Buscan a sus hijos con fe

Madres centroamericanas visitan a la Virgen de Guadalupe al llegar a México
Buscan a sus hijos con fe
Al terminar la misa, las madres centroaméricanas, hicieron una pausa, para disfrutar en el atrio de la iglesia.
Foto: La Opinión - Gardenia Mendoza

MÉXICO, D.F.- Carmen Lucía se hinca en el piso con su atuendo de gala, limpia la falda de flores rosas, una blusa de encaje blanco y aretes plateados. Cierra los ojos y sueña que la Virgen de Guadalupe le devuelve a su hijo Álvaro Enrique Guadinez, desaparecido hace dos años en Tierra Blanca, Veracruz (sureste), cuando dejó su natal Nicaragua con destino a Estados Unidos.

En medio del encuentro espiritual, la emoción y el dolor la traicionan. Dos lágrimas corren por sus mejillas mientras se refugia en el hombro que tiene a lado, el de Ana María Valdivia, otra madre que vio partir a su primogénito Jorge Luis Cardoso en 2006, encomendado a un traficante de indocumentados que lo abandonó en la frontera apenas se lastimó los pies y dejó de caminar.

Una mujer de llanto fácil, la otra más dura, pero ambas se dan fuerza, se toman de las manos para hacer un largo cordón humano de solidaridad entre los 57 familiares de inmigrantes desaparecidos en México que recorren el país desde el pasado 15 de octubre.

Llegaron a La Villa por la Calzada de Guadalupe – el paseo de los peregrinos- hasta la puerta principal con largas zancadas, levantando por todo lo alto fotografías de sus seres queridos con los nombres al pie de la pancarta.

“Se han empoderado”, observa el sacerdote Tomás González, quien acompaña a la caravana que recorrerá en total 4,600 kilómetros por 14 estados y 23 localidades dentro de la ruta migrante con ayuda de la organización Movimiento Migrante Mesoamericano.

“La unidad les dio la fuerza para exigir a las autoridades por sus derechos, estas madres saben hoy que pueden hacer algo más que estar deprimidas y encerradas”.

De entrada a la capilla número 5, desde donde se observa el manto que dejó grabada la “aparición” de la virgen, los familiares respiran profundo y tiemblan de emoción “porque son creyentes”, dicen, y representantes de por lo menos 70,000 inmigrantes que habrían desaparecido en los últimos años.

La voz de un cura se escucha a los lejos. Desde el altar da la bienvenida a las madres centroamericanas “que vienen a reconfortarse de esos dolores que nos infligimos los seres humanos”.

La delincuencia organizada en el país se ha convertido en el flagelo de “sin papeles” a quienes roban, secuestran, extorsionan y asesinan cuando cruzan el territorio con la mira de llegar a Estados Unidos, pero del otro lado está la fe, la esperanza y la caridad de organizaciones sociales que desde 2006 hacen posible la búsqueda.

De ese tiempo a la fecha han encontrado a 77 personas, seis durante la presente caravana: uno en Tenosique, Tabasco; otro en Monterrey, Nuevo León, dos en Chiapas y dos en Distrito Federal.

En la capilla número 5 de la Basílica hay caras optimistas y pesimistas. Carmen Lucía solloza aún. A unos metros a su izquierda, Hercilia Ayala mira de reojo a su compañera de pesares, aunque los suyos son más largos: dos lustros exactamente desde que Juan Carlos Rivera, su niño de 15 años dejó Santa Bárbara, Honduras, en busca de un buen trabajo.

Aparentemente lo encontró en Tamaulipas o Veracruz, “saber”. Desde uno de esos dos estados la llamaba cada tres semanas para contarle de su novia mexicana con quien se iba a casar, pero un día el teléfono no sonó más. Hercilia sueña a veces que Juan Carlos regresa a casa con dos niños y juntos corretean por el patio.

El sacramento de consagración la vuelve a la realidad del templo Mariano, todavía sin sus nietos, aunque cargada del optimismo que le inyecta su amiga Hemeteria Martínez, esa mujer que después de 20 años, dio con el paradero de su hija, después de venir a México una y otra vez.

Al terminar la misa salen juntas al atrio, repleto de música, turistas y padrinos de niños en primera comunión que lanzan dulces al aire. Entonces Hemeteria y Hercilia se olvidan de todo y pelean por los dulces en el piso, como dos adolescentes. Felices en esta pausa de la vida que les arranca carcajadas.

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