Héroes en la pandemia del coronavirus en Nueva York que dejaron el miedo enjaulado

En medio de la pesadilla que ha significado el COVID-19, que ha cobrado más de 20,000 vidas en la Gran Manzana, voluntarios clínicos, estudiantes de enfermería y médicos, le han puesto el pecho al enemigo invisible

Héroes en la pandemia del coronavirus en Nueva York que dejaron el miedo enjaulado
Doctor Emilio Oribe, quien trabaja en medio de la pandemia del COVID-19
Foto: Emilio Oribe / Impremedia

En la mitología antigua un héroe era definido como “aquel hombre nacido de la relación entre un dios o una diosa, con un ser humano”. Era alguien considerado más que un hombre y menos que un dios.

La Real Academia de la Lengua, describe a un héroe como “una persona que realiza una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble”. Y en otros sentidos, el héroe es presentado como el “protagonista de una obra de ficción”.

En Nueva York, los héroes no viven en la ficción: viven en una pesadilla creada por el COVID-19, que hasta ahora ha dejado más de 20,000 muertos y casi 180,000 personas contagiadas. Pero al mismo tiempo brindan esperanza, dan aliento y salvan vidas.

En la Gran Manzana, los héroes no son más que humanos ni menos que dioses, son seres de carne y hueso y con mucho corazón. Los hay jóvenes y mayores. Unos tienen pelo blanco,otros tienen barba, unos son varones, otros son mujeres. Algunos tienen muchos títulos y años de experiencia. También los hay comenzando sus estudios…y aunque variados como los colores, en Nueva York los héroes son idénticos en una cosa: están dipuestos a ayudar, dejaron bajo llave el miedo de contagiarse e incluso el temor de morir. Los héroes neoyorquinos, le están poniendo el pecho a ese enemigo invisible que tiene en jaque al mundo. Buena parte de ellos hablan español, unos son inmigrantes y otros hijos de hispanos, a quienes les enseñaron la importancia del valor de ayudar al otro. Ese es su escupo, su capa y su mejor arma.

Eso lo tiene muy claro el médico uruguayo Emilio Oribe. A sus 64 años, y lejos de querer sonar como Superman, el especialista en neurología, quien no ha dejado de trabajar desde que empezó la pandemia, confiesa que el miedo de contagiarse del COVID-19 y enfermar a sus seres queridos, está presente, pero su ser de médico es más fuerte.

“Cuando todo esta situación infernal comenzó, decidimos que íbamos a mantener el consultorio abierto, especialmente para seguir ayudando a los pacientes vulnerables que tratamos con traumatismos encefálicos y conmocion cerebral, muchos de los cuales son olvidados”, comenta el doctor Oribe, quien también es profesor de neurología en la escuela de medicina de la Universidad Cornell. “Al principio hubo duda, pero tomamos la decisión más rápido de lo que pensamos, pues más que el miedo, lo que sentía era preocupación de poder llevar la enfermedad al seno familiar, donde vivo con mi esposa. Pero aquí seguimos, poniendo el pecho”.

El médico egresado de una universidad de Montevideo, quien homologó su carrera en Nueva York, donde ha ejercido desde 1989, asegura que toda esta dolorosa experiencia de ver pacientes o familiares de pacientes morir, le ha dejado una gran enseñanza.

“He aprendido primero, que lo hago porque me da una satisfacción estar en una posición de ayudar al prójimo, y para ser franco, ser médico es de lo poco que sé hacer relativamente bien. Tengo muchos años haciendo esto y entendiendo que el destino me ha sido generoso, me parecería mezquino no compartir todo lo que he aprendido en estos años de vida y quedarme encerrado en mi casa”, comentó el neurólogo.

Y al momento de hablar de lo que significa ser héroe y de lo que siente cuando lo llaman así, por pertenecer al grupo de trabajadores de la salud que sigue al pie del cañón en medio de la pandemia, el doctor se llena de modestia.

“Me emociona eso, pero la verdad no quisiera ser un impostor y quitarle el verdadero título a aquellos que se están entregando en los hospitales. Creo que es importante que a ellos se les reconozcan los esfuerzos que hacen, y aunque es un trabajo duro, como médicos y personal de la salud siempre nos preparan para esto dijo el maestro. “Pero tambien hay otros héroes que hay que admirar, como los trabajadores de las bodegas, el personal de limpieza, los que prestan los servicios esenciales de la ciduad. Creo que ellos son los verdaderos hérores, que han sabido tomar un paso adelante en medio de esta catástrofe”.

El doctor Oribe revela además que lo más duro ha sido ver y oír las historias de dolor y drama que ya se volvieron pan de cada día para todos.

“Tengo pacientes que han tenido familiares donde los dos abuelos han muerto, otros, parejas jóvenes, que han dejado huérfanos. Esto francamente es una batalla contra un enemigo invisible que no tiene consideración alguna en ninguna circunstancia”, dijo el médico, quien de paso hizo un fuerte llamado a la sociedad para que actúe con mayor responsabilidad y no bajen la guardia ante el COVID-19.

