El “gringo” más odiado por los mexicanos (y no es Donald Trump)

Llegó a México en 1901, con 23 años y unos cuantos dólares en el bolsillo... el resto es historia
El “gringo” más odiado por los mexicanos (y no es Donald Trump)
A Jerkins lo envolvió la polémica por su origen estadounidense.
Foto: (CORTESÍA ROSEMARIE EUSTACE JENKINS)

Los mexicanos siempre han desconfiado de Estados Unidos, pero hay un personaje que concentra la histórica relación amor-odio a sus vecinos… Y no es el presidente electo Donald Trump.

Se trata de William Jenkins (1878-1962), el estadounidense más acaudalado que vivió en el país durante el siglo pasado.

Favoreció a alcaldes, diputados, gobernadores y hasta respaldó con recursos a un presidente de la república, Manuel Ávila Camacho.

Sin su fortuna difícilmente hubiera existido la llamada “Época de oro del cine mexicano”, en los años 40 y 50. Y también financió becas, patrocinó escuelas, universidades, carreteras y la remodelación de monumentos históricos.

Pero al mismo tiempo monopolizó la producción de azúcar y textiles, además de promover la represión de sindicatos, obreros y campesinos.

La historia del controvertido personaje se cuenta en el libro “En busca del señor Jenkins. Dinero, poder y gringofobia en México”, editado por Penguin Random House y el Centro de Investigaciones y Docencia Económica (Cide).

El magnate no era muy distinto a los empresarios de la época, la primera mitad del siglo XX, señala el texto.

Pero a él lo envolvió la polémica entre otras razones por su origen estadounidense, le dice a BBC Mundo el autor del libro, Andrew Paxman.

La contraportada define el tema: “Jenkins fue el gringo que a los mexicanos más les gustaba odiar”.

“Préstamos predatorios”

William Oscar Jenkins llegó a México en 1901, con 23 años y unos cuantos dólares en el bolsillo.

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El empresario creó parte de su fortuna en Atencingo, Puebla. (WILLIAM ANSTEAD JENKINS)

México el resto de su vida. En esa ciudad encontró empleo en una empresa de ferrocarriles y después en una compañía minera.

Cuatro años después de su llegada, en 1905, se mudó a Puebla, en el centro, donde se asoció con otros dos extranjeros para establecer una pequeña fábrica textil.

Ese fue el inicio de su fortuna. Cuando empezó la Revolución Mexicana en 1910 el estadounidense compró haciendas, mansiones, y terrenos que sus dueños remataban para escapar de los combates.

También ofrecía dinero con elevados intereses. “Préstamos predatorios”, les llama Andrew Paxman.

Cuando concluyó la primera etapa de las batallas, Jenkins vendió a un alto costo muchas de sus propiedades.

Para ese entonces el magnate era ya conocido por su cuantiosa fortuna, y, en 1919, sufrió un secuestro.

Cuando fue liberado, las autoridades de Puebla lo encarcelaron, acusado de perjurio e intimidación de testigos. Los diarios locales lo acusaron de fingir su secuestro.

El incidente provocó un conflicto diplomático entre México y Estados Unidos, donde algunos plantearon anexar parte del territorio de su vecino para compensar el agravio al magnate.

Fortuna azucarera

Después del secuestro, el magnate compró todas plantaciones de caña de azúcar en Atencingo, Puebla, donde se encontraba el ingenio más importante del país.

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En Atencingo, Puelba, se encontraba el ingenio más importante del país. (ANDREW PAXMAN)

La propiedad fue nacionalizada por el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas, pero entonces el magnate invirtió su dinero en el cine.

En pocos años, era dueño del 80% de las salas cinematográficas del país, e incluso apoyó la producción de varias películas.

También compró el Banco de Comercio (Bancomer), la institución financiera más grande de la época.

Sin embargo, el crecimiento de su fortuna siempre estuvo rodeado por la polémica.

