Solalinde habla de su candidatura al Nobel y su rebeldía a ser un cura tradicional

El cura dice que su principal misión es defender los derechos humanos de los indocumentados

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Solalinde habla de su candidatura al Nobel y su rebeldía a ser un cura tradicional

MÉXICO – Muchos inviernos pasaron desde aquel 10 de enero de 2007 cuando policías de Ixtepec, Oaxaca, lanzaron contra el piso de una patrulla al sacerdote Alejandro Solalinde quien intentaba rescatar a un grupo de migrantes presuntamente secuestrados. Los municipales lo lanzaron por los aires con todo y sotana justo en el momento que llegaban algunos reporteros para documentar los hechos.

Las imágenes del cura católico maltratado por las mismas autoridades que previamente ignoraron las peticiones de ayuda para liberar a los centroamericanos, dieron la vuelta al mundo y dejaron claro que ni el gobierno municipal, ni los secuestradores del cartel de los Zetas, ni los migrantes ni el padre tenían la intensión de frenar sus respectivas actividades.

Una década después, Solalinde (Toluca,1945) ha logrado todo lo que cualquier hombre de Dios dedicado a la filantropía pudiera desear: poner el foco en el ojo del huracán de la doble moral del gobierno y la sociedad respecto a los inmigrantes indocumentados; disminuir los secuestros en la zona, si no erradicarlos, y tener una voz tan fuerte que se escucha hasta en la Academia Sueca que aceptó recientemente su candidatura para el Premio Nobel de la Paz promovida por la Universidad Autónoma del Estado de México, de donde es oriundo.

Yo soy el rostro visible, pero no estoy solo: en México hay más de 90 organizaciones de la sociedad civil y de la iglesia católica que se han unido para defender a los migrantes”, dice en entrevista con este diario en la cual revela una noticia exclusiva: actualmente “es un sacerdote sin diócesis”.

Esta situación que para cualquier otro sacerdote podría significar una expulsión indirecta, en el caso de Solalinde, la Iglesia Católica la enfrenta con ambigüedad: por un lado, le da una credencial que le permite oficiar la Santa Misa y ejercer el sacerdocio; por otro, el obispado de Tehuantepec, donde buscó la incardinación, nunca lo aceptó oficialmente.

“Me dijeron que sí, pero no lo hicieron y ahora estoy volando”, reconoce. “Pero eso me da una oportunidad preciosa de llevar la palabra de Cristo a los migrantes y no atarme a una capilla en un modo residencial como lo ordena la iglesia desde hace 1500 años”.

Sacerdocio itinerante

Esta condición es la razón que le permite dedicarse a atender el albergue Nuestros Hermanos en el Camino, en Ixtepec, el mismo que fundó desde hace más de una década, cuando descubrió que los indocumentados eran víctimas de todo tipo de abusos a su paso por México: de robos a secuestros; de violaciones sexuales a la trata de personas.

“Ahí he visto toda la maldad humana, pero también a Dios en el alma de los migrantes”, precisa. “La peor experiencia que he tenido fue ver descarrilada a La Bestia (el tren de carga en el que viajan clandestinamente los centroamericanos para llegar a Estados Unidos), el 14 de mayo de 2006: vi a personas mutiladas, heridas y una hecha pedazos”.

Solalinde había comenzado su labor filantrópica desde un año antes, llevando comida diariamente a los pies del ferrocarril hasta que fincó las instalaciones de Nuestros Hermanos en el Camino en un terreno que compró con dinero de su bolsillo.

Hasta ahí llegaron activistas para conocer su labor y hacer el equipo que en 2011 logró la primera Ley de Migración que despenalizó las sanciones de hasta 10 años de cárcel para los extranjeros reingresaran a México sin papeles.

“Mi presencia en el Congreso presionó mucho a los diputados quienes finalmente cedieron por unanimidad”, recuerda. ” Ser parte de ese momento histórico es una de las mejores cosas que me han pasado como defensor de los migrantes”.

Amenazas de muerte

Lo peor ha sido las amenazas de muerte en 2012. Doce de un tirón hasta que tuvo que salir del país durante un par de meses. Desde entonces debe andar con escolta, una situación que genera rechazo, indiferencia y burlas constantes de sus congéneres.

“Acabo de ir a un retiro espiritual a Catemaco, Verecruz, y fue horrible: los padres sacaron a los escoltas a pesar del riesgo que yo corría (durante años denunció a los secuestradores de migrantes en el estado con nombre y apellido). Hubo uno de los sacerdotes que se burlo hasta que quiso: simulaba ser mi escolta, se adelantaba y abría los brazos entre carcajadas: ahora yo soy su guardaespaldas, padre, decía”.

– ¿Será por envidia?

– No. Ellos no son malos. Lo que pasa es que ellos creen que como no estoy en una capilla soy un cura vago.

De todas formas, Solalinde no piensa regresar a ser un cura residencial, el que se encierra en el templo; todo lo contrario: “en mayo voy a ir a ver al papa Francisco para que me dé permiso de iniciar una Misión Itinerante por el Reino de Dios para extender el trabajo en el campo con otros sacerdotes y laicos”.

¿Qué sigue después de su candidatura del Nobel?

– Somos muchos candidatos, 3,000, creo, y no sé si finalmente me den el premio, pero sí me dieron más responsabilidad para saber por lo que lucho y lo primero es lograr la desaparición del Instituto Nacional de Migración: México debe ayudar a los hermanos que lo piden, no expulsarlos.