… y entonces todos fuimos Ana Frank

Hay virus peores que el COVID-19: la injusticia, la falta de oportunidades, el consumismo, la indiferencia

… y entonces todos fuimos Ana Frank
Humor e ironía: claves para sobrevivir en NYC
Foto: Andrés Correa Guatarasma / Cortesía

EFE.- Cuando en la película “Titanic” el barco se detuvo en el medio de la nada, la déspota madre de la protagonista le ordenó a su sirvienta que tuviera té listo “para cuando regresemos al camarote”, mientras se colocaba el chaleco salvavidas a regañadientes sobre su gala nocturna.

Pensaba que se trataba de un simple accidente de choque con un peñasco de hielo que no podría afectar al barco más grande del mundo, símbolo de su propio orgullo. No sabía que nadie iba a volver a su habitación, que el trasatlántico se hundiría y la mayoría no viviría para contarlo. Más tarde, ya cuando la tragedia era evidente, la digna orquesta de cámara comenzó a tocar, en medio de gritos y sobornos para acceder a los botes de auxilio, sabiendo que no habría lugar para todos.

Ahora, cuando lo poco que hemos visto del 2020 ya luce como el año más aterrador que se recuerde, son muchas las historias reales, ficticias y versionadas que pueden aplicarse como metáfora, bálsamo o escarmiento: el martirio de la familia Frank encerrada en una casa sin poder evitar su desgracia final, las tragedias griegas, Camus, Buñuel y hasta la ciencia ficción.

El año empezó con fuegos apocalípticos en Australia y anécdotas insólitas como el Papa disculpándose el mismo 1 de enero por haber manoteado a una mujer frente al pesebre de El Vaticano; un príncipe pelirrojo renunciando a su título y el rey español desheredando a su travieso padre.

Ya por allí el 2020 prometía no quedarse corto –de hecho es bisiesto- en chismes, giros ni sacudones, incluyendo también gratas sorpresas: la primera vez que el premio mayor del Óscar se entregó a un film no hablado en inglés, generando, cómo no, la protesta del “nacionalista” Donald Trump.

Esa excelsa película es asiática y se llama “Parásito”. Y al mismo tiempo, para más ironía, una plaga o virus desde ese lado del globo comenzaba a generar la peor crisis desde la II Guerra Mundial.

Casualidad o no, “Parásito” es la historia de varios virus, peores que el COVID-19: la desigualdad, la injusticia, la avaricia, la falta de oportunidades, el consumismo, la indiferencia ante una lluvia torrencial que unos celebran porque limpió el cielo y embelleció el jardín, sin lamentar que ha dejado a muchos sin casa y hasta ahogados.

Es la misma ceguera voluntaria que hemos construido con distorsión de valores y sueldos desproporcionados a “celebridades”, deportistas divos, altos jefes corporativos y consultores, mientras la gran mayoría pasa hambre o apenas sobrevive.

Durante la pandemia, ninguno de aquellos que han sido calificados como “trabajadores esenciales” por su labor en salud, seguridad, alimentación, transporte e información, pertenece al grupo de los grandes salarios. ¿Será esta crisis lo suficientemente grave como para arreglar esa anomalía?

Cuando una computadora o teléfono celular se pone necio y no responde con la eficiencia que esperamos, lo reiniciamos, con la esperanza de que se arregle solo y rápido.

Hace años es obvio que necesitamos un “reseteo” mundial, pero como la humanidad no es electrónica la mejoría no vendrá a menos que fluya madurez, sentido común y aterrizaje entre tanta intrascendencia, mediocridad, demagogia y gente necesitando brújulas para ubicarse en la vida.

Los neoyorquinos, en su mayoría hacinados en pequeños apartamentos y famosos por ser arrogantes y malhumorados, suelen odiar las tormentas de nieve. Este año muchos estaban felices porque nunca nevó. Ojalá hubiese sucedido. Porque todo, todo, es capaz de generar aprendizaje y nostalgia.

 

Andrés Correa Guatarasma es corresponsal y dramaturgo venezolano residenciado en Nueva York, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. 

(Las Tribunas expresan la opinión de los autores, sin que EFE comparta necesariamente sus puntos de vista).