El refugio de Oscar Romero en la Divina Providencia

En esa habitación de apenas cuatro metros de ancho por unos seis de largo, llegaba a reflexionar, a escribir y a descansar el Arzobispo Oscar Arnulfo Romero

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El refugio de Oscar Romero en la Divina Providencia
La beatificación de Monseñor Romero se celebró el 23 de mayo en El Salvador.
Foto: Archivo / La Opinión

San Salvador-. En la colonia Miramontes, al norte de San Salvador, un barrio de clases medias, el beato Óscar Arnulfo Romero tenía un pequeño y sencillo apartamento donde residía. Aquel refugio, ahora convertido en un pequeño museo, está en la parte de atrás de la capilla del Hospital de la Divina Providencia, dedicado a atender a pacientes con cáncer de bajos recursos.
En esa habitación de apenas cuatro metros de ancho por unos seis de largo, llegaba a reflexionar, a escribir y a descansar el Arzobispo Oscar Arnulfo Romero, después de sus faenas diarias. Hoy el lugar guarda los tesoros que dejó el obispo mártir: sus túnicas, documentos, grabaciones, su vehículo y sus libros.
En el lugar funciona el “Centro Histórico Monseñor Romero”, fue construido de forma independiente al hospital, y fundado por la religiosa Luz Isabel Cuevas, de la orden de Carmelitas de Santa Teresa. Lo paradójico es que ahí donde Romero residía, fue donde el 24 de marzo de 1980 un francotirador a sueldo de un escuadrón de la muerte de ultraderecha lo asesinara.
“Sus cosas, su ropa, sus zapatos, sus libros y todo lo que esta casa guarda quedaron desordenadas y abandonadas durante al menos un año después del crimen”, relata Elvia Liseth Cazún, la religiosa que lidera al grupo de custodia el que se ha convertido en santuario a la memoria de Romero, el cual día a día cobra cada vez más visitas, de nacionales y extranjeros.
“Todo lo que se puede ver aquí, bien ordenado, no siempre estuvo así. Después del asesinato de Monseñor las hermanas guardaron, incluso, la túnica martirial junto con sus mismos hábitos porque en ese entonces tener algo que pudiera servir de evidencia del asesinato era de lo más peligroso”, relata la religiosa que ha cuidado durante los últimos diez años este lugar.
La hermana Elvia afirmó que “para mí, estar cerca del lugar donde vivió y murió Monseñor es un enorme compromiso, una gran responsabilidad, pero a la vez es una gran alegría porque solo de cerca es como verdaderamente se le puede conocer a él, no de lejos. No solo por sus libros o con una imagen, sino aprendiendo a escucharlo todos los días, a toda hora”.
“Esta casa, así, pequeña, era el escondite de Monseñor Romero, el escondite no donde él se iba a huir, sino donde él se apartaba del mundo conflictivo, donde vivía para hablar con Dios”, dijo finalmente la hermana Elvia.

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