento de una conciencia “americana” en sentido continental.
Los valores sobre los que se construyeron estas repúblicas deberían ayudar a cumplir esta misión. Pero cabe preguntarse: ¿cuáles fueron dichos valores? Tomemos como ejemplo los Estados Unidos, nación que nace como una necesidad grande de espacios para la libertad. Aquel barco de peregrinos venía buscando un lugar nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva. Y lo encontraron. Y pusieron a Dios como base de sus vidas y la Biblia como libro de referencia.
En las nuevas repúblicas se necesitaba una diosa. Libertad fue su nombre. Y se sustituyó el Dios de la Biblia, el de los peregrinos, por la diosa Libertad. En nombre de la libertad de expresión, de creencia, de disponer del propio cuerpo, de la propia mente, del propio actuar, infinidad de veces hemos atentado contra la auténtica libertad, aquella que nace del respeto mutuo. En nombre de la libertad se ha pretendido imponer nuevos modelos de sociedad, de estilos de vida. En el Medioevo y el Renacimiento se imponían religiones a los pueblos.
Tal pareciera que estamos comenzando la tercera semana de historia, donde ensanchamos los horizontes a niveles de universalidad, basados en una visión donde nada humano nos es ajeno, tanto alegrías como esperanzas, penas como tristezas