Esperanza y escepticismo

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Esperanza y escepticismo
Felipa Celerino y Cristóbal Silverio tienen muchas esperanzas en que se apruebe una reforma migratoria.
Foto: La Opinión - Araceli Martínez

STOCKTON.— A Felipa Celerino y Cristóbal Silverio, una pareja de trabajadores del campo, les entra la risa y los suspiros salen inevitablemente cuando imaginan lo que significaría para ellos convertirse en residentes legales de Estados Unidos donde han vivido por quince años.

“Nos podría ir mejor. Tendríamos la confianza de salir y entrar a gusto a cualquier hora, ir por los hijos a la escuela sin miedo a que nos agarrara la migra. Y podríamos ir a ver a la familia a México”, confiesa emocionada Felipa, quien no ha regresado a su natal Chilpancingo desde que emigró en 1998.

Para Cristóbal, la reforma migratoria significaría poder ir a ver su mamá. “Estoy rogando a Dios verla antes de que muera. Tiene 78 años. Mi papá falleció sin que lo pudiera ver”, cuenta esperanzado Cristóbal.

“Nosotros los hispanos estamos esperando la reforma migratoria. Ojalá se lleve a cabo sin tantos requisitos porque hay muchos que no tienen comprobantes de casa, recibos de renta, agua luz”, observa.

“Están hablando de que tenemos que hablar inglés, y hay muchos que no lo dominamos. Y sé que debemos, pero el cansancio del trabajo duro del campo y los hijos que atender, no nos deja tiempo. Yo dejé la escuela porque tenía un niño que requería mucha atención”, dice.

Esta semana, en la Cámara de Representantes comenzaron las audiencias preliminares para una posible reforma migratoria, luego de que a fines de enero el presidente Obama presentó su plan que llegó antecedido por la propuesta de un grupo bipartidista de senadores que incluiría un camino a la ciudadanía para los 11 millones de indocumentados.

“Espero que los dos partidos se pongan de acuerdo. Además es para bien del país”, comenta Cristóbal, quien recuerda que seis veces lo agarraron los agentes de migración cuando intentó cruzar la frontera. “Yo les decía a la ‘migra’ por qué no me dejan pasar. Yo quiero trabajar, ayudar a mi familia. El agente me contestaba, allá se descomponen y hacen cosas malas. Pero no todos. Yo vengo aquí a progresar, le contestaba”.

Cristóbal Silverio vino de Chilpancigo, Guerrero, México en 1997 y Felipa Celerino, su esposa lo alcanzó en 1998. Dos años más tarde mandaron traer a los tres hijos que ahora tienen 17, 21 y 28 años y que entonces eran menores de edad y habían dejado al cuidado de la madre de Cristóbal. La pareja tuvo dos hijos más que nacieron en suelo estadounidenses y hoy en día tienen 13 y 11 años. Cristobal y Felipa tienen hasta nietos.

Ellos confían en que si se da la reforma migratoria puedan calificar. “No tenemos delitos, y hacemos impuestos desde 1997”, comenta Cristóbal.

Durante todos estos años, la pareja se ha ganado el sustento con el trabajo en el campo. Comenzaron piscando fresas en Santa María, pero a los dos años emigraron a Stockton, donde se han dedicado a la poda de la uva, a la pisca del tomate y numerosos cultivos de la zona.