“Vemos que ahora están los tulipanes en flor, pero eso contrasta con el infierno que se vive en los hospitales y me duele ver mucha gente sin protección, sin mascaras en la calle. Por eso les pido que tomen esto con la seriedad que amerita, pues la única manera de vencer al enemigo, es identificarlo y proceder con las mejores armas que tenemos, que son el distanciamiento, el uso de la mascarilla, el lavado constante de manos y también las pruebas”, agregó el galeno. “Urge tomar las medidas necesarias. A veces uno ve que el que no se protege es porque de alguna forma piensa que no le va a tocar, o que si lo toca, va a ser menos serio, pero eso no absuelve a nadie de la resposabilidad social que tenemos, porque todos vivimos juntos y es importante entender la gravedad del problema para poder sofocar al enemigo invisible. Usa protección va a salvar vidas”.

Y cuando llega a casa, tras su larga jornada de trabajo, y cuando se quita su traje de héroe, Oribe revela que muchas veces lo embarga el dolor.

“Esto lo vivo con dificultad, dádome cuenta a diario de situaciones muy difíciles, pero entendiendo que hay que continuar y cuando me salen las lágrimas, son compartidas con gente que ha sufrido pérdidas enormes, y ahí entiendo que lo único que se puede hacer, es estar al lado del que ha sufrido, brindando el apoyo que pueda y mi solidaridad”, dice el doctor uruguayo, padre de dos jóvenes. “Quiza con el paso de los años me he vuelto más sensible, de lo cual estoy satisfecho, porque es bueno sentir lo que sienten otros humanos, pero también trato de mantener la mente calma para no desfallecer”, agregó.

Kirsten Rodríguez, estudiante de enfermería de CUNY

Kristen Rodríguez, de 35 años, es otro de los rostros del heroísmo en Nueva York. Aunque la joven todavía no ha terminado su carrera de enfermería en el Queensborough Community College, donde sigue tomando clases virtuales, en medio de la pandemia, no dudó en responder a un llamado de auxilio.

El centro de cuidado de ancianos Parker Jewish Institute, de Queens, pidió ayuda al centro educativo de CUNY para enviar voluntarios dispuestos a estar en primera línea de fuego, tratando con pacientes,y la hija de madre española, respondió de inmediato. Desde abril pasado y durante las últimas cinco semanas, ha estado yendo sagradamente cada sábado a ayudar.

“Yo lo consulté primero con mis padres y mi novio, y aunque no estuvieron muy de acuerdo al principio, luego me apoyaron. Había algo dentro que me decía que tenía que hacerlo, pero hay que confesar que toda esta realidad es nada comparada con lo que se ve en la televisión. Es peor cuando uno trabaja de cerca y mira a la gente muriendo”, dice la futura enfermera, advirtiendo que más allá de su labor como asistente, su rol es dar esperanza y pintar sonrisas a los internos.

“Uno puede ver a muchas personas allí deprimidas, pues no pueden tener visitas, entonces trato de reírme con ellos, hacerles bromas y hacerlos sentir mejor”, confiesa la voluntaria, a quien le duele ver más pacientes muriendo.

“Eso es algo muy duro, porque ser viejo no significa que demos por hecho que alguien va a morirse, pues muchos de ellos son saludable, pero es triste ver que, infortunadamente, el virus no discrimina. Yo hago lo que puedo, pero a veces sin importar lo que los médicos hagan, no es suficiente”, agrega Kristen, quien dice no sentirse héroe, sino ayudante de los héroes.

Allí también, y con la misma entrega, esté el voluntario Adam Kern, quien va dos días a la semana, de 7:00 de la mañana hasta las 11:15 de la noche, movido por su deseo de servir. Su labor es ejemplo para su esposa y su hijita Olivia, de 12 años.

Entre medir glucosas, tomar signos vitales, revisar a los pacientes y ayudar en labores de observación, el estudiante de segundo semestre de enfermería, Adam trata de ser una voz de aliento en inglés y también en español con los tres abuelitos hispanos que hay en su piso. Incluso suelta la lengua un poquito en ruso para compartir un poco con una paciente originaria de Rusia.

“Creo que la vida me puso aquí para alegrar a la gente y ayudar. No me siento como un héroe sino como alguien afortunado por estar aquí. Me honra ver que la gente se pone contenta cuando les hablo, pues a veces lo único que ellos quieren en un momento de soledad tan grande como el que están viviendo es hablar, y me aseguro de hacerlo cada día. No tener a nadie a su lado, es horrible para ellos”, dice el futuro enfermero, contando que hace poco una paciente festejó sus 109 años y en medio de la situación, la hicieron sentir especial con algunos globos.

Y sobre el temor de infectarse de COVID-19, el voluntario, de 38 años asegura que no es algo que lo frene a hacer su labor. “Eso no me quita el sueño, no sé si es estupides o no, pero por encima de eso está servir, hablar con los pacientes y darles un poco de esperanza”, mencionó el héroe neoyorquino sin capa.