La historia detrás del cortaúñas

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Las uñas, esas láminas anexas a la piel en los dedos de las manos y los pies (en los animales las describimos como garras o pezuñas), hechas de células muertas que contienen una sustancia fibrosa llamada queratina, que crecen a mayor velocidad en temperaturas cálidas (en el verano, por ejemplo, me corto las mías con más frecuencia) y que cuando yo esté muerto seguirán aumentando su tamaño en franco desafío natural, son instrumentos anatómicos útiles si vigilamos su crecimiento y estorbosos y hasta peligrosos si los descuidamos.

Aprendí hace algunos días que las uñas tienen siete partes: la matriz, la cutícula, el paronniquio, el hiponiquio, el cuerpo ungueal, el lecho ungueal y la lúnula. Aprendí, además, que hay palabras para describir sus defectos: coiloniquia, onicolisis, onicorrexis y la usual, psoriasis; que el acto de comerse las uñas, recurrente entre neuróticos, lleva el nombre amenazador de onicofagia y que el arte de amarlas a toda cuesta es la onicofilia.

No sé quién diseñó el cortaúñas actual. Me pregunto qué hacían nuestros antepasados para mantener sus uñas. Alguien tuvo que adaptar los usos del cuchillo, y luego las tijeras, a su control. Y otro alguien adaptó esas adaptaciones al ámbito estético, gestando así lo que sería el industria de la manicura y de su contraparte, la pedicura.

El cortaúñas moderno es asombrosamente útil y eficaz. El que yo uso es una tenacilla metálica tradicional cuya mecánica es asombrosa. Está hecha de dos palancas de unos tres o cuatro centímetros cada una que terminan en hojas de corte. Las palancas están unidas en un punto de apoyo en el cual también se congrega un mango. Este mango es una tercera palanca de segundo género que permite, a través de una leve presión de los dedos pulgar e índice, el rebanado de la uña cuando ésta se introduce entre las hojas de corte. Troncharse las uñas requiere de destreza. Un niño pequeño, digamos, carece del talento motor necesario para efectuar el acto.

De hecho, para este niño (y asimismo para ciertos adultos, entre los que me encuentro yo) el cortaúñas es un artefacto que tiene una presencia peculiar, acaso perversa. Podría confundirse con una piraña o quizás con una nave espacial minúscula. Hay quien lo incluiría en un catálogo de herramientas de tortura inquisitorial. En cuanto a su origen, sé que en Europa en la cultura de Hallstatt, perteneciente al Bronce Final y a la Edad de Hierro (800-500 antes de EC), había un instrumento cuyo uso era el mismo que le damos hoy al cortaúñas y que se asemejaba a un desarmador.

Notará el lector que mi descripción del cortaúñas tiene tintes tragicómicos. De vez en cuando se me aparece en sueños. En uno de ellos un cortaúñas vivía en una pocilga, comía un plátano inmaduro (no es difícil imaginarse al cortaúñas abriendo y cerrando sus filosos labios) y en la escena final del sueño devoraba unas flores amarillas enormes. Y en otro sueño del que he olvidado muchos detalles un cortaúñas descansaba silencioso en un buró cuando de pronto una mano lo usó para cortar la esquina de una hoja de papel verde.

Mi hijo Isaiah se corta las uñas una vez a la semana, casi con mayor frecuencia que yo. Aunque un par de veces le he regalado su propio cortaúñas, siempre se empeña en usar el mío. Cuando lo hace, me pregunto si lo dejará en el mismo sitio. Porque los cortaúñas tienen la rara manía de desaparecer: se esconden en sitios inesperados, especialmente cuando los necesitamos.