Resonancias Mexicanas: Esperanza colectiva
Mientras tanto, la esperanza colectiva es la distinción última de quienes aspiran a una breve dosis de justicia
El pasado 30 de junio, 22 personas fueron asesinadas en una bodega de la comunidad de San Pedro Limón, en Tlatlaya. Crédito: Agencia Reforma
Muy poco le duró a Enrique Peña Nieto la imagen de «salvador de México» con que lo ungió la revista Time. El autoritarismo, la corrupción y el abuso de autoridad anidadas en su gobierno, pronto tenían que hacerse visibles en cualquiera de sus dimensiones. Las crisis de violencia en Michoacán y Tamaulipas, la desparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, el asesinato de seis activistas en el mismo estado de Guerrero, la masacre de Tlataya, el innumerable hallazgo de fosas clandestinas, etc., son muestras manifiestas de un estado débil, impune e inconmensurablemente incapacitado para restablecer el orden y mantener la paz, la justicia y el bienestar social.
Nunca antes el estado mexicano había sido invadido –en incalculables dimensiones– de violencia, crimen e impunidad, al tiempo que se implementaban reformas estructurales que prometían un cambio radical en la vida de los ciudadanos. El problema, a mi parecer, es que ambas cosas provienen de los mismos actores. Es decir, si bien la «élite política–empresarial» ha postulado y respaldado las iniciativas reformistas que logren captar mayor inversión y por consecuencia se genere crecimiento y desarrollo, la misma «élite política–empresarial» ha sido permeable a las prácticas delictivas y de corrupción bajo el amparo de un reconocido y abierto pacto de impunidad.
La lentitud de las procuradurias estatal y de la República, ha permitido que crezca la esperanza colectiva sobre la posibilidad de que aparezcan con vida los 43 normalistas desaparecidos. Mientras no exista una declaratoria “oficial” de que los jóvenes han fallecido, el movimiento social que ha emergido a raíz de este secuestro, mantiene la esperanza de no solo encontrar a los jóvenes desaparecidos sino conserva viva la ilusión de que en este país aún existe la justicia.
Lamentablemente el gobierno junto con su «élite política–empresarial» capitalizan el dolor y la indignación. La tragedia se convierte en un energético discurso político, la justicia toma roles de golpeteo partidista y la cólera social se transforma en la inminente reconciliación de la esperanza. No obstante en el fondo, no hay la mínima voluntad de encontrar a los normalistas ni a su secuestradores, como tampoco existe la voluntad de castigar a los militares asesinos de Tlataya, como lamentablemente tampoco hubo la voluntad de recuperar la rectoría del estado en Michoacán o en el mismo Guerrero.
Las únicas búsquedas que han sido eficientes son las protagonizadas por la clase política. El PAN buscó la desaparición de poderes en Guerrero, el PRD el derrumbamiento de Ángel Aguirre Rivero, el PRI en voz de su líder nacional busca relacionar a López Obrador con el exalcalde de Iguala. Todos buscan su botín político, pero no encuentran a los estudiantes, simplemente porque nadie desde el estado los está buscando. Los podrán buscar sus familiares, los activistas, la universidades que han mostrado una postura crítica frente al problema, etc., pero ninguno de ellos tiene la fuerza ni los alcances que sí tiene el estado para encontrar a 43 seres humanos.
Mientras tanto, la esperanza colectiva es la distinción última de quienes aspiran a una breve dosis de justicia. La fe persiste a pesar de la inactividad del estado, a pesar de que se sabe, sabemos, que fue precisamente eso que llamamos estado lo que día con día con su burocracia, sus policías, su procuración de justicia, su distanciamiento con los derechos humanos, etc., obstaculiza la consecución de justicia, paz, equidad y de un sueño tranquilo para millones de mexicanos.
Ecos…
Veo con buenos ojos todas las manifestaciones que han emergido a raíz de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas. Me sumo a las marchas y a los pases de lista, a la recolección de víveres para las familias y a los talleres artísticos que de todo ello emanan. Pero sin ser pesimista, no puedo dejar de pensar que nada de ello resolverá el conflicto ni traerá a los normalista a casa. Debemos poner los pies en la tierra y mejor proponer acciones creativas que obliguen al estado a cumplir con su razón de ser.