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La calle como selva de cemento

"Squatters: Beating Heart of the City", el documental para la memoria de Loisaida

"Squatters" es un documental de Catalina Santamaría sobre el emblemático Umbrella House, un edificio que fue "okupado" en Loisaida.

"Squatters" es un documental de Catalina Santamaría sobre el emblemático Umbrella House, un edificio que fue "okupado" en Loisaida. Crédito: José A. Rosario | Cortesía

Hay columnas que no se dejan escribir cuando uno quiere, sino cuando por fin se desatoran de entre pecho y espalda. Esta es una de esas. La empuja, por fin, el lanzamiento oficial de “Squatters”, como si la película volviera a abrir una puerta que algunos nunca terminamos de cerrar. Sale también en días de memoria para Ricardo León Peña Villa, poeta colombiano, habitante mítico del apartamento 3D de Umbrella House, en la avenida C, en esa Loisaida que Nueva York ha ido limando a punta de rentas altas, olvido selectivo y elegantes desalojos vestidos de renovación urbana.

Ricardo llamaba a ese lugar “la Embajada”, pero con ese gusto suyo por torcerle el cuello al idioma hasta hacerlo cantar, solía llamarla también la “En-subida”. Yo siempre quise escuchar allí otra cosa: “En Su Vida”. Para llegar al 3D había que subir: escaleras, ánimo, volumen, temperatura. Y también había que entrar en su vida: en la de Ricardo, en la de Tango, en la de una comunidad improvisada que convirtió el abandono en pertenencia.

Fui visitante asiduo del 3D, amigo de Ricardo y testigo de muchas, no de todas, las historias que atraviesan “Squatters”. También he trabajado con Catalina Santamaría y apoyé algunas tomas de este documental. Escribo desde la cercanía, no desde la comodidad de la distancia: con afecto, con cuidado y sin fingir neutralidad.

“Squatters: Beating Heart of the City”, dirigido, fotografiado y editado por Catalina Santamaría, más allá de ser un documental sobre edificios ocupados en el Lower East Side, es una película sobre la manera en que una ciudad abandona edificios y luego finge escandalizarse cuando los abandonados aprenden a habitarlos. Catalina llegó a Umbrella House por Ricardo y encontró allí un refugio contra esa soledad que Nueva York sabe fabricar con una eficiencia casi industrial.

“Era como entrar a otro mundo”, recuerda. Y quizá eso fue: otro mundo. No perfecto. No fácil. Pero otro mundo.

A Ricardo lo recuerdo como un hombre hecho a mano, por él mismo. No era un poeta de credenciales lustrosas ni de montones de citas. Es más, si uno se acercaba lo suficiente, alcanzaba a verle las costuras. Esas costuras eran su verdad: lo unían a la calle, al vecino, a los recién llegados, a los rotos, a quienes todavía no sabían dónde caerse vivos en Nueva York.

Ricardo tuvo de sobra lo que a otros les empezaba a faltar: tierra bajo las uñas del alma. El 3D no era apartamento. O no solamente. Era una estación migratoria, tertulia, guarida, taller afectivo, consulado sin ventanillas, posada filosófica, refugio de artistas y, a ratos, una fiesta resistente a la intemperie. Allí se forjaron amistades, se tramaron proyectos, se juraron amores, se velaron desamores, se escribieron poemas y se oyeron tangos, salsa, jazz, blues. Alguna vez imaginamos que ese espacio podría convertirse en patrimonio afectivo de la memoria squatter.

No fue posible. Ahora Catalina vuelve a recoger ese espíritu con su cámara, con aquella frase escrita en la pared latiendo todavía: ojalá el mundo se pareciera un poco más a esta casa.

Una escena de "Squatters".
Una escena de “Squatters”.
Crédito: Catalina Santamaría | Cortesía

Y estaba Tango. No era ninguna mascota decorativa y menos una simple nota tierna al pie de página. ¡Era el personaje! Ricardo decía, con firmeza poética, que él no era un poeta que tenía perro, sino un perro que tenía poeta. Hasta el castigo de Tango tenía geografía propia: cuando lo mandaban a “Siberia”, él bajaba el hocico y se iba triste al fondo helado del apartamento. En un edificio sin calefacción, hasta el perro tenía claros los mapas del exilio.

Afuera estaba la calle, esa famosa selva de cemento, pero sin la nostalgia de etiquetas o frases de camisetas para turistas. Loisaida estaba, entonces, lejos de ser la vitrina apetecible de apartamentos de lujo, de cafés de diseño y arriendos imposibles. Era un territorio agreste, atravesado por el abandono, la droga, los edificios vacíos, la desidia y una población latina arrinconada por la voracidad inmobiliaria. La ciudad dejaba caer los edificios, pero luego se escandalizaba cuando alguien se atrevía a darles vida.

