Reprender no ayuda al aprendizaje

Mi oficina se encuentra en la primera planta de la escuela donde ejerzo como directora. Mi ventana está al nivel de la calle y a través de ella he sido testigo de muchas cosas. He visto a la policía perseguir a un sospechoso, he oído los gritos vulgares hacia la policía de un hombre desnudo; a menudo veo madres violando las señales de tránsito mientras empujan un coche con su bebé, hasta he visto carros, casi siempre taxis, hacer una doble doble vuelta en u en el medio de la calle.

Sí, eso es correcto, una doble – doble vuelta en u. Primero dan la vuelta para ir hacia el este y cambian de opinión y hacen otra vuelta para ir al oeste, todo en segundos.

Está ciudad es loca, todos lo sabemos. Pero la escena de la que odio ser testigo es cuando oigo un padre abusando a su niño de camino a la escuela. A menudo el abuso verbal comenzó mucho antes de llegar a mi ventana.

-“¿Por qué no puedes caminar más rápido?”

-“¿Eres estúpido o qué?”

– “Estoy enferma y cansada de decirte que no te olvides de la tarea. Dile a la maestra que fuiste tú y no me eches la culpa”.

– “Otro día que me haces llegar tarde. Ya no puedo tratar contigo”.

– “¡Salte de mi vista y métete en esa escuela. Estoy harta de ti!”

Éstos son unos pocos ejemplos de lo que he oído a padres decirles a sus niños en el justo momento en que cruzan las puertas de mi escuela para aprender. Y cuando estos niños entran al edificio llevan con ellos el peso de esas palabras. Sus caras muestran la tristeza, cólera, desesperación y frustración que sienten. Sus mentes están digiriendo el abuso verbal que acaban de recibir y no están listos para aprender.

Un día encontré una niña de cinco años, vamos a llamarla Ana, sentada en el escalón de la escalera hacia el segundo piso. Ella estaba encogida, “la capucha” tirada sobre su cabeza y los hombros le temblaban. Me acerqué a ver quién era y vi que la niña lloraba.

– “Ana, ¿qué pasa?” – Le acaricié la espalda. – “Tienes que llegar al salón, sabes que ya vas tarde”.

Ella se encrespó en si aún más.

– “Sabes que la profesora Díaz te va echar de menos. ¿No quieres observar los peces en el acuario?” -Al mencionar los peces ella me miró y noté que su frente estaba raspada y sangrienta. – “¿Qué sucedió? ¿Te caíste?”.

Ella cabeceó, – “Mamá me empujó y me caí en la calle”.

– “Ven, la enfermera te va a examinar”. La animé a que se parara y caminara a mi lado.

Mientras caminábamos, Ana agregó. – “Mamá dijo que caminaba demasiado lento. Tengo que correr la próxima vez”.

¿Qué madre empuja a su hija hasta hacerla tropezar y rasparse la frente? ¿Qué madre no toma un momento para fijarse si su hija está lastimada? Esta madre envió a su niña para aprender física y emocionalmente lastimada. Esta es una madre con demasiado en sus hombros, abrumada por la vida y sus circunstancias. Una madre que no tiene las herramientas o habilidad para tratar con las cargas de su vida. Y su hija comienza su día en la escuela con las mismas desventajas.

Para estar lista para aprender a leer, sumar y restar, Ana necesita una mente clara, curiosa y en paz. Ese día Ana no tenía nada de esto. De ninguna manera podía enfocarse bastante para aprender lo necesario debido a su agitación emocional. ¿Cómo iba a concentrarse a aprender cuanto son dos más dos, cuando estaba preocupada de lo rápido que ella tenía que caminar para que su madre no la empujara otra vez? ¿Cómo podía memorizar los sonidos que van con las vocales si le dolía la cabeza por la caída?

Quisiera poder decirles que esta escena fue un incidente aislado. Pero no lo es. Diariamente mis profesores se fijan en cómo los estudiantes llegan para aprender e intentan con humor, cariño y comentarios positivos preparar a cada estudiante para aprender. Ayudamos a un niño triste a sonreír; una que está enojada a calmarse; al niño con hambre que coma el desayuno; a animar a otro que parece sin esperanza. Hacemos todo lo posible para asegurarnos que cada estudiante está listo mental y emocionalmente para aprender.

Como padre, usted es una fuerza de gran alcance para ayudar a su niño a estar listo para aprender diariamente. Anímelos mientras los viste para ir a la escuela. Dígales que lindos se ven. Dígales lo mucho que van a aprender ese día. Dígales que inteligentes son. Dígales que tan orgulloso está de ellos. Envíelos a la escuela con palabras felices, llenas de esperanza. Esas palabras harán un mundo de diferencia en ayudarlos a alcanzar su potencial. Sus palabras como padre son la herramienta más poderosa para formar a sus hijos, úselas sabiamente.