Obrero que cayó de un piso 47 cuenta su historia

Alcides Moreno, centro, junto al equipo de rescate que acudió en su auxilio luego del trágico accidente.

Alcides Moreno, centro, junto al equipo de rescate que acudió en su auxilio luego del trágico accidente. Crédito: AP

NUEVA YORK/AP – Sobrevivió milagrosamente a una caída de 47 pisos en un accidente laboral y recibió una compensación que se cree fue millonaria. Pero Alcides Moreno devolvería cada centavo si pudiera recuperar a su hermano Edgar, fallecido en el mismo incidente.

“El dinero es cosa material. No se compara con la muerte de un hermano, ni con lo que exactamente me pasó a mi”, dijo el inmigrante ecuatoriano.

Moreno protagonizó un episodio asombroso el 7 de diciembre del 2007, cuando se rompieron las sogas del andamio en el que limpiaba vidrios con su hermano en un rascacielos de Manhattan y ambos cayeron al vacío.

Edgar falleció, pero Alcides sobrevivió a una caída de 153 metros (500 pies) tras aferrarse al andamio y aterrizar encima de él.

Moreno, quien hoy tiene 42 años, sufrió más de 10 fracturas en sus extremidades, necesitó la introducción de un catéter en el cerebro, pasó tres semanas conectado a un respirador y recibió innumerables transfusiones de sangre. Fue sometido a más de 16 operaciones y vive con dos barras de metal insertadas en la espalda, además de otras coyunturas ortopédicas en la rodilla, tobillos y brazo derecho.

“Si puedo hablar sobre milagros médicos, este caso es definitivamente uno de ellos”, dijo el doctor Philip Barie, el jefe de la división de urgencias del hospital New York-Presbyterian/Weill Cornell, en Manhattan, durante una abarrotada rueda de prensa.

Cuatro años y medios después, Moreno vive con su esposa y sus tres hijos en el anonimato de un pueblo de Arizona. Se fatiga fácilmente, pero puede caminar sin bastón y saca a pasear diariamente a su perro.

“Hay que adaptarse a lo que venga y seguir para adelante”, afirma el ecuatoriano, a quien no le gusta mucho hablar de su accidente.

Moreno, nacido en el cantón de Macará, abandonó su hogar en Linden, Nueva Jersey, y se trasladó con su familia a Arizona debido al clima seco de la región, más favorable para su salud. Asegura que ya no puede trabajar y su vida no es la misma que antes, pero poco a poco se va adaptando.

Espera poder viajar a Ecuador pronto, asegura.

“Es la fe que le pone uno a la vida. Yo desde pequeño tenía mucha fe, era apegado a mi religión”, dijo el inmigrante. “Siempre creía en algo. Eso marcó la diferencia, porque imagínese, cómo esta tragedia decidió entre mi hermano y yo”.

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