Al acecho de empleo al sur de la frontera

Los canadienses que parten hacia Estados Unidos tienden, con una probabilidad dos veces mayor, a contar con título universitario, según Richard Shillington, de Straight Talk.

El ir al sur de la frontera desde Canadá no causa ninguna fuga de cerebros. Cuatro veces ese mismo número de inmigrantes llega a Canadá con títulos universitarios para ayudar a mantener en función el motor económico del país.

De manera similar, los Estados Unidos se beneficia del sistema de educación superior en México. Su Secretaría de Educación Pública reporta que uno de cada diez de sus estudiantes con un título universitario vive en los Estados Unidos. Uno de cada seis con licenciatura y uno de cada cinco con doctorado viven en EE.UU.

De hecho, Jonas Prising, presidente de Manpower Group America, dice que los estándares y estructuras de la educación a nivel global irán evolucionando y mantendrán los niveles de competitividad.

Las poblaciones migrantes con preparación académica indican la razón por la que ahora es buen momento para volver a considerar el Acuerdo de Cooperación Laboral de América del Norte (NAALC por sus siglas en inglés) como mecanismo para crear un flujo más fluido de capacidades técnicas, conocimientos y estándares para beneficiar a América del Norte. El acuerdo NAALC es suplemento al Tratado de Libre Comercio Norteamericano, que se inició hace 18 años.

Ha sido percibido como un mecanismo para los trabajadores obreros y sindicales, sin embargo, no existe razón por la cual no adaptarlo también a los trabajadores profesionales migrantes.

Se requiere de una vanguardia como ésta porque algunos peritos de los grupos de reflexión promueven medidas generales de migración sin antes tomar en cuenta que América del Norte también tiene poblaciones a las cuales recurrir. Es cierto que se impide la entrada a demasiados estudiantes extranjeros. Otras veces, los que ya están en los Estados Unidos tienen que salir poco después de recibirse. Cuando parten, se llevan el conocimiento a sus países natales, dándoles ventajas que antes no disfrutaban.

Este problema surgió principalmente por las actitudes de políticas estadounidenses que se cimentaron después del 11 de septiembre del 2001.

Hoy, como parte de una relajación de estas políticas, habría que considerar la educación superior como parte del inventario del continente, para darles a las poblaciones norteamericanas nuevo acceso, el cual promueve y renueva el conocimiento. Aquí tienen los legisladores estadounidenses la oportunidad de ir más allá de manera muy cautelosa en que se han dirigido al TLC, para que sirva para madurar la base de conocimientos norte- americana para los empleos inteligentes.

Cuando entró en vigor el TLC en 1994, se llegó a acuerdos por separado en cuanto a la mano de obra y el medio ambiente, para apaciguar a los críticos que advertían que dejar de considerar estos elementos llevaría al fracaso. Desde aquel entonces, los críticos más severos del TLC han sido los grupos que mayormente se han dirigido al éxodo de trabajos, dirigiéndose menos a la manera en que se crean empleos mediante el conocimiento y la innovación.

Entre estos críticos más severos están los sindicatos, que alegan que los empleos salen hacia el extranjero. Sin embargo, el más culpable no ha venido bajo la mira.

Los críticos mayormente le hacen seguimiento al TLC cual contienda deportiva en la que los invitados están adquiriendo ventaja. Con este enfoque, en el que nadie gana, cada ventaja que gane otro se considera una pérdida para el equipo de casa. Uno se lleva la impresión que los demás avanzan con nuestras pérdidas. Este concepto es falaz, y nos descarrila de lo que en verdad afecta el crecimiento de una economía, el enfoque que acelera el conocimiento.

La aceleración. Cómo se convierte la información en conocimiento y su aplicación tiene que acelerarse. Esto implica aligerarse, soltar los cucos viejos de la frontera, y dejar de considerar el aprendizaje como algo que se moviliza a paso glacial, sino, idearlo como algo que avanza a la velocidad de la imaginación.

Por desgracia, esta reorientación no pegó en 1994, cuando la suposición fundamental sobre el TLC era que el futuro de EE.UU. era ser la nación a la vanguardia, la más poderosa en términos de la investigación, la innovación, el diseño y el desarrollo. Que el crecimiento saldría de una población que se educaba continuamente, adoptando las nuevas formas.

El adaptar al TLC, con sus acuerdos filiales, a su promesa original es una mejor respuesta para estos momentos difíciles, que el reaccionar intentando revertir los avances ya logrados y el restringir las oportunidades entre vecinos.

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