Crítica ‘John Carter’: John, quédate en Marte

'John Carter' prometía tanto... y da tan poco
Crítica ‘John Carter’: John, quédate en Marte
John Carter (Taylor Kitsch) huye de monstruos peligrosos en Marte en el filme 'John Carter', que se estrena hoy.
Foto: Disney

Lo tenía todo. A priori.

Un director con experiencia en contar historias únicas y de la forma más atractiva y fascinante posible. Un héroe surgido de las páginas del mismo creador de Tarzán. Un reparto encabezado por una de las (teóricas) promesas juveniles del cine actual, secundado por nombres del calibre de Willem Dafoe (Platoon), Thomas Haden Church (Sideways), Mark Strong (Kick Ass), Ciarán Hinds (Munich) y Bryan Cranston (Drive). Un equipo técnico en el que destaca el músico de Up, el escritor de Wonder Boys y guionista de Spider-Man 2, el director artístico de The Dark Knight y la diseñadora de vestuario de Avatar. Y el apoyo de un estudio, Disney, que, en principio, lo sabe todo sobre como entretener a las audiencias.

Y con todo eso -y, dicen, 250 millones de dólares-, lo único que John Carter ofrece a cambio es… un sonoro ronquido.

Porque la base de la cinta dirigida por Andrew Stanton -realizador de maravillas como Finding Nemo y Wall-E, y guionista de obras maestras como Toy Story 1 y 2—, el guión inspirado en la obra de Edgar Rice Burroughs, es un mar de confusión, una tormenta de aburrimiento y un tsunami de despropósitos.

John Carter (un Taylor Kitsch que cree que para ser buen actor lo único que hace falta es mostrar músculos) es un veterano de la Guerra Civil que, de la noche a la mañana, despierta en Marte. Allí es aprehendido por una civilización extraordinaria y belicosa, liderada por una raza alienígena, al tiempo que se topa con una princesa (Lynn Collins) cuyo padre (Ciarán Hinds) está dispuesto a entregarla en matrimonio a cambio de la paz en la región.

O algo por el estilo.

Porque John Carter, en su afán por abarcar demasiado, por delimitar los parámetros de una historia que, en teoría, debería convertirse en una trilogía de filmes, introduce demasiados personajes, abruma con excesivos argumentos paralelos, y confunde con una mezcla de personajes y objetivos que reducen al héroe protagonista en una mera comparsa que poca influencia tiene en el devenir del conjunto.

Stanton, que durante sus años en los estudios de animación Pixar trabajó o supervisó algunas de las mejores películas vistas en los últimos 20 años, parece no haber aplicado, en su salto al cine en imagen real, las mismas enseñanzas que recibió al estar a cargo de, por ejemplo, Monsters, Inc.: es decir, claridad de exposición, foco en un personaje y una historia, y, lo más importante, obsesión por entretener a las audiencias.

Ni siquiera las tres dimensiones aportan un elemento adicional de interés.

Quizás John Carter, clasificada PG-13, quería acercarse a las aventuras de Star Wars o Indiana Jones. En su lugar, parece más un remedo de títulos tan fallidos, mediocres y olvidados como Spacehunter: Adventures in the Forbidden Zone (1983) o Rocketeer (1991).

John, por favor, quédate en Marte y no regreses.