Como otros mexicanos acaudalados, el magnate estadounidense ayudó a reconstruir la economía del país, devastada tras la Revolución.

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El magnate tenía especial afición por la agroindustria. (WILLIAM ANSTEAD JENKINS)

Pero no fue gratis. Los personajes que surgieron del movimiento armado necesitaban el dinero de empresarios como Jenkins para ganar elecciones.

Y ellos, a su vez, necesitaban el respaldo de los políticos para aumentar su fortuna.

Paxman, quien también es investigador del CIDE, dice que se creó “una dependencia mutua” que derivó en relaciones personales.

“Es lo que podemos llamar como un capitalismo de cuates (amigos)”, explica.

“Empresarios como Jenkins hacen favores a los políticos y ellos les hacen favores a los empresarios”.

“Por ejemplo, se hacen de la vista gorda con prácticas monopólicas, cuando reprimen con fuerza a los sindicatos o cuando realizan prácticas que se suponen desterradas por la Revolución”, como las tiendas de raya.

Estos lugares, comunes en las haciendas durante el gobierno de Porfirio Díaz, fueron negocios donde los campesinos eran obligados a comprar su comida a precios mayores a los normales.

Amigos poderosos

Aunque este tipo de relaciones eran comunes entre los empresarios mexicanos de la época, William Jenkins fue particularmente hábil en ese terreno.

Por ejemplo, en Puebla respaldó con miles de dólares a los hermanos Maximino, Manuel y Rafael Ávila Camacho, destacados miembros del oficialista Partido de la Revolución Mexicana (PMR).

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Manuel Ávila Camacho (centro) fue elegido presidente con la asistencia financiera de Jenkins. (CORTESÍA ACERVO FERNÁNDEZ CHEDRAUI)

La organización es antecesora del actual Partido Revolucionario Institucional (PRI).

El dinero se entregó de forma irregular, a través de préstamos personales o financiamientos en especie, algo prohibido en México a los extranjeros.

Pero la inversión rindió frutos. Manuel Ávila fue presidente del país entre 1940 y 1946.

Maximino fue gobernador de Puebla entre 1937 y 1941, y luego su hermano Rafael ocupó el mismo cargo, entre 1951 y 1957.

Ese fue el período en que Jenkins “llegó a la cumbre de su fortuna”, explica el investigador.

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William Jenkins también financió obras públicas y recintos culturales en Puebla. (ANDREW PAXMAN)

Durante esos años el magnate conoció a otros personajes que años después gobernarían a México: Miguel Alemán Valdés (1946-1952) y Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970).

Las relaciones políticas le permitieron al estadounidense, por ejemplo, violar la Ley Federal del Trabajo al incumplir con el salario y prestaciones a los trabajadores de sus fábricas textiles en Puebla.

No tuvo problemas con las autoridades. El entonces gobernador de Puebla, Carlos Ignacio Betancourt, solía vacacionar en la mansión de Jenkins en el balneario de Acapulco.

Precursor de la plutocracia

En el México actual, Jenkins no sería un personaje extraño, dice Paxman.

Un ejemplo son los recientes escándalos por la relación del presidente Enrique Peña Nieto con Grupo Higa.

El consorcio construyó la mansión de la primera dama Angélica Rivera y del exsecretario de Hacienda Luis Videgaray.

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Pese a todo, la vida de William Jenkins se conoce poco en México. (CORTESÍA DE WILLIAM ANSTEAD JENKINS)

“Jenkins pareciera muy presente”, explica Paxman. “Como se dice en la contraportada del libro, fue el precursor de la actual plutocracia mexicana”.

Y a pesar de ello, la vida del “gringo” más odiado de México se conoce poco. ¿Por qué?

“Falta una tradición de biografía empresarial”, explica el investigador del CIDE.

“Los historiadores no han mostrado mucho interés en los empresarios como seres humanos, como gente con motivos distintos para sus prácticas”.