Historia bajo las calles de Nueva York

Con su sombrero de construcción, sus guantes y su chaleco naranja Alyssa Loorya podría pasar por una obrera más en los grandes grupos de albañiles que trabajan alrededor de la ciudad. Pero Alyssa es una joven arqueóloga entrenada en el Brooklyn College y equipada con palas de distintos tamaños y mangos de variados largos está allí por un motivo bien peculiar: desenterrar la historia de Nueva York a través de objetos que están bajo la tierra que pisamos todos los días.

En octubre, por ejemplo, ella y su equipo devolvieron a la superficie más de 5,000 piezas que se cree datan de fines del siglo XIX. “Encontramos vasijas de cerámica, juegos de porcelana, jarras para servir agua y hasta un cepillo de dientes hecho de hueso y cerdas de algún animal, quizás vaca o cerdo”, explica la joven. El increíble hallazgo tuvo lugar en la calle Fulton, en el Bajo Manhattan, donde empleados de la compañía Con Edison reemplazaban una tubería de agua de más de 150 años.

Su firma, Chrysalis Archaelogy, basada en Brooklyn, fue contratada por el Departamento de Diseño y Construcción de la ciudad, para monitorear desde un punto de vista arqueológico e histórico, ciertas obras que se llevan a cabo en la zona de South Street Seaport, desde la calle Church hasta Gold como trabajos de alcantarillado, reemplazo de cloacas y cableado de fibras eléctricas y ópticas. “Nos llaman cuando los trabajos se realizan en áreas de gran interés histórico”, explica la muchacha. “El Bajo Manhattan es la zona fundacional de Nueva York; allí llegaron los primeros colonos que establecieron la Colonia Nueva Amsterdam”.

Contrario a lo que uno se imagina como el centro de operaciones de un arqueólogo –ruinas antiquísimas en lugares distantes y remotos– esta joven trabaja en las calles por las que los neoyorquinos transitan a diario en los cinco condados. “Nos llaman para encontrar y analizar objetos en todo Nueva York y también en Nueva Jersey y es increíble como se puede ir atando cabos históricos a partir de lo que hallamos”.

Los primeros en ver los geniales descubrimientos son los albañiles responsables de los proyectos de infraestructura que, a su vez, permiten a Alyssa hacer su parte. “Ellos son siempre los más sorprendidos y los más interesados. Tienen muchas historias de sus propios descubrimientos. Siempre hay un obrero de la construcción que sale de un pozo con una botellita de Coca Cola de 1940 o algún otro objeto”.

El botín de miles de piezas que recuperó en Octubre narra mucho de la historia de la ciudad en la década de 1890. “Creemos que los objetos pertenecían a familias pudientes que vivían allí durante el boom comercial. Tenían recursos porque algunas son piezas importadas, únicamente accesibles a gente de un muy buen pasar”.

La excavación y recuperación de los elementos no dura demasiado. Alyssa explica que pudieron sacar todo en baldes y pasarles un filtro para sacudirles la tierra en apenas dos días. “Lo más lento es el proceso que comienza después, cuando tenemos que lavar las piezas una por una en una gran tina, inventariarlas y desarrollar un reporte de lo que encontramos”.

Ese proceso lo realizan ella y su equipo en un laboratorio al lado de su compañía, ubicada en Marine Park, Brooklyn. “Abrimos nuestra consultora arqueológica aquí en Brooklyn porque queríamos que fuera local y pequeña”.

Apasionada por la historia, Alyssa está convencida de que para enfrentar el futuro hay que tener un riguroso entendimiento del pasado y “mi trabajo aporta en esa dirección. Una cosa es leer libros de historia y otra muy distinta es poder tocar, palpar y oler estos objetos. Uno aprende sobre el pasado de una forma mucho más concreta e interesante”.

Por esa razón está intentando tejer alianzas con escuelas secundarias y universidades para poder involucrar a los alumnos en su trabajo. “Uno estudia la guerra de la Independencia, por ejemplo y puede entenderla pero todo cambia cuando ves un objeto. Hace un tiempo”, agrega, “encontré una parte de una bayoneta de los revolucionarios de aquí de Nueva –con la que se defendieron de los británicos en algún momento entre 1775 y 1783– y esa emoción la llevo conmigo por siempre”.

Creció en Brooklyn y allí fue donde realizó su primer trabajo, hace unos 15 años. “Me llamaron para analizar objetos en lo que había sido una granja colonial en 1700 y encontramos un huevo hecho de madera que usaban para engañar a las gallinas y motivarlas a poner huevos reales. Ahí comprendí realmente que toda la zona de Canarsie, por ejemplo, en algún momento fue sólo pradera y campo”.

Junto a su esposo, también arqueólogo, viven junto a su gato Salem, rodeados de libros de historia e intercambiando anécdotas sobre los secretos escondidos bajo la Gran Manzana.