Una fecha para recordar las vidas perdidas
Quienes quedamos vivos debemos honrar a quienes ya no están, especialmente a quienes la violencia les arrebató la vida cuando eran una luz para su comunidad o sus familias
Dicen que el tiempo no perdona. Sucede con el deterioro del cuerpo humano: las arrugas, las canas, los achaques. Sucede también con los recuerdos, y con las fechas conmemorativas. Van palideciendo, como las viejas fotografías impresas. Caen en el olvido. Las desplazan recuerdos de hechos más recientes. Desaparecen… A menos que sean un parte-aguas personal, aun aquellas fechas que alguna vez significaron algo para un país, desaparecen de las noticias, de la memoria.
El 26 de septiembre pasado, la difusión de la noticia de la desaparición forzada de 43 estudiantes en Ayotzinapa, Guerrero, en México, fue viral. Hoy, a pocos días de cumplirse siete meses, el tema se diluyó en las redes sociales, y hasta en la prensa mexicana. Menos se recuerda a los otros 6 asesinados en el lugar, y a los 27 que quedaron heridos.
Los padres de estos muchachos han llevado su causa al extranjero, exigiendo respuestas, porque el gobierno mexicano dio vuelta a la página con la captura del alcalde de Iguala y su esposa, José Luis Abarca y María de los Ángeles Pineda, como autores intelectuales de estos hechos violentos. Ahora, el 26 de cada mes pasa casi desapercibido, especialmente afuera de México.
Recién ocurridos los hechos, los padres, familiares y amigos de miles más desaparecidos en México también reclamaron justicia por sus seres queridos, cuyo recuerdo también quedó rezagado. Lo mismo se podrá decir de los 72 migrantes asesinados en San Fernando, Tamaulipas, México, en agosto de 2010. Cuando se comprobó que este tipo de atrocidades no era una excepción, como lo evidenció el hallazgo de varias fosas en los últimos cinco años, el tema de los migrantes se diluyó.
Pero no es sólo en México. Ocurre en todas partes. Si no, que lo diga Honduras, que todavía está entre los países con las tasas de homicidios más altas del mundo. ¿Quién se acuerda todavía de Miss Honduras, asesinada sólo días antes de que hubiera participado en el certamen Miss Mundo? ¿O del hijo de la rectora de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Julieta Castellanos, asesinado por policías que trataron de encubrir el crimen? Ni hablar de las docenas de periodistas asesinados por diversas razones.
Sólo hace pocas semanas se conmemoró el asesinato de Monseñor Óscar Romero, en 1980 en El Salvador (una excepción al olvido). Se le honró en diversas comunidades salvadoreñas en el extranjero. En Guatemala, se conmemora el asesinato de Monseñor Juan Gerardi el próximo 26 de abril (ocurrido en 1998 y en circunstancias distintas). Pero año con año (esta vez, el número 17), en el mar de noticias del día, ya no ocupa los principales titulares.
El pasado 10 de abril se cumplió un mes después que dos periodistas, Danilo López y Federico Salazar, fueron asesinados en Mazatenango, Suchitepéquez, al sur de Guatemala. También se cumplió un mes de que un pandillero lanzó una granada hacia la entrada de la emergencia de un hospital público, para agreder a un rival, y mató a tres personas e hirió a al menos otras 20. El blanco del ataque resultó ileso. Tres días después mataron al tercer periodista, Guido Salazar, en la misma semana, en Suchitepéquez. La policía capturó a los presuntos autores materiales, pero no a quienes ordenaron estas muertes. ¿Quiénes se acuerdan de ellos ahora?
Que sus familias no sean las únicas en recordarles. ¿Por qué habrían de serlo? Quienes quedamos vivos debemos honrar a quienes ya no están, especialmente a quienes la violencia les arrebató la vida cuando eran una luz para su comunidad o sus familias. Nunca sabremos cuán cerca estuvimos de haber sido ellos, o de haber perdido nosotros a un ser querido de esta forma. Por eso, tomemos un minuto para reflexionar acerca de la huella que dejaron entre los vivos. Es el único antídoto contra el paso del tiempo y la indiferencia.