Se cambia la piel

Columna de opinión del dramaturgo Ramiro Antonio Sandoval, consejero de paz por la Nación en el exterior— Américas, ante el Consejo Nacional de Paz, Reconciliación y Convivencia de Colombia

Hablo de uno de los fenómenos más interesantes de la naturaleza. Lo he observado alguna vez en el cambio de piel de un reptil; específicamente de una serpiente de cascabel. Me llamó tanto la atención esa rareza (dolorosa en apariencia) que al quitarme una camisa y en ese instante de reclusión temporal, ya me empieza a dar no sé qué cosa. Fue para mí un suceso casi fabuloso: el cambio de piel, esa maravilla que comparten otras especies como los moluscos, por ejemplo, que con cierta regularidad se mudan de una concha o cáscara a otra, en una similar y lenta operación realizada con extremo cuidado y paciencia. De otro encontramos el pulpo; se me antoja el más sabio ingeniero de blindajes transitorios que complementa con la magia del diseño súbito de sus camuflajes. Es algo magnífico, para decir lo menos.

De regreso a la serpiente y a mí, observando esa masa frotándose y retorciéndose contra las rocas para acelerar el desprendimiento y me forzaba a juntar los dientes, bajar la cabeza y apretar los párpados, sintiendo a la vez como la fricción de un esmeril burdo en mi piel cruda. Aun así, tenía algo de ridículo y cómico, después de la fatigosa operación, mirar la antigua membrana, desteñida y seca quedarse atrás, mientras el reptil continuaba con su nuevo traje para la vida.

Recientemente he vuelto a abrigar una sensación similar, sólo que la hazaña esta vez, la realizan los humanos. Observo a los antiguos protagonistas, promotores de tendencias, de ideologías y de particulares doctrinas de escabrosa ética y moral, renegando hoy día de sus “viejas” prácticas –más rápido de lo que Pedro negó al maestro antes del canto del gallo. Observo la caída de sombreros rojos mientras los azules suben de precio, más apresurados de lo que les tarda en aparecer la nueva piel. Observo a los bullies cargando los libros de sus víctimas, aquéllos que lapidaron a sus hermanos ahora les rezan y se dan golpes de pecho por ellos, con un ojo cerrado y el otro abierto. Aquellos que otrora no creyeron en asuntos de la evolución, hoy impúdicamente encienden cirios en cócteles online y en las redes sociales, a los pies de Darwin. Se frotan unos con otros, en este bazar del travestismo (con el mayor respeto a las y los travestis), de la gran payasada (con la amabilidad que merecen los payasos), y encuentro que esta es una mutación obscena que no puede, ni debe, pasar desapercibida, porque las vidas que ha costado esta pantomima maquillada con sangre hermana, no se debe olvidar.

No se puede ignorar como se deja atrás la piel de viejos oportunismos. Son valores capitales los ultrajados y comprometidos. Aunque sigan cambiando de color y de ética y hasta de nombres y alianzas, seguiremos sabiendo quienes son y dónde están. Porque se cambia la piel, más no la carne.

Después de todo, la serpiente siguió siendo serpiente.
Jamás se vio aflorar una oveja de la piel de un lobo.

Sobre el autor

Ramiro Antonio Sandoval es dramaturgo y director teatral. También es consejero de paz por la Nación en el exterior— Américas, ante el Consejo Nacional de Paz, Reconciliación y Convivencia de Colombia.