La historia de Elías Pereyra, el joven futbolista que superó la leucemia

"En el hospital me hice amigo de un chico y a veces pateábamos una pelota en el patio, despacio"

La noticia podría haberlo derrumbado pero lo primero que preguntó Elías Pereyra a sus padres era si alguna vez iba a volver a jugar a la pelota, su tesoro más preciado. Sucedió una mañana de 2012 y surgió de manera espontánea desde la inocencia de un nene de apenas 13 años y toda la vida por delante al que acababan de diagnosticarle leucemia. A Elías, lateral izquierdo, lo que más lo desvelaba era compartir las canchas con sus amigos de la categoría 1999 de San Lorenzo. Tal vez como en una película, sólo el futbolista y su familia deben entender la dimensión de los obstáculos que atravesaron para llegar a este presente. Cinco años después de aquella pesadilla, Pereyra ya disputó un amistoso con la primera de su club, fue convocado al Sub 20 argentino, ofició de sparring de la selección mayor y marcó a Lionel Messi. La coronación a un año inolvidable llegó hoy: firmó su primer contrato profesional con el Ciclón hasta junio de 2021.

“Fue terrible lo de la leucemia, un baldazo de agua helada. Pero yo luché permanentemente y salí. Siempre supe que iba a salir de la enfermedad. Jamás se me cruzó la idea de bajar la guardia. A veces lloraba y me preguntaba por qué me pasaba eso. Estos cinco años fueron como una película, sí. Esto de firmar con San Lorenzo es una alegría enorme, estoy feliz. El 2017 fue un año espectacular y ahora lo cerramos con esta gran noticia”, asegura Pereyra.

El repaso cronológico marca que en aquel 2012 que lo marcó para siempre, además de correr detrás de una pelota, Elías asistía al colegio. Hasta que empezó a perder la energía, el hambre, las ganas. El primer diagnóstico indicó que el futbolista padecía paperas pero el juvenil comenzó a sentirse cada vez peor y creció la preocupación en su entorno. Su familia decidió que el examen debía ser más riguroso. “Pasó un mes y no se me iba. Estaba débil y mi mamá decidió hacerme un análisis de sangre. Fuimos al hospital Garrahan y nos dijeron que era leucemia”, detalla. El paso siguiente lo vio en una camilla, con suero e internado de inmediato.

Para Elías el golpe fue durísimo. De jugar todos los días al fútbol a trasladarse desde González Catán en tren con sus padres al Garrahan para realizarse quimioterapia. Así, dos veces por semana. Las sesiones duraban entre tres y cinco horas diarias y confiesa que lo dejaban extenuado. En el centro de salud de pediatría más importante del país y de América latina se cruzaban cientos de historias. “Era todo muy duro. Al principio me costaba mucho, la quimioterapia me hacía mal, las internaciones. Es difícil explicar la sensación de ver a chiquitos de 3 o 4 años peladitos, es feo. Y yo estaba igual que ellos”, relata.

Lo que a Pereyra más le gustaba hacer tuvo que posponerse durante dos años. No podía correr, no debía agitarse. Pero el zurdo nunca bajó los brazos. “En el hospital me hice amigo de un chico y a veces pateábamos una pelota en el patio, despacio. Teníamos la misma edad y los dos estábamos pasando exactamente por lo mismo.”, rememora. Por suerte, la enfermedad pudo ser controlada: la posibilidad de recuperarse siempre permaneció latente si cumplía al detalle con los requisitos médicos.

Cada vez que puede Pereyra también le agradece a San Lorenzo, un club que siempre estuvo a disposición de lo que precisara su familia. En aquellos días, la entidad de Boedo realizó una subasta para recaudar fondos y los jugadores se acercaron para apoyarlo en el difícil trance. Leandro Romagnoli, uno de los grandes emblemas azulgranas, fue a visitarlo al hospital y le regaló su camiseta. “Esa está colgada en mi casa y no me la toca nadie”, dice Elías con una sonrisa. Hoy, observa casi de manera incrédula en cada uno de los entrenamientos al ídolo que le dio una mano cuando más lo necesitaba.

Pereyra ingresó en el fútbol infantil del Ciclón a los 8 años. Conoce de memoria la Ciudad Deportiva. El Nuevo Gasómetro es su casa. En pleno tratamiento, se sacó fotos con Jonathan Bottinelli y Pablo Migliore, quien lo invitó a ingresar con él al terreno de juego, lo hizo patearle un penal y le obsequió sus guantes.

El año pasado vivió una de sus grandes alegrías con la camiseta azulgrana: fue campeón con la sexta división.

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El tratamiento dio resultados y la leucemia lo hizo todavía más resiliente. Su desaparición fue un bálsamo para una familia acostumbrada a dar pelea en varios frentes. Elías se abre para contar no sólo su historia de vida sino también hace mención a distintas problemáticas que se extendieron a todo su ámbito familiar. “Mis padres sufrieron con adicciones a las drogas hace más de 20 años. Yo todavía no había nacido. Fueron momentos muy duros. Se unieron a una iglesia evangélica y eso los ayudó un montón. Ellos cambiaron porque se dieron cuenta de que así no iban a llegar a ningún lado. Se recuperaron y siempre la lucharon desde abajo”, cuenta. La batalla diaria de los Pereyra se extendió a sus hermanas. “Una de ellas estuvo presa cuando yo tenía 10 años y hoy la veo estudiando abogacía. Yo la conocía y nunca fue una mala persona. Se equivocó y lo reconoció. Aceptó sus errores como lo hizo cada integrante de la casa. Te juro que hoy la ves caminando por la calle y no entendés cómo es que llegó a estar en la cárcel”, dice. En la casa de los Pereyra a cada uno le tocó pasar por diversas dificultades. “Mi otra hermana perdió a su marido, sufrió depresión y sacó adelante su vida con dos hijos. Son un orgullo. Todos en mi familia pasamos por algo malo. Por eso para mí ellos son todo en este mundo”, dice Elías emocionado.

Ya como parte del seleccionado Sub 20, en la última fecha de eliminatorias sudamericanas, Pereyra entrenó como sparring junto al equipo de Jorge Sampaoli. Del otro lado, claro, apareció ese hombre al que cualquier futbolista desea tener cara a cara. “Me tocó estar con Messi y no lo podía creer, es mejor el mejor del mundo. Me daban ganas de abrazarlo porque lo admiro mucho. ¿Qué le hice? ¡Apenas sombra! Pero me saqué una foto”, cuenta.

El joven se toma todo con calma. Piensa con detalles antes de cada respuesta. Luchador de mil batallas, es un agradecido de la vida. “Después de todo lo que pasé no puedo ponerme presión por un partido. Yo sólo trato de disfrutar del fútbol”, resalta.

Para Pereyra llegó su primer contrato profesional y el tiempo será el encargado de darle sus primeros minutos oficiales. “Para el 2018 dejo todo en manos de Dios. Espero muchas cosas, sueño con debutar en la primera de San Lorenzo y alguna vez ganar algún torneo. Amo jugar a la pelota y espero que la vida me permita llegar lo más lejos que pueda en este deporte”, dice. Y va un poco más allá. “Aunque mi gran sueño de acá y para siempre es ver a mi familia feliz. Después de ganarle a la leucemia, yo lo soy”.