El Alto Tribunal y la gente

La voz de Sonia Sotomayor da una nueva perspectiva en Corte Suprema de Justicia

Legal

Cuando el alcalde Rahm Emanuel presentó a la magistrada Sonia Sotomayor, quien estaba promoviendo su autobiografía, el best-seller, Mi mundo adorado, el 30 de enero en la Biblioteca Pública de Chicago, el público constaba de 500 personas, con unas 200 más quienes no lograron entrar.

“No conozco a ningún otro magistrado que pudiera atraer a tantas personas”, dijo Emanuel. “Ella le ha traído al Tribunal Supremo un latido de corazón”.

Un mes más tarde, el corazón de la magistrada Sotomayor latía cual reloj y daba brincos cuando llegó al Alto Tribunal el caso sobre Bongani Calhoun.

El caso trataba de un hombre negro acusado de reunirse con otras personas en una habitación de hotel para tomar parte en una conspiración con drogas. Un fiscal federal le había explicado a un jurado que, “allí tienen a africano-americanos”, dijo, “allí tienen a hispanos, allí tienen a un saco lleno de dinero. ¿Eso no les dice —no se les prende un foquito en la cabeza que dice, ‘Aquí tenemos un negocio de drogas?”‘

El abogado de Calhoun no levantó una objeción a la referencia racial, ni tampoco salió a ser tratado el tema en su juicio de apelación.

Junto con el magistrado Stephen G. Breyer, la magistrada Sotomayor redactó una declaración dando voz a una poderosa objeción.

“El fiscal aquí accedió a una vertiente profunda y lamentable de prejuicio racial que ha recorrido la historia de la justicia penal en nuestra nación”, escribió. El abogado gubernamental había intentado “reemplazar con estereotipos raciales la evidencia y reemplazar con prejuicio racial el razonamiento”.

Su excepcional declaración tenía la intención de “desvanecer cualquier duda” que la acción tomada por el tribunal pudiera “entenderse como señal de nuestra tolerancia del comentario con carga racial del fiscal federal. No ha de ser entendida así”.

Así es como se demuestra el coraje judicial. Y también lo que prosiguió.

Dos días más tarde, Antonin Scalia, el magistrado de mayor antigüedad en el Tribunal Supremo, argumentó que cuando el Congreso renovó la Ley de Derechos del Votante en el 2006, con un voto en el Senado de 98 a 0, y en la Cámara de Representantes de 390 a 33, no significaba que en realidad el Congreso respaldaba la ley.

La ley contiene la Sección 5, la cual requiere que nueve estados y muchas más jurisdicciones, obtengan autorización federal cuando cambien sus leyes de votación.

Scalia dijo que los legisladores votaron abrumadoramente a favor de la ley porque en secreto temían votar en contra de la “perpetuación de un sentido de apropiación racial”.

En una brecha del decoro, la magistrada Elena Kagan interrumpió a Scalia, quien cuestionaba al abogado del estado de Alabama, para discutir con Scalia el que 98 senadores habían decidido significaba que había “una necesidad continua de mantener esta sección de la legislación” y por ende no la revocaron.

Sotomayor cuestionó el argumento del abogado de Alabama a favor de revocar la ley. “Su condado en gran parte no ha cambiado”, acusó. “¿Por qué votaríamos nosotros (el Tribunal Supremo) a favor de un condado cuyos antecedentes son, para empezar, el colmo de lo que causó que esta ley se aprobara?”

La magistrada Sotomayor tiene una comprensión de primera mano de este tema. Ella proviene del Bronx, donde esta ley se aplica, y ha vivido en Puerto Rico, un territorio de los Estados Unidos, cuyos habitantes no tienen autorización para votar en las elecciones presidenciales.

¿No es por esta razón que ella forma parte del Tribunal, para aplicar su experiencia vital y la ley a sus decisiones? Esto trae a colación la pregunta que, para todo esto, ¿dónde estaba el magistrado Clarence Thomas? Él no ha hablado en el tribunal durante 23 años. ¿Acaso no es su voz lo que tendría que contribuir al tribunal?

¿O es que debería hacer Scalia, como sugirió Ana García-Ashley de la fundación Gamaliel, una organización inter-religiosa e inter-racial, dimitir lo como lo hizo el papa Benedicto – con la cabeza enterrada en la arena?

En Chicago, Sotomayor expresó el valor de la verdadera igualdad en los Estados Unidos cuando se puso a saludar y a abrazar a las personas en un salón aparte donde veían por televisión su presentación: “Entre nosotros hay tantas diferencias, pero lo importante es lo que tenemos en común”.

A veces no es suficiente amar a la patria. Hay que amar a la gente y discutir como demonio contra abogados y magistrados para defender los valores más altivos legales y prácticos.

En esta nota

Sotomayor votante
Contenido Patrocinado
Enlaces patrocinados por Outbrain