La humildad de ser un hijo

Ayer celebramos a nuestras madres. Como buen hijo, cumplí con mi obligación de felicitarle a mi mama por haber sobrevivido cincuenta años maternales.

Es una celebración confeccionada por los que nos quieren vender flores, tarjetas de felicitación y almuerzos festivos. Pero nos permite contemplar el misterioso hilo que une a una madre con su hijo.

Mi hermana nació con un corazón débil. El pediatra le explicó a mi papa que Patty sobreviviría pero que tendría que cuidarse. Mi papa le dijo, con un tono sarcástico, “Que pena que nunca nadará en la Olimpiadas.” “Mi querido señor,” le respondió el pediatra. “algún día querrá hacer algo mucho mas difícil: dar al luz a un hijo.”

Es el hilo que permite que una mujer aguante un dolor intolerable, que arriesgue su vida, y que pase por esa tortura maravillosa de nuevo si lo sobrevive la primera vez.

Es el hilo que hace treinta y cinco años promovió a una pequeña manifestación en la Plaza de Mayo en Buenos Aires, donde unas cuantas madres fueron a demandarle al gobierno militar información sobre sus hijos desaparecidos. Es ahí donde comenzaron su vigilia, circulando la plaza en silencio cada jueves.

Tres de esas madres fueron detenidas. Sus cuerpos fueron descubiertos días después en la orilla del mar – el régimen militar las había tirado de un avión.

Es el hilo que resultó ser mas fuerte que el régimen. Las madres regresaron a la plaza, crecieron en numero, y se convirtieron en el símbolo mas importante de la resistencia a la impunidad y el autoritarismo militar en Latinoamérica.

Las madres que quedan treinta y cinco años después siguen su marcha silenciosa. Siguen preguntando como y cuando murieron sus hijos. Siguen esperando algún rastro de sus niños extraviados. Y siguen demandando que los responsables – los que secuestraron, torturaron y asesinaron a sus hijos – sean llevados ante la justicia.

Es el hilo que nos obliga a ser humilde.