A un año del Mundial: cómo está la seguridad y las sedes en Rusia

Faltan 12 meses para la próxima Copa del Mundo, que se disputará en 12 estadios de 11 ciudades; a diferencia de Brasil 2014, todo estará listo a tiempo
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A un año del Mundial: cómo está la seguridad y las sedes en Rusia
El monumental exterior del estadio Luzhniki, dónde se jugará dentro de un año el partido inaugural de Rusia 2018, con la estatua de Lenin como referencia ineludible.

MOSCÚ, Rusia.- Lo que domina el paisaje es un soberbio estadio de fútbol, pero antes de llegar a él hay que rendirse, inevitablemente, a la imponencia de Vladimir Ilich Uliánov. Es Lenin el que observa severo desde las alturas de una enorme estatua a las puertas del estadio Luzhniki de Moscú, pero en cierto modo no es sólo él: es Rusia 2018 la que lanza pétrea y sin dar lugar a confusión el mensaje de que el suyo será un Mundial como ningún otro.

Desde hace más de dos años y hasta noviembre son -¿lógica histórica?- obreros los centenares de personas que se cruzan a diario con la figura de Lenin, pero dentro de exactamente doce meses, el 14 de junio de 2018, el partido inaugural en el Luzhniki será el puntapié inicial para que la historia de un país que influyó como pocos en el último siglo se despliegue ante centenares de miles de personas. Visitantes que difícilmente lleguen con la Revolución Bolchevique o el Manifiesto Comunista en mente, sino más bien con el sueño de ver un partido del Mundial y, en el mejor de los casos, campeón a su país.

Doce estadios en 11 ciudades -Moscú tendrá dos-, 32 equipos y cuatro husos horarios diferentes harán que los argentinos vivan un Mundial netamente diurno. Los partidos más tempraneros se iniciarán a las ocho de la mañana; los más tardíos, a las cuatro de la tarde. La final del 15 de julio se jugará a las 12:00 de Buenos Aires, las seis de la tarde de Moscú, también en el remodelado Luzhniki. La otra sede moscovita será el estadio del Spartak.

Una psotal clásica de Moscú: la Plaza Roja
Una psotal clásica de Moscú: la Plaza Roja

No habrá Mundial en Europa y Asia a la vez, porque los organizadores plantearon los Urales como límite. Por eso es que en Siberia lo verán por TV y en Polonia lo tendrán al alcance de la mano, gracias a que el enclave de Kaliningrado será sede.

El clima ofrecerá verano y otoño a la vez, además de “noches blancas” en San Petersburgo. Sochi y Rostov son las sedes del sur, mientras que Volgogrado -la ex Stalingrado- será estrella en el área del Volga, donde las sedes restantes son Kazán, Nizhny Novgorod, Samara y Saransk. Ekaterinburgo, ya en los Urales, será la sede más oriental.

Así, las distancias serán tan grandes como en el Mundial anterior, aunque existe una diferencia clave con el de Brasil: no hay dudas con los plazos de entrega de las obras ni críticas acerca de cómo el torneo afecta la economía del país, aunque el presupuesto total roce los 11.000 millones de dólares.

Rusia, el país más grande del mundo, tiene tanto orgullo que no imagina otra cosa que un Mundial imponente. Y hay razones para pensar que será así en un país donde un niño de cinco años está desde la mañana y hasta las seis de la tarde en el jardín de infantes para aprender ballet, canto, pintura, inglés y lucha. Los rusos pasan buena parte del año refugiados de un clima inhóspito, y eso los ha convertido en un pueblo en el que el cerebro es un músculo que se ejercita a diario.

Pero en el Mundial, claro, se apelará a otros músculos, y ahí los locales están en leve desventaja. A Rusia le sucede lo mismo que a Estados Unidos, Corea

Japón y Sudáfrica en los últimos torneos: es un anfitrión sin posibilidades ciertas de victoria. El título de los rusos pasa entonces por hacer un Mundial que organizativamente no falle. Y aunque es cierto que aquella elección de la FIFA en diciembre de 2010 en la que también se le dio la sede de 2022 a Qatar sigue siendo hoy una fuente inagotable de problemas y sospechas, Rusia es un país que organiza citas deportivas a un nivel que pocos alcanzan.

Los problemas en el Mundial vendrán en todo caso por otro lado, por el de la situación política del país. Sucedió en Pekín 2008 y volverá a darse en Rusia 2018: aquella vez fue el régimen del Partido Comunista chino el que estuvo en la mira de muchos medios occidentales, y esta vez todo será bastante más sencillo, porque el objetivo será Vladimir Putin. Nada nuevo en un país que sufrió el boicot a los Juegos de Moscú 1980 e hizo un papelón mundial con el doping de Estado en los de Sochi 2014.

Así y todo, las críticas no son más que cosquillas para el Kremlin. Que el presidente ruso le dijera recientemente a Oliver Stone que no tiene nunca “un día malo” porque no es “una mujer”, o que agregara que no se ducharía con un homosexual “para no provocarlo” podrá asombrar en Occidente, pero no en Rusia. La FIFA, a la que sólo le importa que el Mundial sea un éxito deportivo y económico, sabe en qué país está. Es un país que semanas atrás asombró con una noticia, la del descubrimiento de 110 norcoreanos en condiciones de cuasi esclavitud que trabajaban en las obras de los estadios para el Mundial.

Es un país, también, en la mira del terrorismo internacional y del interno. Un país obsesionado con la seguridad. En el Mundial no alcanzará con tener entrada, los aficionados deberán inscribirse en un registro de “fans”. Todo estará controlado al máximo en una Rusia que el lunes celebró su día nacional con un impactante despliegue de pasión militar.

El pueblo llano ama a sus soldados, aunque esta vez Moscú y otras cien ciudades del país fueron escenario de las mayores protestas en años. Más de 1.500 detenidos, incluyendo al líder opositor Alexei Navalni. La tensión irá inevitablemente creciendo de cara a un Mundial que implica atención internacional para los opositores, lo que no impedirá que los militares, las fuerzas de seguridad y los servicios secretos se conjuren para que del 14 de junio al 15 de julio del año próximo la seguridad sea total.

En el camino, destacan los escasos medios locales críticos con el gobierno, la excusa de luchar contra el terrorismo (y el hooliganismo) sirve para conculcar derechos civiles.

El ensayo general de cara a ese Mundial de dentro de un año comenzará este sábado con la celebración de la Copa Confederaciones en cuatro ciudades: Moscú, San Petersburgo, Kazán y Sochi. Un mini-Mundial al que la Argentina faltará, porque perdió la oportunidad en 2015 al caer ante Chile por penales en la final de la Copa América, pero en el que estará, entre otras selecciones, Alemania, actual campeona mundial. Si el valor deportivo de la Confederaciones es aún discutible, su virtud como ventana al futuro es innegable: las enseñanzas que deje hasta el 2 de julio, día de la final, serán muy valiosas para la FIFA, el comité organizador y aquellos turistas que ya un año antes se animen a la aventura rusa.