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¿Por quién votan los hipopótamos en Colombia?

La voz de Álvaro Múnera y el animalismo que incomoda a la política

Un hipopótamo en una zona rural de Colombia

Un hipopótamo en una zona rural de Colombia. Crédito: EFE

En Colombia, donde el Gobierno convirtió en consigna la idea de ser una “potencia mundial de la vida”, el anuncio de la eutanasia de al menos 80 hipopótamos abrió una escena difícil de digerir: la de animales cuya defensa llega tarde, cuando el problema ha crecido tanto que el Estado comparece ante el país con el lenguaje de la urgencia.

El caso venía cocinándose desde hace años entre advertencias científicas, anuncios oficiales, demoras administrativas y una discusión pública que ha oscilado entre el sentimentalismo, la pose y el cálculo político. Esta vez, sin embargo, la palabra que levantó el polvo fue una sola: eutanasia. Aunque el plan oficial incluye otras herramientas, como esterilización, confinamiento y reubicación, fue esa medida la que desató la tormenta. Además, la tormenta estalló en plena temporada electoral.

En agosto de 2023, el Ministerio de Ambiente anunció una ruta que contemplaba el traslado o exportación de hasta 85 hipopótamos, junto con esterilización, confinamiento y, solo como último recurso, eutanasia. Esa ruta existió, aunque no tuvo la ejecución suficiente para reducir el problema a tiempo. Tres años después, el país discute sobre todo la medida más extrema, porque ahí se concentra el costo ético, político y simbólico de una crisis que se dejó crecer sin dolientes.

Pero esta no es, en el fondo, una historia sobre hipopótamos. Es la historia de una voz que ha vuelto a irrumpir en medio del ruido para recordar algo incómodo: “A los animales no se les defiende desde lo público con emociones pasajeras ni con declaraciones oportunas. Se les defiende con hechos, cifras e inversión”. Cuando Álvaro Múnera reapareció para decirlo, estaba resumiendo una trayectoria marcada por la violencia animal, la culpa, la política y la gestión pública. Hablaba, además, desde la experiencia del hombre que alguna vez fue conocido en los carteles taurinos como El Pilarico.

Múnera llegó al animalismo por el camino más áspero: en su ciudad natal, Medellín, fue un muchacho precoz, criado en una cultura donde los toros hacían parte del paisaje familiar y de cierta idea de prestigio. A los diecisiete años ganó el trofeo de la Feria Taurina de esa ciudad. Ese triunfo lo llevó a España, donde toreó 22 tardes en pocos meses. Todo indicaba que iba en ascenso: el joven colombiano, anunciado como El Pilarico, empezaba a consolidarse como promesa del toreo.

La carrera se quebró el 22 de septiembre de 1984, en Albacete. El toro Terciopelo lo levantó por las piernas, lo lanzó al aire y lo hizo caer de cabeza sobre la arena. La fractura de la quinta vértebra cervical lo dejó parapléjico. Con los años, Múnera volvió sobre ese episodio con otra lectura. El accidente que le cambió el cuerpo abrió también una revisión moral que lo llevó a decir en público que comprendió que lo que el toro le había hecho a él era, en esencia, lo mismo que él les hacía a los toros.

Su transformación fue lenta y trabajosa. No hace falta adornarla con leyendas virales. La famosa foto del torero sentado frente al toro, tantas veces atribuida a él, no le pertenece. En su caso hubo un proceso largo, quizá de vergüenza, revisión moral y desmontaje de sí mismo, hasta que el remordimiento encontró la forma de convertirse en causa pública.

Ahí empieza la parte más singular de su historia. Cuando pudo haberse quedado en la esfera privada, decidió llevar esa experiencia al terreno de la política. Llegó al Concejo de Medellín en 1997 y, con el tiempo, su nombre quedó ligado a debates y políticas de bienestar animal que ayudaron a sacar el tema del margen sentimental para llevarlo al terreno de la gestión pública. En plenarias del Concejo insistió en recursos para La Perla, el centro de bienestar animal de Medellín donde el Distrito concentra programas de rescate, atención veterinaria, adopción e identificación con microchip. También mantuvo la presión sobre programas de microchip, rescate y control del maltrato.

