Editorial: 9/11, 25 años después
Hay una línea directa entre el impacto de los atentados y la configuración social bajo la presidencia de Donald Trump
Personas observan la exposición 'Ground Zero 360 - Remembrance' sobre los atentados del 9/11, en el Museo de Bomberos en Nueva York. Crédito: Angel Colmenares | EFE
Veinticinco años después, la huella del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, con sus casi 3,000 muertos, sigue vigente en la vida de los estadounidenses. La terrible tragedia fue el golpe más severo y traumatizante desde la Guerra Civil (1861-1865) y sus secuelas son hoy tan tangibles como duraderas.
Después de un breve lapso en el que la unidad y solidaridad popular reinaron, inició una era de debilitamiento de las instituciones democráticas, un endurecimiento en el trato a inmigrantes y disidentes, una concentración de poder en manos del Ejecutivo. Con el balance de poderes que garantiza la Constitución resquebrajado, una serie de errores llevaron a dos guerras prolongadas, sangrientas y hoy inconclusas. Entre 2001 y 2021, contra Afganistán y de 2003 a 2011 contra Irak. De ahí a la guerra actual contra Irán hay una relación directa.
El horror que sentimos los estadounidenses aquel día, la vulnerabilidad, humillación y el deseo de venganza perduran hasta hoy, canalizados hacia lo que se percibe como amenazante.
Es que los 19 terroristas que secuestraron los cuatro aviones no solamente sembraron la muerte. Lograron su cometido en la forma en que captamos la seguridad, las libertades civiles, los medios de comunicación y al propio gobierno.
Y si bien las semillas de los cambios vertiginosos vividos desde aquellos momentos fueron plantadas mucho antes, 9/11 aceleró los procesos y los trajo a las puertas de toda la población.
Han habido cambios negativos en materia de democracia, actitud hacia inmigrantes, tolerancia y polarización. No fueron inevitables, pero la incitación al miedo y la intolerancia pudieron hasta ahora más que el razonamiento y el respeto por los derechos del otro.
Así, las verdades antes aceptadas están siendo sacrificadas, la polarización normalizada y la inestabilidad es una constante.
Hay una línea directa entre el impacto de los atentados y la configuración social bajo la presidencia de Donald Trump. Conceptos como “armas de destrucción masiva” en Irak, jamás encontradas, o “el eje del mal” conspiraron para sembrar la desconfianza hacia el otro.
Y si sucesivos gobiernos también trataron de canalizar la angustia e inseguridad latentes desde aquel entonces para sus propios designios, el actual es una resultante extrema de aquellos cambios.
Ahora, las crisis son permanentes, la noción de vulnerabilidad y reacción violenta se dirige al interior de las fronteras, en una estrategia deliberada.
El resultado es una era de guerra cultural tan innecesaria como irreal, donde se exacerban y ridiculizan las opiniones del contrario.
Un cuarto de siglo después del peor ataque en suelo nacional, el escepticismo reinante de aquel entonces es canalizado hacia ataques específicos. Los medios de comunicación humillados y en crisis aguda, son insultados como “fake news”, y los inmigrantes, sea cual fuere su procedencia, calumniados y perseguidos.
Lamentablemente, si el proceso no se detiene a través de las urnas, existe el peligro de que estos ataques se generalicen. Las escenas de agentes migratorios armados, enmascarados y violentos lanzados en cacería ya comenzaron a expandirse sin distinción de si los agredidos son ciudadanos.
La denominación de periodistas como “enemigos del pueblo” puede abrir el camino irrevocable hacia la censura y la autocensura.
Ambos procesos podrían generalizarse en el futuro cercano.
Que el debate político se haya transformado en una lucha existencial de suma cero es una amenaza para la seguridad nacional, que requiere consenso y tolerancia.
Afortunadamente la votación del 3 de noviembre sigue siendo una oportunidad para comenzar a restaurar los valores atacados y rescatar al menos el inicio de una reconciliación nacional. La participación electoral de por sí ya constituye un voto por la esperanza.