Negarles la ciudadanía a niños nacidos aquí no es patriótico

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Hace dos mil años, el profeta Ezequiel expresó un principio moral fundamental: “El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo”.

Esta idea también se encuentra redactada dentro de nuestra ley fundamental, la Constitución. Ninguna persona en EEUU nace esclava, siervo, o criminal.

Por ende es sorprendente ver que los legisladores quieran revocar el libro de Ezequiel. Es precisamente esto lo que está en juego con las propuestas de ley actuales, presentadas por varias legislaturas por todo el país: es un ataque contra niños inocentes nacidos en los Estados Unidos por motivo de quienes son sus padres.

Algunas de las medidas estatales de ahora intentarían despojarles la ciudadanía a los hijos de inmigrantes ilegales. Otras, que reconocen que los estados no tienen autoridad sobre la ciudadanía federal, les negarían a los niños partidas de nacimiento, así negándoles su propia humanidad.

Estos proyectos de ley son inmorales y violan la Constitución. El concepto que los fundamenta es que el estado tiene el poder de castigar a un niño por el pecado de nacer –si nace de padres que están en este país ilegalmente. Sin embargo, estos niños son ciudadanos de los Estados Unidos. Así lo dice la Constitución en los términos más claros posibles.

Durante la última década, yo me he dedicado a estudiar la redacción y el significado de la Enmienda 14, y me molesta la manera en que está siendo distorcionada por adultos que se comportan como matones contra los niños.

Es de notar que esta claúsula sobre la ciudadanía está siendo atacada por políticos quienes, en otros contextos, alegan ser devotos de la “intención original” de los redactores de la Constitución. Además, el ataque contra niños inocentes lo realizan con frecuencia políticos quienes normalmente dicen ser amigos de los niños y “a favor de la vida” (en contra del aborto).

Unos cuantos de los promotores manifiestan con franqueza su deseo de perjudicar a los niños porque no les agradan los adultos. “Culpar a los padres”, dijo recientemente el senador de Arizona Russell Pearce, autor de una medida que despoja la ciudadanía. “Están infringiendo la ley, y no se les puede premiar”.

Otros fingen que los niños no son, digamos, seres humanos. Los promotores del despojo de la ciudadanía llaman “bebés ancla” a los hijos nacidos en EE.UU. de padres inmigrantes. Este término sugiere que el nacimiento de un niño en los Estados Unidos rinde inmunes a la deportación a los padres. Esto es mentira, pero también es un brillante ardid. Las anclas no son seres humanos. Los que agreden a los inmigrantes ahora dicen que los niños humanos nacidos en tierra estadounidense son sólo unos bultos de plomo –o que son animales. Son ahora objetos, para ser despojados y empaquetados y usados según la voluntad de la mayoría.

Existe un obstáculo formidable contra estas medidas. Se llama la Constitución. Su mensaje es urgente: los Estados Unidos no es una nación de desigualdad heredada. Todos nacemos libres.

Algunos de los que se oponen al derecho a la ciudadanía por nacimiento admiten que su plan requeriría una enmienda a la Constitución.

Nuestra nación existe para todo su pueblo. Si permitimos que los legisladores crean una nueva clase de intocables, estaremos violando la moralidad fundamental, denegando nuestra herencia democrática y generando un problema social que pondrá los pelos de punta a nuestros hijos por muchos años más.