Su agenda, además, no se quedó en perros y gatos. En Antioquia, Colombia, respaldó la inclusión en el Plan de Desarrollo del programa para erradicar los vehículos de tracción animal, reemplazarlos por motocarros u otras alternativas productivas y garantizar recursos para esa transición. Al mismo tiempo, insistió en que los equinos retirados no podían quedar librados al azar: había que asegurar su adopción y vigilar que de verdad fueran a descansar. Años después, los diarios lo mostraban ayudando a encontrarles adoptantes y acompañando la “jubilación” de caballos rescatados en fincas donde pudieran vivir sin maltrato. Ese detalle ayuda a entender mejor el alcance de su animalismo. No se limitó a prohibir una práctica; también se ocupó del destino de los animales que salían de ella.

Ese recorrido marca una diferencia frente a cierto animalismo ‘ornamental’ que ha encontrado acomodo en la política colombiana. En su caso, el asunto exigía presupuesto, reglamento, continuidad y capacidad de ejecución. Por eso su frase reciente sobre los hipopótamos no suena a ocurrencia de redes. Suena a balance. Suena a alguien que lleva años diciendo que el problema no es posar del lado correcto de una causa, sino construirle aparato público.

Con el tiempo, esa voz fue perdiendo centralidad institucional, aunque no desapareció del todo. En 2022 todavía hablaba como diputado de Antioquia sobre mataderos municipales, costos fiscales y política animalista. En 2023 volvió a aspirar a la Asamblea y no alcanzó a regresar a la curul. A esa menor visibilidad se sumó, además, una razón personal. En una transcripción compartida para este artículo, el propio Múnera dice que desde 2021 su condición física cambió “radicalmente”; cuenta que, tras 37 años de vivir su discapacidad de manera relativamente estable, la neuropatía, la parestesia y otros episodios se intensificaron, sobre todo al final del día, hasta volver ciertas horas “el mismo infierno”.

El Gobierno de Colombia anunció un plan que incluye la eutanasia a por lo menos 80 hipopótamos durante el segundo semestre de este año, para evitar su reproducción.
El Gobierno de Colombia anunció un plan que incluye la eutanasia a por lo menos 80 hipopótamos durante el segundo semestre de este año, para evitar su reproducción.
Crédito: EFE

Múnera ha ido más lejos que el simple reclamo moral. En publicaciones recientes revisó antecedentes del debate, habló de politiqueros, mentirosos y oportunistas, reivindicó gestiones previas para la traslocación y responsabilizó al gobierno de Gustavo Petro —y en particular a la exministra de Ambiente Susana Muhamad— por el derrumbe de esa salida y por el escenario actual de eutanasia. La acusación es fuerte y conviene leerla como lo que es: una imputación política hecha por Múnera desde sus redes, no una conclusión cerrada de este artículo. La evidencia pública sí muestra que en 2023 existió una ruta oficial para trasladar hasta 85 hipopótamos y que luego se estancó. Pero con lo que hoy está a la vista no alcanza para afirmar que todo estaba listo ni que la caída del proceso obedeció exclusivamente a una sola funcionaria. En 2026, el propio Gobierno y los institutos que respaldan el plan alegaron trabas legales, técnicas y presupuestales en los países receptores, y reconocieron la dificultad de las translocaciones, al tiempo que respaldaron el inicio de acciones de eutanasia dentro del manejo modelado.

Ahí está, en buena medida, la incomodidad que trae de vuelta la voz de Múnera. Obliga a mirar más allá del escándalo de la semana y del sentimentalismo de ocasión. Obliga a admitir que el país no llegó a esta crisis por falta de discursos, sino por falta de ejecución. Además, obliga a preguntarnos cuánto vale, en términos reales, la vida animal en Colombia cuando deja de ser emblema, campaña o adorno moral y exige decisiones concretas.

Al final, la discusión sobre los hipopótamos pone a prueba la capacidad del Estado para manejar una especie invasora y su relación con la idea de vida que dice defender. En ese punto, la voz de Álvaro Múnera vuelve a tener peso. Su valor en esta coyuntura está en la pregunta que obliga a formular: si los animales importan de verdad en Colombia, ¿dónde estuvieron los hechos, las cifras, la inversión y la continuidad cuando todavía había tiempo de evitar este desenlace? En un país que se presenta como potencia mundial de la vida, Ya no alcanza con ejecutar tarde una medida extrema. También hace falta una autocrítica política real: revisar qué salidas se dejaron caer, qué decisiones se aplazaron y quién va a responder por haber administrado esta crisis hasta volverla casi irreversible. Aún peor: por haberla conducido hacia una operación de sacrificio animal que podría dejar una marca profunda en la memoria de Colombia.

La voz de Múnera recuerda que esa respuesta ya no puede seguir aplazándose.

Sobre el autor

Ramiro Antonio Sandoval Marín es dramaturgo, director teatral y columnista

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