El mejor homenaje a las víctimas del huracán María: Tras la ira, pasar a la acción


Ira. Esa fue una de las muchas emociones que sentí a principios de esta semana, después de leer en el New England Journal of Medicine el informe sobre la mortalidad causada por el huracán María en Puerto Rico. Los resultados del estudio del T.H. Chan School for Public Health, obtenidos de datos provenientes de encuestas que se llevaron a cabo en la Isla tras el paso de María, indican que casi 5,000 puertorriqueños murieron como resultado de la tormenta. Si esas cifras son precisas (y hay pocas razones para suponer que no lo sean), el huracán María habrá sido el desastre natural más mortífero del país en más de un siglo, y el más letal en toda la historia de Puerto Rico.

Después de escuchar durante meses a funcionarios de la isla y de la administración Trump afirmando que María sólo había provocado la muerte de 70 puertorriqueños, los resultados del estudio de la Universidad de Harvard dolieron como la proverbial, aunque no del todo inesperada, bofetada en el rostro. Uno no puede evitar sentir una profunda compasión por los miles de puertorriqueños que murieron y por las familias y los amigos, que lucharon por mantenerles con vida pese a las circunstancias terribles. Durante toda la semana, las redes sociales se vieron inundadas con desgarradoras historias de dolor y sufrimiento; de incompetencia e indiferencia por parte del gobierno; y de generosidad, solidaridad y sacrificio individual.

Pero el dolor que causan esas historias de pérdida pronto se convierte en furia. En ira ante un gobierno federal que no se preparó adecuadamente para la tormenta, y que luego tampoco respondió a tiempo para limitar los terribles efectos secundarios de los vientos y las lluvias que destrozaron la Isla. Cuando la historia juzgue la respuesta de la Administración Trump ante el Huracán María, el veredicto sobre este Presidente y sus funcionarios será mucho más severo que el de cualquier otro gobierno en la historia de las tensas relaciones de los Estados Unidos con Puerto Rico. Las pruebas son claras, el presidente Trump permaneció de brazos cruzados mientras en la Isla morían miles de sus compatriotas.

También hay ira con respecto a los funcionarios de gobierno local en Puerto Rico que no hicieron responsables a sus colegas federales por el desastre que tuvo lugar en la Isla en las semanas y meses posteriores a la tormenta. Y por si esa obsecuencia errada no hubiera sido suficientemente mala, el gobierno local agravó el problema al no compartir los datos sobre la mortalidad con las instituciones locales en la Isla y con los investigadores externos, como el equipo del T.H. Chan School for Public Health.

Esa falta de transparencia por parte de los funcionarios locales no sólo nos priva de la información que necesitamos para prepararnos para el futuro, sino que también genera desprecio público por el gobierno. El gobernador Ricardo Rosselló ha indicado que hará responsables a los funcionarios por cualquier intento de ocultar información a los investigadores. Sus constituyentes le exigirán que cumpla con ese compromiso.

Por supuesto, la ira no podrá recomponer a las familias de luto en Puerto Rico. La ira no les devolverá a esas familias los padres y madres, las hermanas y hermanos, los hijos e hijas que perecieron. Pero no ignoremos el valor de la ira.

Martin Luther King Jr. apuntó alguna vez que no deberíamos reprimir la ira sino “expresarla de manera constructiva”. ¿Qué significa eso en el caso de Puerto Rico? Para nosotros, en la Hispanic Federation, significa ayudar a que la Isla esté preparada para las tormentas que seguramente vendrán. El estudio de Harvard nos dice que “la interrupción de la atención médica fue la principal causa de las altas tasas de mortalidad sostenida en los meses posteriores al huracán”.

Por eso es que hemos puesto en marcha proyectos multimillonarios de apoyo a las reparaciones de capital e infraestructura de diversos centros de salud que cuentan con certificación del gobierno federal (FQHC), que son organizaciones sin fines de lucro que atienden principalmente a personas de bajos ingresos en las áreas rurales de Puerto Rico, además de apoyar la iniciativa Solar Saves Lives de la Fundación Clinton para solarizar completamente las instalaciones FQHC y otras clínicas ubicadas en diversos puntos de la Isla.

Sabemos que nuestro apoyo representa apenas un grano de arena. Pero aún así, es más que lo que ha hecho el gobierno federal para evitar que el sistema de salud vuelva a derrumbarse completamente cuando, inevitablemente, colapse la anticuada red eléctrica de la isla.

Lamentablemente, tenemos pocas esperanzas de que el Congreso, que ha sido lento y aparentemente impasible ante el desastre en la Isla, vaya a hacer mucho para que Puerto Rico pueda prepararse para la nueva temporada de huracanes, que comenzó el 1 de junio.

La respuesta de la Hispanic Federation ha consistido en intensificar sus campañas de educación cívica y participación en las comunidades puertorriqueñas de todo el continente. Si el Congreso no escucha a los puertorriqueños en la isla, tal vez escuche a los miles de votantes puertorriqueños que acudirán a las urnas este otoño en estados como Pennsylvania y la Florida. Serán votantes que responsabilizarán a los funcionarios electos por su lentitud y ambivalencia. Serán votantes que, como quería el Dr. King, expresarán su ira de manera constructiva. En las urnas.

(Por José Calderón, Presidente de la Hispanic Federation)