Tenosique, puerta a la pesadilla mexicana

Indocumentados descansan tras caminar varios  kilómetros en suelo mexicano.

Indocumentados descansan tras caminar varios kilómetros en suelo mexicano. Crédito: Gardenia Mendoza / La Opinion

LA PALMA, México.— Bien sabe Erick González que en cuanto se pone el primer pie en este poblado tabasqueño del municipio de Tenosique, el inmigrante indocumentado vivirá la soledad más absoluta de su vida: no confiará en nadie, los enemigos estarán en todas partes y los amigos serán pocos. O ninguno.

Es la cuarta ocasión que él la sufre. Desde su repatriación de Los Ángeles a El Salvador, en 2010, ha intentado una y otra vez sin éxito volver con su esposa y dos hijos.

Dos veces lo sacaron de Estados Unidos; las otras dos, se entregó voluntariamente a migración en México después de que un grupo armado hasta los dientes lo echó del tren por negarse a pagar 100 dólares que le darían el pase hacia los primeros 380 kilómetros hasta Coatzacoalcos, Veracruz.

“No tenía dinero. Discutí un poco, pero me advirtieron que si subía sin la plata me lanzarían a las vías cuando la máquina estuviera en movimiento”, recuerda a la orilla mexicana del río San Pedro Mártir, en un desembarque clandestino donde lo dejó un lanchero apodado Walter.

No era una amenaza cualquiera. El grupo criminal que se apoderó del ferrocarril –una presunta célula de los Zetas- sobre el que viajan como polizones los inmigrantes hacia Estados Unidos, empujó en los últimos seis meses contra los rieles a decenas de usuarios que rechazaron la cuota impuesta a la fuerza. Seis de ellos murieron y dos quedaron mutilados de piernas y brazos.

González está al tanto de estas tragedias por rumores en el camino, el boca a boca que parte de la documentación del Movimiento Migrante Mesoamericano (M3) y la pastoral franciscana del albergue La 72, dos organizaciones que desde hace dos años buscan frenar los abusos contra la población “sin papeles”.

Su presencia ha inhibido secuestros, violaciones, robos y extorsiones en los que participan familias enteras, desde el padre hasta hijos menores. “Ya no se hacen de forma masiva, pero siguen ocurriendo de bajo perfil”, explica Rubén Figueroa.

Un ataque sexual en el monte, tres robos en la carretera. Un plagio por el potrero, dos extorsiones en una ranchería. De a poco suman aún miles de víctimas. Unas 8,000 al año.

El blanco predilecto de los delincuentes en la zona son los primeros 38 kilómetros que separan a La Palma hasta el primer punto amigable que es el refugio católico en Tenosique, el sexto municipio más extenso del país.

Por eso al salvadoreño Erick Ernesto se le mira nervioso en este punto. Lo siguen como a un líder alrededor de 15 personas que venían en la misma canoa, “quizá porque conoce más que cualquiera el rumbo después de cruzar una y otra vez”, pero reconoce que él preferiría deshacerse de ellos.

“Temo que los maleantes me confundan con coyote y me pidan derecho de piso o alguno de los que vienen conmigo sea gente de los los zetas, ¿quién sabe?”.

Él solo quiere llegar a Tijuana, llamar a su mujer, convencerla de iniciar una vida ahí, desde donde podría ella ir a trabajar a Los Ángeles porque ella tiene la residencia, en cambio él no tiene más que ganas de salir vivo de aquí.

Busca un lugar donde dormir entre la selva para evitar un asalto que podría venir de pobladores, militares, agentes de migración o policías federales, estatales y municipales que portan por igual armas largas.

La diplomacia salvadoreña que abrió oficinas en Tenosique el 2012, documentó robos con tácticas militares sobre los que aún las autoridades mexicanas no dan cuenta. ” El ministerio público no investiga los casos de abusos a inmigrantes”, lamenta el cónsul Fidel Argueta. “El Estado mexicano ha dejado, por su inacción, el control de la migración indocumentada al crimen organizado”, sin moral para frenarla porque mientras entran miles de sin papeles por el sur; por el norte, otros mexicanos salen desde este país.

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