Diciembre no es igual para todos

A pesar de la diversidad, el último mes del año es festivo para la gran mayoría de las familias latinas

Diciembre no es igual para todos
Una familia hispana canta durante la realización de las posadas.
Foto: cortesia

NUEVA YORK – En diciembre el espíritu festivo se apodera de la comunidad latina, y no sólo de parte de los que celebran la Navidad.

Distintas celebraciones coinciden en en esta época del año, y el resultado es una fiesta masiva donde la mayoría, sin importar de dónde se es, anda de fiesta.

Mientras hispanos católicos celebran el nacimiento de Jesús; latinos judíos celebran Hanukkah; los identificados con la cultura africana honran el Kwanzaa; y otros simplemente “celebran la celebración” con música y comidas. A pesar de las diferencias, diciembre es mes de festejar y compartir. Aquí contamos cómo pasan este diciembre las familias hispanas en la capital del mundo.

Para las familias católicas, la Misa de Gallo es una conmemoración especial, en la que se da gracias por un año de bendiciones.

El padre Salvatore Sportino, de la Iglesia de San José, en El Bronx, explicó que el Papa Sixto III, introdujo en Roma la costumbre de celebrar en Navidad una vigilia nocturna a medianoche luego del canto del gallo.

Para Rosa Potrero, con 13 años de vivir en la ciudad, asistir a la vigilia es imprescindible. Pero, para la mexicana, la celebración de la Navidad empieza el 16 de diciembre, cuando inician las “posadas”.

Familias van de casa en casa, llevando consigo al ‘Niño Dios’, simulando la travesía de José y María por los caminos de Belén. El 24 de diciembre terminan las posadas con una cena en familia, en donde los niños reciben “aguinaldos” (bolsas decoradas llenas de dulces).

“La misa de gallo representa júbilo para nosotros. Es un nuevo comienzo, en el que dejamos lo malo en el pasado y esperamos lo bueno para el año venidero”, destacó Potrero.

La mujer, de 32 años, dijo que romper la piñata tiene un significado especial en estas fiestas.

“Los siete picos de la piñata representa los siete pecados capitales. Al romperla, estamos renovándonos como personas. El premio son los dulces, que son como los regalos de la vida”.

Aparte del aspecto religioso, para los puertorriqueños la celebración de las fiestas decembrinas son también sinónimo de música y alegría. Al ritmo de Bomba y Plena, los boricuas en Nueva York festejan con las populares “parrandas” o el “asalto navideño”.

Es el caso de Juan “Juango” Gutiérrez, quien vive en la ciudad desde 1976. El percusionista fundó el grupo Pleneros de la 21 en 1983 y desde entonces, cada año toma las calles de El Barrio con música del pueblo y cantos navideños conocidos como “aguinaldos”.

“Juango” explicó que el grupo tomó su peculiar nombre de una parada de autobuses en Santurce, Puerto Rico, que identifica un barrio conocido por sus músicos de plena. En su inicio, fue conformado por familiares y amigos.

Su hija de 29 años, Julia Gutiérrez, dijo que en la “parranda”, un grupo de músicos visitan casas y establecimientos, llevando alegría al ritmo de tambores y baile. Los anfitriones brindan comida, ron y “coquito” a los pleneros, quienes continúan su cruzada por horas.

“Una parranda puede iniciar con tres personas. Conforme se visitan casas, se van sumando otros músicos. Al final se pueden congregar más de 30 pleneros, danzantes y cantantes”.

Julia apuntó que para los boricuas, la fiesta no termina con el fin de año, pues las “octavitas” son un buen pretexto para continuar la celebración. Estas fiestas inician un día después del Día de Reyes y duran ocho días.

“No hace falta nacer en Puerto Rico para sentir en la sangre la fiesta caribeña. Las parrandas hacen de la comunidad una gran familia”, destacó.

El rabino brasileño Mendy Weitman, de 28 años, explicó que el Hanukkah, conocida como la “Fiesta de las luces”, es una conmemoración espiritual que invita a la comunidad judaica a proveer luz en un mundo de oscuridad.

Weitman, con cinco años de ser rabino, comentó que la fiesta está lejos del consumismo y el materialismo que prevalece en la Gran Manzana.

En este año, la festividad inició el 20 de diciembre. En el oscurecer del primer día, la familia enciende una vela, y así consecutivamente hasta cumplirse ocho días.

El Hanukkah, que se puede traducir como inauguración, conmemora la derrota de los helenos y la recuperación de la independencia judía a manos de los macabeos sobre los griegos.

El rabino expresó que la tradición habla de un milagro, en el que el januquiá (candelabro) pudo encenderse durante ocho días con una mínima cantidad de aceite puro, que alcanzaba sólo para un día.

“La conmemoración nos habla de crecer continuamente a la luz de la justicia”, apuntó.

El Hanukkah se conmemora en familia y después de dar tres bendiciones durante el encendido de las luces, se realiza una cena con alimentos con vegetales y hechos de leche.

El rabino Weitman, con seis años en la ciudad, fundó en 2009 la organización Jewish Latino Center, que actualmente congrega a más de 900 miembros judíos latinos, especialmente de Brasil, Venezuela, Argentina y México.

Otra celebración importante en esta época es el Kwanzaa, establecida por un activista negro en los Estados Unidos durante los años 60, la cual se observa por una semana, comenzando el 26 de diciembre.

Cada día se enciende una vela y se reflexiona sobre uno de siete principios humanistas de culturas africanas. Los “nguzo saba” abarcan la unión, la autodeterminación, el cooperativismo económico, y otros valores.

Desde su origen aquí durante el movimiento por los derechos civiles, la celebración ha cobrado vigencia en otros países, y es celebrado por unas 20 millones de personas, según un documental sobre Kwanzaa.

Aunque se trata de una celebración principalmente de afroamericanos, hay muchos hispanos en EEUU, que son de ascendencia africana, que han acogido esta fiesta como propia y la celebran en diferentes barrios, como en el Sur de El Bronx, donde el dominicano Omar Freilla comenzó a celebrar Kwanzaa por primera vez hace más de 21 años, cuando sus amigos afroamericanos le dieron a conocer la tradición.

Para aquel joven del Sur de El Bronx, encender las velas de la kinara fue como reclamar una identidad africana que no se reconocía entre sus parientes dominicanos. “Para nosotros, Kwanzaa era una forma de celebrar una expresión de nuestra herencia, de nuestro propio ser”, dijo Freilla.