Los okupas no llegaron simplemente a ocupar. Llegaron, en su mayoría, a limpiar. Sacaron escombros; de los escombros plantaron jardines; repararon pisos, levantaron paredes, improvisaron electricidad, defendieron escaleras, hicieron reuniones, pelearon, se reconciliaron y siguieron. Lo que para la ciudad era una propiedad problemática, para ellos era la posibilidad de una vida digna, no arrodillada.

No es necesario romantizarlo. En Umbrella House y Puerta 10 hubo frío, miedo, tensiones, divisiones, baños improvisados, precariedad y cansancio. Hubo quienes pusieron el cuerpo en las batallas más duras: resistieron desalojos, lidiaron con la policía, esquivaron trampas administrativas, enfrentaron amenazas, cuidaban que la luz no les delatara desde la calle. También aparecieron quienes llegaron después, cuando algo ya estaba en pie, a posicionarse, dividir o aprovechar las grietas. Las utopías también suelen tener goteras.

Pero sería mezquino quedarse solo con esas goteras y no ver la casa. Allí un grupo de inmigrantes, artistas, trabajadores, buscavidas y soñadores con callos en la mano decidió construir su propio lugar en el mundo. No esperaron la bendición del mercado inmobiliario ni la caridad institucional. Tenían ruinas, frío, necesidad y una idea terca: si la ciudad abandona un edificio, quizá quienes no tienen techo puedan devolverle la vida.

La palabra “squatter”, con su eco de invasor e intruso, se queda corta cuando se mira esta historia de cerca. En Loisaida, en esos años, significaba otra cosa: gente que se negaba a desaparecer. Gente que convirtió la precariedad en aprendizaje, la necesidad en oficio, la ilegalidad formal en una pregunta incómoda sobre la legitimidad humana. ¿Qué puede ser más violento: entrar a vivir en un edificio abandonado o dejarlo pudrirse mientras hay gente durmiendo en la calle?

El documental de Catalina entiende esa pregunta sin convertirla en regaño. Su fuerza está en mirar de cerca. La cámara no entra como turista de la ruina ni como policía de la pobreza; entra con paciencia de testigo, con pudor de amiga, con la disciplina de alguien que sabe lo que una imagen puede salvar, pero también lo que puede traicionar. El archivo funciona como material de construcción: fotos, metraje, filmaciones de Puerta 10, testimonios y recuerdos que llegan como si la memoria tuviera pasillos. Catalina recoge materiales dispersos y levanta una estructura donde antes había fragmentos.

La música también entra como memoria. Henri Fiol, leyenda de la salsa, autorizó fragmentos de algunos temas y suena como llegaba la música al 3D: mezclando épocas, acentos, nostalgias y cuerpos.

Incluso en Paraíso Travel, de Simón Brand, algunos creemos reconocer ecos de Ricardo en aquel Roger Peña interpretado por John Leguizamo. Y, sin embargo, Ricardo no cabe del todo en ningún personaje. Fue demasiado hecho a mano, demasiado vulnerable y demasiado convocador. En una ciudad donde tantos viven rodeados de gente mientras se sienten abandonados, ofrecía algo que hoy parece casi subversivo: el calor de casa, incluso antes de que hubiera casa.

Con el tiempo uno entiende por qué “Squatters” sigue siendo relevante. Nueva York continúa siendo una máquina brillante de producir deseo y expulsión a la vez. La gentrificación borra acentos, perros, paredes escritas, músicas, olores, amistades y formas de solidaridad que no caben en un catálogo inmobiliario.

Hay, además, una vuelta secreta en esta historia. Ricardo Peña Villa también escribió para El Diario. Por eso estas líneas no llegan a una casa ajena. Llegan, de algún modo, a una sala donde su voz ya había dejado rastro. En una ciudad que olvida tan rápido, “Squatters” hace lo contrario: sube las escaleras, abre puertas, escucha voces, lee las paredes y deja ver, con discreción, en qué se convirtió aquella casa mientras recoge lo que todavía quedaba de ella.

Y tal vez por eso esta columna tenía que salir. Como si recordar fuera entrar otra vez al edificio. Como si la memoria también ocupara. Porque mientras alguien pronuncie el nombre de Ricardo, mientras alguien cuente que Tango tenía un poeta, mientras una película conserve el latido de esas casas, Loisaida seguirá resistiendo, así sea tan solo en la memoria de quienes, en esta selva de cemento, aprendieron a llamarla hogar.

PD. A Miguel Ángel Pazos, actor, director, gestor cultural, amigo y argonauta. Buen viento en su periplo.

Sobre el autor

Ramiro Antonio Sandoval Marín es dramaturgo, director teatral y columnista

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