El valor de ayudar

Brindar ayuda de manera desinteresada es una manera de crear una cadena de bienestar.

Ayudar a quien lo necesite produce empatía.
Ayudar a quien lo necesite produce empatía.
Foto: Shutterstock

“Ya estaba oscureciendo y se detuvo sin dudar, me preguntó si estaba bien y si necesitaba algo. Le pedí por favor me prestara su teléfono celular, ya que el mío no tenía batería, y así pude hacer un par de llamadas. Carmen, quien no me conocía, se quedó conmigo a pesar de que la persona del seguro había arribado, me decía que no me iba a dejar hasta asegurarse que estuviéramos bien. Fue hasta cuando mi esposo llegó, que ella se fue”, recuerda Estela García, quien padeció la descompostura de su auto cuando venía con sus hijos después de haber visitado al médico.

Estela comenta que, días después que contactaron ella y su esposo a Carmen para agradecerle su valiosa ayuda, ella en un tono muy amable les respondió: “A mí me han ayudado cuando he tenido problemas y es lo menos que puedo hacer, valoro mucho tu llamada, pero no te preocupes. Estoy segura que ya tendrás oportunidad de ayudar a alguien tú también”.

De manera equivocada se piensa que la gratitud consiste en un asunto estrictamente de modales, y que con decir “gracias” a una persona nos convertimos en alguien agradecido. Sin embargo, la reflexión sobre este tema puede ir más allá de las formas de comportamiento para convertirse en una entrañable respuesta hacia los demás porque tenemos memoria de lo que han hecho por nosotros.

No sólo es haber recibido beneficios o favores los que nos dicta tener una actitud de reciprocidad con quien nos ha ayudado. En un sentido estricto de correspondencia con la vida, tenemos la oportunidad de ser agradecidos al valorar todo aquello que nos hace sentir felices, completos, realizados, así como de ser justos y mirar la propia historia personal para tener presentes a quienes buscaron tendernos la mano, darnos una respuesta positiva a alguna petición o propiciaron nuestro bienestar.

Gérard Apfeldorfer, autor del libro Las relaciones duraderas, de Editorial Paidós, explica que: “La amabilidad, simpatía, las sonrisas, las pequeñas atenciones que se ofrecen no tienen precio. No se compran, pero se intercambian con sumo gusto. Es muy agradable poder mostrarse amable con quienes son amables con nosotros y poder intercambiar atenciones y consolidar así, esos lazos que hacen que estemos vinculados unos a otros”.

Quizá se tengan claros los nombres de las personas que han sido afectuosas con nosotros y con quienes estaremos agradecidos por haber recibido su amor, o simplemente sus buenas intenciones. Sin embargo, ¿qué pasa con aquellos que sin conocernos, nos han brindado su apoyo o simplemente, lo hacen de manera desinteresada? El autor del libro puntualiza a este respecto: “Hay personas que no esperan nada de quien recibe; ni siquiera, que el receptor pueda convertirse en alguien que también brinda ayuda”.

Aquí es cuando la gratitud se abre como un enorme abanico de posibilidades, ya que se puede poner en práctica no sólo con aquellos que nos sentimos cómodos por estar ligados por una simpatía, amor o una buena relación laboral. La oportunidad está en que se convierta en una manera de ver a nuestro alrededor y que la forma en la que interactuamos con los demás, no se restrinja a tener o no modales, por el contrario: que sea el más fuerte y vivo testimonio de que reconocemos y damos gracias por todo aquello que se tiene.

Estela dice que después de algún tiempo no volvió a saber de Carmen, pero asegura que de ella no sólo recibió ayuda, también la enseñanza que siempre se puede corresponder con aquello que nos fue dado, y con una sonrisa concluye: “Por el tipo de trabajo que tengo, puedo facilitar el contacto entre organismos y empresas, así como trámites a muchas personas, y siempre pienso que puedo dar más de lo que me toca o corresponde. Si puedo ayudar a alguien lo hago, como me dijo Carmen; ‘estoy segura que ya tendrás oportunidad de ayudar a alguien tú también’, y así siempre lo hago, ella tenía mucha razón”.

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